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Ando buscando un amor. Un amor que camine con mis pies y se haga cargo de mis huesos. Del cuerpo de mi alma que intenta desconocerme. No quiero un amor necio ni espectacular, no un amor de arriba, que no quiera derrocharme.

Busco el amor que venga desde la soledad que me asombra y se parte en dos todas las mañanas para contarle historias secas al hastío. Ando buscando el amor de aún te quiero. Abro mis pupilas y tan pronto escucho sus pasos, asimismo desaparece. Es un pez incierto, una medalla que me vigila, un fantasma enamorado.

Apenas le pude ver los ojos en la breve distancia. Apenas pude saber cómo inventa sus caricias. Ahora sé todas las maneras cómo defrauda al cansancio.

También quisiera desarmar sus trampas tempestuosas, sus amores caídos, su ruina de tristeza. Cómo lamento que solo se aparezca en mis sueños. En mis juegos profundos con el delirio. En la parte impaciente de una mejilla que espera.

Yo no sé si la noche se queja de la muerte total de su propio paraíso. Del encuentro fugaz de una rosa inquieta. Del sabor rosado de una flor que se desmalla de insomnio. Hoy, me gritan los susurros en mis ojos, mañana talvez, sobre mis brazos como la sed de una sombra. Exijo lealtad para que la ventana y el silencio se pongan de acuerdo con todos los S.O.S que salen de mis venas. Es posible que el amor, con todas sus aguas sobre el Río San Juan, venga a buscarme con la lluvia, y pueda ver a esa muchacha del color de mi olvido descargando su corazón en mi viejo puerto.

Es el fuego, es el ron, es la nostalgia, y en el vértigo de todas las olas camina con un dardo la bella mujer que se hizo tarde.

Este olor a huellas me aturde. Esta fragancia húmeda desmiembra al pájaro de mi rostro. Hay aquí muchas canciones volando sobre mi cabeza; como un ruido de palabras gastadas entra por la puerta la venganza de un fracaso. Esta mujer que viene de otra tierra lee un poema a una panga sedentaria, y retraída suelta un porqué a una de mis miradas.

En la plaza se habla del vacío, del ayer, que no amanece. Del candor y del espía que se la pasa tranzando. Sigo sin entender dónde cae la fortuna magra de un adiós. El disparo que se refugia en mi interior. El estallido que desaparece la palabra sombra. Aunque río adentro se escuche el latido del sol, el recuerdo siempre será un náufrago y no un testigo del amor.

En mi cabeza oigo voces y destinos; cruzadas del aire en los techos de las casas, donde no se reconocen las voces de las catacumbas. Oigo voces de mi sangre. Oigo voces del martirio y de las rocas. Voces del silencio que no quieren amar. Voces del silencio en la isla Mancarrón, en Solentiname, que se niega a morir.

 

* Poeta y periodista