Jorge Eduardo Arellano
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Hay quienes todavía se resisten a reconocer como tal la campaña de terror que ha emprendido Daniel Ortega, y menos aún el denunciar el carácter fundamentalista y totalitario de su Gobierno.

Siluetas de templos y vírgenes, cruces, ojos de Fátima, místicos florilegios, colores estridentes, un Daniel omnipresente: la política de comunicación de la dictadura Orteguista no escatima símbolos ni recursos para amedrentar a la población, vendiéndonos un Daniel Ortega sublimizado e infalible.

No obstante, me atrevo a pensar que la decisión unánime del premio mayor a las estrategias, por su economía, se la llevarían las legiones de “rezadores”. No por ello menos eficaces, ni menos interesantes. Rosario Murillo nos prueba que para encontrar efectivas estratagemas aterrorizantes no hace falta mucho esfuerzo.

Al financiar la implantación de “rezadores” frente a los medios de comunicación y en puntos estratégicos de la capital, el Gobierno Ortega lanza un mensaje intimidatorio generalizado, manipulando y recreando los pavorosos Agüizotes de nuestra sabiduría popular --el folklore--.

De hecho, y ella debe saberlo, los rezadores pertenecen a las leyendas tradicionales de Guatemala y México, y no son personajes nada “amorosos”.

Según esta leyenda mesoamericana “Los rezadores” son espantos que salen para intimidar a la gente y castigar a “curiosos”, “chismosos” y “espiones”. Según narra el investigador folklorista Celso Lara:
“En las noches (…) se aparecen Los Rezadores, espíritus que vagan por los barrios de la ciudad, rezando y sosteniendo veladoras. Y se les oye una rezadera tal, que a uno lo vuelve loco”.

La noche más allá de ser un horario preciso representa, en nuestro imaginario popular, lo ignorado, lo oscuro, el secreto.

“Cuando el fúnebre cortejo está recorriendo las calles, y alguien por casualidad o intencionalmente sale a verlo, “alguno de los rezadores se para y le entrega una de sus candelas, le dice que se la guarde y que va a pasar por ella a la noche siguiente. Eso sí: le advierte que debe colgarla en la cabecera de su cama. Al otro día, lo que aparece en lugar de la candela es un hueso fémur».

La candela o cirio, en su vinculación religiosa, representa una promesa. En este caso, la tenebrosa “promesa” entregada por el rezador es un mensaje incomprensible que a la luz del día se revela en forma de hueso. El hueso, o la calavera, igualmente en nuestro folklore representan la muerte. Es entonces, la función de los rezadores de transmitir una clandestina amenaza.

«Cuando uno ya ha visto a los rezadores y le han dado las candelas, ya se lo llevó la que lo trajo al mundo; y para salvarse de ellos, lo que tiene que hacer es salir a esperarlos en el mismito lugar donde los vio, pero con un niño en los brazos; sólo así las candelas no se vuelven huesos (…)”

“Esta leyenda de los rezadores de la noche se asocia a la muerte, y también a los perros. Según esta variante, las personas que «se echan los chelicos de los perros en los ojos, pueden ver la muerte y los rezadores de la noche», porque «los chelicos de los perros son las lágrimas que ellos derraman cuando los miran»”.

Los perros son igualmente denominados nuestro “mejor amigo”. Ladrando y aullando, sus alarmas son tomadas muy en serio por sus propietarios, pues ellos ven lo que no vemos en la noche (lo ignorado) y son reconocidos por su gran olfato e intuición.

En este caso donde la superstición roza en demasía con la realidad, los “perros” son los periodistas e investigadores, quienes siguiendo su intuición y olfato buscan prevenirnos de los peligros que se avecinan. Por ello la figura no muy agradable de untarse las lágrimas de los perros en los ojos simboliza la posibilidad de ver con los ojos “iluminados” de estos amigos.

Desprovistos de miedo, el niño, igual que el “perro”, desnudan a los rezadores en sus verdaderas intenciones, y estos huyen. “Veritas Liberabit Vos”, como lo dice el evangelio.

No es entonces pura casualidad. La leyenda de los rezadores nos recuerda que las tradiciones populares esconden más sabiduría de la que se les reconoce. Utilizando los miedos más arraigados en nuestro inconsciente colectivo, el gobierno de Ortega nos revela sus más bajas intenciones y la falta de escrúpulos de una oligarquía que, en lugar de ocuparse de las necesidades y problemas de su pueblo, usa en su contra sus propias creencias.

El filósofo y escritor inglés, John Locke, advertía ya en su Carta sobre la Tolerancia: “el fanatismo es el signo de la lucha de los hombres por el poder y la autoridad”.

Habrá entonces que abrir los ojos, y reconocer los aullidos de estos “perros”, que están ya desgarrándose los galillos alertándonos de las verdaderas intenciones de estos “rezadores” y sus cabecillas.

“En todo país no hay más que dos partidos: aquellos que osan decir NO y aquellos que no lo osan. Cuando aquellos que no lo osan se pasan en número considerable, ¡el país esta jodido!”.

1971, Henry de Motherlant, académico y artista francés.


(*)Comunicadora social.