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En todo momento, a pesar de la distancia, siempre habrá alguien a quién recordar; tendremos siempre un ángel en el justo instante cuando pensamos que no hay salida en medio de algún obstáculo. Con una sola palabra, una sonrisa o un abrazo se empieza a descifrar el bello arte de ser agradecido con aquellos y aquellas quienes han estado presentes y han compartido con nosotros, tiempo, cariño y sinceridad.

Sin ser un día “especial” -aunque en realidad todos son especiales-, las flores guardan en su aposento la esencia del lenguaje y del corazón en su aroma, esperando ser escogida para su entrega, ya sea en gratitud a una madre, a un amigo, a un compañero de trabajo, vecino, esposa o pareja; hijo, incluso a uno mismo.

¿Cuántas veces has sido agradecido contigo mismo?, ¿cuántas otras has logrado agradecer los bellos momentos que has tenido la oportunidad de vivir y compartir?, ¿en cuántas ocasiones quizá la alegría te ha llegado sorpresivamente con una llamada telefónica o un mensaje? Lo cierto es que, aunque estemos lejos, no estamos tan solos.

Brindar las gracias resulta ser más que una palabra, es un bello arte de amistad que se atesora con un brillo asombroso; es melodía en la piel tanto de quien las ofrece como de quien las recibe.

El arte de ser agradecido empieza con la mirada al detalle de todo cuanto nos rodea en lo común, y como el orfebre o el artista hacen posible de lo extraño una verdadera joya, cada uno de nosotros somos capaces de hacer brotar de la misma manera un sentimiento.

La amistad es una maravilla de bendición, que Dios nos brinda como otras tantas que recibimos sin ser merecidas. Lo más importante: ser en todo momento agradecidos con nuestro Creador; no olvidemos orar. Cada día tiene su afán; la fragilidad de la vida está en un suspiro y nada más.

“Te doy gracias, Señor, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles. Me postraré ante tu santo Templo, y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre” (Salmo 138).