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Me cuesta creer que las libertades por las que tantos nicaragüenses cayeron luchando al grito de Patria Libre o Morir, terminen conculcadas por la violencia política que hoy resurge para acallar la disensión y la crítica en Nicaragua.

Me cuesta aceptar que tantos compañeros que hoy trabajan en el Gobierno, en los poderes del Estado o en las estructuras del Frente Sandinista, vean de pronto a sus antiguos hermanos de lucha como sus peores enemigos, porque así lo dictan unos cuantos intereses particulares.

Pero creo que esta situación representa también una oportunidad para comprender hasta qué punto son trascendentales los valores de la democracia y cuan urgente es construir una nueva manera de relacionarnos en la vida pública basada en la tolerancia y el respeto a la diversidad.

Ciertamente no resulta fácil creer en el valor de la diferencia al grado de sostener como Voltaire: “no estoy de acuerdo con tu opinión, pero defendería con mi vida tu derecho a expresarla”. No resulta fácil pero deberíamos hacerlo, pues no hay manera alguna de progresar en ningún ámbito de la vida, ni individual ni colectivo, sin las diferencias humanas, y por ello mismo sin las contradicciones inherentes a esa diversidad.

Tenemos que aprender a aceptar nuestras contradicciones como algo necesario y valioso, a la vez que las resolvemos en forma respetuosa, haciendo diferencia con las campañas destructivas y brutales. Podemos señalar lo que nos parece malo, ilegal, desacertado o peligroso, como también describir los comportamientos que rechazamos sin diatribas, insultos ni descalificaciones, porque debemos distanciarnos urgentemente de la vendetta personal.

Y si nuestras críticas o señalamientos son respondidos con censura, amenazas o represión, debemos responder con calma y sin caer en la provocación. No hay otro camino que la resolución pacífica de los conflictos, porque la vía de la confrontación no debería siquiera considerarse tras las guerras que nos han devastado. Las duras experiencias del enfrentamiento armado nos enseñaron que todos perdimos y que sólo el diálogo constructivo puede asegurarnos un camino de progreso y de paz.

Tras la derrota electoral del FSLN, y durante el gobierno de Violeta Chamorro, conocí en la sede del PNUD a Violeta Granera sin saber que provenía de la contrarrevolución, mientras yo había sido movilizada varias veces a las zonas de guerra como militante del Frente Sandinista. Cuando la escuché hablar por primera vez no sabía quién era y no tenía por lo tanto ningún prejuicio hacia su persona. Me identifiqué con sus planteamientos y a ella le pasó lo mismo conmigo y tiempo después supimos de qué bandos políticos proveníamos, cuando nos apreciábamos lo suficiente para que nuestras diferencias ya no pudieran distanciarnos.

Hemos sido amigas durante unos catorce años y con ella he aprendido la importancia de conocer el pensamiento de quienes hemos considerado como nuestros adversarios. Siempre hemos respetado nuestras diferencias y nuestras procedencias, en mi caso, lamentando profundamente que su padre hubiese sido asesinado durante la insurrección. Creo que nuestra amistad es posible porque compartimos los mismos sentimientos de amor y preocupación por Nicaragua, y porque a ella nunca la animó el resentimiento ni el afán de revancha, sino que más bien se identificaba con muchos aspectos de la Revolución, incluyendo la música de los Mejía Godoy.

Ahora que se lleva a cabo una campaña pública acusándola de corrupción, pienso cuan fácil resulta injuriar a alguien sin conocerlo, pues Violeta no tiene siquiera casa propia, pese a que su esposo ocupó altos cargos en varios gobiernos, y sus ex compañeros sandinistas del CONPES comentaban con frecuencia que la respetaban por su falta de sectarismo y su honradez
personal.

Pienso que nunca como ahora ha sido tan importante evitar que la crítica respetuosa sea reemplazada por la fétida calumnia que aleja toda posibilidad de diálogo y convierte en enemigas a personas que talvez no lo serían si nos detuviéramos por un minuto a escucharlas.

Al mismo tiempo, no podemos permitir que el miedo nos calle, porque el pensamiento hegemónico elimina toda posibilidad de avance en la sociedad. Pero debemos aprender a disentir escuchando también a nuestros adversarios, respondiendo con los argumentos apropiados y evitando al máximo la descalificación personal.

Cuando leí el otro día, un párrafo que me dedicaron en la revista 19 calificándome de arrogante y otros adjetivos, no sentí rabia sino tristeza. Y aunque sabía que se me estaba cobrando mi apoyo público a Zoilamérica, pensé que Rosario Murillo tenía todo el derecho del mundo a criticarme y lamenté que no lo hiciera con argumentos serios, más apropiados para ayudar a alguien a superarse.

El problema es cuando se trasciende la crítica con epítetos, suele ser la antesala de la persecución y la represión. Y eso es justamente lo que ha ocurrido el fin de semana, cuando se violentaron las leyes, utilizando los recursos fiscales y policiales para intervenir a la ONG Cinco, como un acto de represalia política contra un profesional que todos sabemos íntegro, como Carlos Fernando, cargando contra el
mismo “Chamorro” que dirigió Barricada durante la Revolución, incluso durante la campaña electoral contra su propia
madre.

Toda dictadura, es decir todo liderazgo autoritario, requiere de la división para existir y por ello siempre concluye, como ya lo sabemos, dejando una secuela de dolor, resentimiento y polarización social. En cambio, un liderazgo que une por encima de las diferencias y alienta el debate y los consensos, constituye un camino seguro hacia el progreso de una sociedad.

En Nicaragua no nos queda otro camino que demandar de los dirigentes políticos este tipo de liderazgo, y esforzarnos por todos los medios posibles para construir la alternativa del diálogo como única vía posible ante la venganza y la confrontación. No habrá concordia en el país aunque se someta a todos los poderes públicos y se intente comprar a todas las voluntades. No habrá tampoco alternativa de progreso y tranquilidad social, como no sea aprendiendo a aceptar nuestras diferencias, a criticarnos sin odio y a reemplazar la virulencia por la voluntad de dialogar.