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Ayer soñé con mi madre. Estaba sentada en una cama, recluida, sola, con Luna, la mascota, en un amplio garaje que le sirve de habitación en la casa de mi hermano en Miami. Junto a ella, sus dos infaltables maletas de mujer nómada que contienen todas sus pertenencias, sus libros religiosos, sus dos rosarios, una docena de carteras de todas las marcas, llenas de papeles, ropa que nunca se ha estrenado, unas fotos de sus hijos, estampitas de la Virgen y unos frascos de medicamentos. Este es todo su patrimonio, todo su menaje, en realidad poca carga, propia de una peregrina que ha sido feliz con lo poco que tiene y lo mucho que da.

Apenas tengo nueve meses de no verla, y ya la extraño. Día a día pienso en ella, en su corazón ahora auxiliado por un marcapasos, en sus días cuando se subía con energía a un bus y otro, para después caminar largas cuadras y pasillos y visitar sus Malls preferidos. También escucho su risa escandalosa que se quedó congelada en la sala de mi casa donde nunca se sintió dueña. E imagino su tristeza infinita que deja asomar con bastante facilidad cuando nos habla por teléfono y sentimos el hielo de la distancia.

Desde que tengo uso de razón mi madre ha sido una mujer sin un nido dónde descansar. Una nómada por necesidad. Su historia no ha sido fácil: sin suerte en el amor y en el dinero, pero con la dicha --creo-- de tener cuatro hijos que de alguna manera le han dado un propósito a su vida.

Nacida en Puerto Cabezas, mi abuelo, un telegrafista aventurero, la arrancó de los brazos de su madre cuando tenía cuatro años, y se la trajo en una avioneta a Chinandega, para que la criara su abuela paterna. Ahí comenzó su errabundo trajinar. Pero gracias a esa idea proteccionista de mi abuelo, que no fue más que un secuestro encubierto, ella se vino al Pacífico, conoció a mi padre, se enamoró, y lo demás forma parte de mi historia.

De mi madre tengo muchos recuerdos, a pesar de que por diversas circunstancias se separó temporalmente de nosotros. En la infancia me sentaba en sus piernas, y su dulzura que terminaba en llanto, me derretía por completo. Todos los domingos nos llevaba al parque, comíamos helados y se regocijaba al vernos jugar. De poco hablar, su lenguaje siempre fue el cariño. Posteriormente, en la adolescencia, mi hermano y yo nos fuimos a vivir con ella. Aún la recuerdo llegando a los cuarenta, luciendo su belleza y elegancia en la Managua posterremoto. Pequeña de estatura, blanca, de sangre costeña, su hermosura generaba los más encendidos piropos de algunos admiradores.

Escribo este breve perfil, porque la noche que la soñé me pareció verla diferente a aquella mujer enérgica, risueña, bromista, malhumorada a veces, pero llena de una gran bondad, con la que prefiero quedarme para siempre en la memoria. Esa noche en que llovía duro, pese a que era un simple sueño, la observé triste, meditabunda, indecisa, queriendo resolver de manera definitiva su eterno dilema de quedarse para siempre en Miami o regresar a su país natal.

Es el dilema de una madre que tiene su corazón dividido por los caprichos del destino. Sus dos hijos menores, en Miami; sus otros dos hijos en Managua. Dos hogares distantes y distintos. Dos mundos opuestos y un afecto compartido a distancia. La última vez que vino me dijo que quizás no volvería más. Su terquedad no la deja admitir que de tanto ir y venir --han transcurrido veinte años-- se ha cansado de ser un ave migratoria, sin nido fijo ni residencia permanente. Y que sus días de nómada afortunadamente están terminando, para que su cabeza recline para siempre en su tierra y en su hogar. Aquí, donde nunca se ha ido, en un lugar de mi corazón.

 

Managua, viernes 25 de octubre de 2013.

 

* Periodista y escritor.

felixnavarrete_23@yahoo.com