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El pasado 16 de octubre se conmemoró el 159 Aniversario del natalicio del gran escritor Oscar Wilde, quien nació en 1854, en el número 21 del Westland Row, de Dublín. Lo más genial fue su enfrentamiento con la rígida sociedad victoriana. Wilde le dio encanto y sofisticación a los grandes salones de la época. Como estudiante fue bueno. Aunque coronado distinguido y con algunos éxitos brillantes, no era alumno ambicioso que viera en las calificaciones la meta suprema de los estudios.

De carácter contradictorio, permitía que convivieran en él el altruismo más generoso junto al egoísmo más calculador. Se dedicó algún tiempo a la pintura sin obtener el éxito que alcanzaría como escritor. Su interés por reproducir fielmente la naturaleza se reflejaba hasta en el más mínimo detalle, pero ignoraba en absoluto la época y sus problemas.

En su lugar buscaba un mundo medieval, heroico e idealizado, aunque los prerrafaelistas sostenían que “la misión del artista no está en reformar su época, sino en buscar y representar lo bello, lo puro y lo bueno”.

Oscar Wilde desarrolló su personalidad con creciente seguridad en sí mismo. Va descubriendo durante los cuatro años universitarios aquellas características personales que quedarán patentes el resto de su vida. Amante nato de los objetos hermosos: porcelana china, alfombras bellamente adornadas, casas nítidamente decoradas, esta afición por la belleza y el arte, Wilde la adquiere en casa de sus padres.

Se desenvolvió en una sociedad a la que el dramaturgo simultáneamente adulaba y despreciaba. El hacer ver a la sociedad sus vicios, de los cuales él también era partícipe determinó su caída.

Un escándalo con Lord Alfred Douglas, lo llevó a un juicio, del que resultó condenado a dos años de trabajo forzados. Del Sistema Penitenciario opinaba. “El Sistema Penitenciario actual parece no tener más finalidad que arruinar y aniquilar las facultades espirituales”.

En “De Profundis”, obra que considero la mejor de Wilde, escribe: “Me dije a mí mismo: a cualquier precio debo conservar el amor en mi corazón. Si voy a la cárcel sin amor, ¿qué va hacer de mi alma?”.

Me animo a pensar que esta debe haber sido su carta más importante, porque iba a tratar por fin su futura postura espiritual frente a la vida, de la forma en que deseó volver a enfrentarse con el mundo, del desarrollo de su carácter: de lo que había perdido, de lo que había aprendido, de lo que esperaba alcanzar.

Escribe en el correccional uno de sus epigramas más admirables, que dice: “Dadme lo superfluo que yo me sé pasar sin lo necesario”. Sale de la cárcel el 19 de marzo de 1887. Muere el 30 de noviembre de 1900 en París. Sus restos descansan en el cementerio de Pere-Lachaise. La tumba está adornada con una escultura de Jacob Epstein, y lleva escritas las palabras siguientes, de “La Balada de la Cárcel de Reading”:

“Y extrañas lágrimas /Llenarán por él /el jarro de la piedad ya /roto en antaño. /Porque quienes le lloren /serán los parias y los parias /eternamente /lloran”.

 

* Bibliotecólogo y promotor cultural