Juan B. Arríen*
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El proceso educativo, generador de aprendizajes para la vida de cada persona, es un proceso esencialmente social compartido con otras personas y en contextos y circunstancias históricas que activan e influyen en esa importante interacción social.

Los aprendizajes se convierten en los verdaderos activos de nuestras vidas, de nuestro quehacer individual y social, de nuestro trabajo, de nuestro crecimiento, desarrollo, autoafirmación y proyección como personas.

Muchos de nuestros aprendizajes se organizan y se programan en forma sistemática escolar aunque todos ellos están íntimamente conectados con aprendizajes provenientes de nuestra interacción social. La escuela no siempre aprovecha el potencial que le rodea, que le alimenta, que cargan los maestros y los estudiantes que conforman la escuela. Sin embargo, el proceso educativo con la transmisión y construcción de los aprendizajes para la vida, se activa y progresa en gran medida fuera de la escuela, lo que indica que la escuela es la fusión del aporte de la ciencia y de la vida de la comunidad.

La escuela se mueve desde la ciencia a través de las áreas del saber y sus respectivas expresiones, matemáticas, física, filosofía, lenguaje, etc. y desde la vida de la comunidad, historia, costumbres, experiencias, lenguaje, potencialidades, recursos, cultura, etc. La escuela es la síntesis de ciencia y de cultura comunitaria, aprovecha el flujo de la ciencia y la vida de la comunidad. De ahí la importancia de la relación escuela-comunidad.

La relación escuela-comunidad abarca algo más que lo que se denomina comunidad educativa referida a la participación conjunta de los padres y madres de familia y sus habituales actores: director (a), maestros, personal administrativo, en la gestión de la escuela. El término comunidad en la que radica y trabaja la escuela tiene otra connotación, otro significado y es el que fundamenta la verdadera relación escuela-comunidad.

Cuando se habla de relaciones de la escuela con la comunidad tienden a vincularse las relaciones de la escuela con la familia o con los padres y madres de familia sin detenerse a pensar que los padres y las madres si bien son muy importantes para la escuela, son solamente una parte de la comunidad, ya que esta va más allá de ellos. La familia es el ambiente primario más cercano al niño y a la niña desde su nacimiento y en su primer estado de desarrollo. Sin embargo, en la medida que crece, interactúa con otros y otras y continúa su socialización, dimensiona y da relevancia al enlace de la escuela con la familia, pero transcendiendo hasta la comunidad, es cuando la comunidad con sus organizaciones, capacidades, necesidades, iniciativas, costumbres, experiencias de vida, etc. se hace presente en la escuela, proporcionando a los procesos de aprendizajes, el contexto y el ámbito en el que adquieren sentido, aplicación y beneficios.

Nicaragua acumula enorme experiencia en activar las organizaciones de la comunidad como origen y destinataria de su propio desarrollo y bienestar. La escuela tiene que aprovechar el potencial de la comunidad organizada, se trata de una relación de ida y vuelta, de la institucionalidad de la escuela y de la organización y pedagogía comunitaria.

Aquí es donde caben el adecuar y verificar los programas curriculares y los contenidos educativos de acuerdo con las necesidades específicas locales; incorporar también al contenido de la educación, los problemas específicos de la comunidad; modificar los contenidos y métodos de la escuela en función del mejoramiento de las condiciones de vida de la comunidad; incorporar los rasgos culturales, formas de organización y de relaciones sociales; incentivar la participación de la comunidad en la gestión de la escuela, etc. De esta manera, la escuela se hace parte de la comunidad y la comunidad se convierte en un factor educativo permanente proyectado en el quehacer global de la escuela.

 

* Ph.D. IDEUCA