Bayardo Altamirano
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Hasta ahora el papa Francisco ha demostrado una admirable valentía. Visitó sin temor las favelas de Río de Janeiro. Abordó un diálogo abierto con críticos no creyentes. Su respuesta no fue un sermón doctrinario papal, sino un amistoso intercambio de argumentos entre pares. Desde el inicio renunció a la pompa papal y ha buscado el contacto espontáneo con el pueblo. En sus palabras y gestos no se presenta como señor espiritual de señores, sino como el “servidor de los servidores de Dios” (Gregorio Magno).

Frente a los escándalos financieros y la codicia de los eclesiásticos, Francisco ha iniciado reformas decididas del banco vaticano y el Estado papal, y ha impulsado una política financiera transparente. Ha subrayado la necesidad de reformar la curia y el colegio eclesiástico mediante la convocatoria de una comisión de ocho cardenales procedentes de diversos continentes.

Pero tiene por delante reformas decisivas. Como obispo latinoamericano tuvo en primer plano a los pobres de los suburbios metropolitanos, pero como Papa no puede perder de vista la totalidad de la Iglesia. Hay grupos de personas que padecen otras formas de pobreza y anhelan una mejoría.

En los evangelios se extiende el concepto de pobre. En Lucas, la bienaventuranza de los pobres se refiere a las personas que lo son en sentido material. En Mateo la bienaventuranza abarca a los “pobres de espíritu”. Las bienaventuranzas tratan a pobres y hambrientos, a los que lloran, a perdedores, marginados, retrasados, expulsados, explotados y desesperados.

Jesús llama pobres a todos los afligidos y abrumados con la culpa. Eso multiplica bastante el número por ayudar. Ayuda que debe partir del Papa, que por su ministerio está en mejores condiciones de darla y que supone más que palabras de consuelo y aliento. Significa hechos de piedad y amor.

Tres grandes grupos de pobres merecen ayuda. Los divorciados. Al volver a casarse, quedan excluidos de por vida de los sacramentos de la Iglesia. La mayor liberalidad de las sociedades actuales plantea a la pareja altas exigencias. El Papa defenderá enfáticamente la indisolubilidad del matrimonio. Pero este mandamiento no se puede entender como una condena eterna de los que fracasan y no les cabe esperar perdón. También es un mandamiento teológico, que demanda fidelidad vitalicia y como tal la viven muchas parejas, pero no puede ser garantizada.

La piedad que pide el papa Francisco permitiría que quienes se vuelvan a casar puedan ser readmitidos a los sacramentos cuando lo deseen de corazón.

Debido a la posición eclesiástica respecto a los anticonceptivos y el aborto, las mujeres son despreciadas por la Iglesia y padecen miseria de espíritu. Solo una ínfima minoría de católicas secunda la prohibición papal de los métodos anticonceptivos. El aborto no puede implantarse como método de control de natalidad, pero las mujeres que se deciden a practicarlo por razones justificadas, con grandes conflictos de conciencia, merecen comprensión y piedad.

Muchos jóvenes aptos renuncian al sacerdocio debido al celibato. Un celibato libremente elegido por los sacerdotes seguirá teniendo su lugar en la Iglesia católica. Pero la soltería prescrita por el derecho canónico contradice la libertad que otorga el Nuevo Testamento, la tradición eclesiástica ecuménica y los derechos humanos modernos. Si se mantiene el celibato obligatorio, tampoco puede pensarse en la deseable ordenación sacerdotal de las mujeres.

 

* Ingeniero. Docente UNAN-Managua