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A mi hermano querido

 

Hurgando entre papeles viejos y libros de cabecera, me encontré con una foto en blanco y negro de la infancia: en ella aparezco sentado junto a mi hermano José Martín, con un corbatín negro estilo Frank Sinatra, que estrangula mi cuello, un chaleco cuadriculado y una cara ovalada, donde se destacan unos ojos negros y taciturnos que con el transcurrir de los años le darían un sentido a mi rostro.

Recuerdo bien esa mañana de junio de 1969 cuando mi padre nos llevó a Galería del Arte, ubicada en la Vieja Managua, a tomarnos varias fotos para el álbum familiar. Yo tenía cinco años y mi hermano dos. La jornada fue intensa: nos bombardearon de flashazos como si fuéramos dos pequeñas estrellas de Hollywood. Al final, ninguno de los dos supimos el destino de estas fotografías. Creí, en un determinado momento, que el terremoto había arrasado con ellas. Pero ¡sorpresa¡ me encontré con una que me ha intrigado.

Han pasado 44 años desde aquellas fotos, y estoy impresionado de su fidelidad. La imagen luce intacta. Ahí estoy yo, el niño que fui y el hombre que soy. Es como asomarse a un espejo mágico y encantado por el tiempo. Observando mi fisonomía, advierto rasgos interesantes que solo puedo explicar a la luz de los genes. Los ojos nostálgicos, la frente con entradas y la nariz gorda, son de mi padre. La cara ovalada, la boca chiquita y el pelo negro encrespado, son de mi madre. Sin embargo, esa mirada de tristeza que me ha acompañado desde que abrí los ojos, es el sello dejado por mis progenitores. Nada ni nadie puede cambiar ese rasgo.

Mientras tanto, mi hermano luce distinto, a pesar de que compartimos iguales genes: él sí aparece sonriente, inquieto, inocente como un niño. Tiene la cara larga y el pelo negro, encolochado, como el de mi padre, y la nariz ñata de mi madre. Y sus ojos negros, no son taciturnos, sino neutros, expectantes, más alegres que tristes. Y, en el fondo, tiene más genes físicos de mi padre, porque hasta se parece a mi abuela paterna.

Quién iba a decir que esa fotografía, la única que conservo a la vuelta de los años, sería en esencia la misma, con la diferencia de que ahora somos adultos, él flaco, yo gordo, él sonriendo, yo entre alegre y triste; él inquieto, yo callado. En fin, los rostros son los mismos de la niñez, pero barnizados por los efectos del tiempo y los avatares de la vida.

Ahora que me detengo frente a esta foto, comprendo que la vida es luz y sombras. Así me lo confirmó Xavier Castro, un excelente fotógrafo, cuando le pregunté a quemarropa, ¿qué es la fotografía? El, con su sencillez galopante y su experiencia de más de treinta años en el manejo de la cámara, me respondió: La foto es luz. Es vida. Sin luz no hay imagen.

La definición de Castro me hizo reflexionar. ¿Un trozo de vida cabe en una foto? Por supuesto. Aquella mañana de 1969, nuestra infancia se encarnó en una fotografía. Un golpe de luz atrapó nuestros rasgos y tendencias. Nos retrató el rostro y el alma. Y a pesar de que una foto revela el instante, la inmediatez, los segundos de gloria o tragedia; ella tiene un lenguaje y un código secreto, íntimo, que permite imaginarnos cómo serían en el futuro nuestros rostros.

Si no lo creen, busquen una foto de la infancia y compárenla con una actual. Dos imágenes diferentes y una misma esencia. Seguramente observarán algunas diferencias propias de su edad y condición: es posible que esté más gordo, que se le haya caído el pelo y ahora luzca un bisoñé, o se haya hecho alguna cirugía estética para repararse la nariz y quitarse las patas de gallo. Pero dentro de esa transformación física, la foto que no miente seguirá siendo la de su infancia. Ahí se observará al desnudo, sin aditamentos ni adornos, a como vino y a como se va a ir de este mundo.

 

* Periodista y escritor.

felixnavarrete_23@yahoo.com