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La primera vez que escuché hablar del Dr. Narváez en Ciudad Darío fue cuando mi hermano Calixto tenía una fiebre espantosa --era medianoche-- y mi madre nos levantó a todos y puso la casa en movimiento. “Se está muriendo el niño, no hay que perder tiempo, hay que llevarlo al doctor”, dijo angustiada.

Mis padres bajaron presurosos al centro del pueblo donde quedaba la casa-consultorio del Dr. Narváez, y severo, el galeno hizo el examen al paciente, al término del cual diagnosticó paludismo, y un traslado inmediato al hospital de Matagalpa.

Años más tarde, Chepe León, que no estudió académicamente medicina, se convirtió en el curandero de la ciudad, por los prodigios y milagros que hacía con sus brebajes. Habilidoso en poner inyecciones, lograba disipar angustias y con sus palabras de aliento le ponía dique a la enfermedad.

No usaba letra pequeña ni caligrafía difícil --que identifica a los médicos-- y sus recetas eran transparentes. Los pacientes se retiraban con la esperanza inoculada a base de tratamiento y sobre todo del manejo psicológico del enfermo.

Y precisamente, dice el Dr. Vicente Maltez Montiel, autor del libro “¡Larga vida y prosperidad!”, que la clave para no enfermarse radica en fomentar “una actitud mental que repercuta positivamente en la salud; los y las optimistas viven más y mejor”.

Los aportes de la nueva rama de la medicina que es la psiconeuroinmunología, demuestran que una mente sana favorece un cuerpo sano. De un cerebro sano se producen sustancias analgésicas y de placer (endorfinas) y mecanismos de defensa como el interferón y anticuerpos.

Es una fortuna tener un manual de consejos de salud que nos permite a los que no estamos familiarizados con la terminología médica, contar con una obra --la del Dr. Maltez Montiel-- donde se encontrará información pertinente para la cura a nuestros malestares, sin obviar la consulta del especialista en el ramo.

Las temáticas abarcan desde estilo de vida sano, cardiología, diabetes y metabolismo; cerebro, gastroenterología, infecciones, medicina laboral, oncología, lo médico-legal, salud mental y sexualidad; salud de la mujer, hasta aspectos de la tercera edad.

En las sombras, y de vez en cuando asomándose al porche de su casa en Ciudad Darío para tomar un poco de sol, barbado y disminuido por el paso de los años, el Dr. Raúl Salas Cano rememora cuando llegó por primera vez a esa ciudad y se quedó para siempre.

Eran los años 50 del siglo pasado y la gente en búsqueda de una sanación se ponía en sus manos. Octogenario y retirado de la medicina, se muestra lúcido, y una nostalgia asoma a sus ojos. La vida –dice-- era más tranquila y sin muchas complicaciones.

Contemporáneo suyo, Patrocini Aguirre era el curandero preferido de los campesinos que bajaban de las cañadas y caseríos cercanos a la ciudad. Era baratero e infundía mucha fe --clave para encontrarle solución a los trastornos del organismo--; la medicina natural era su fuerte, y los cocimientos a base de hierbas, hojas y árboles frutales proporcionaban alivio a la población enferma que lo visitaba.

Para estos galenos, el juramento de Hipócrates --aunque algunos eran empíricos-- constituyó carne viva, referencia permanente en el ejercicio de su labor. Sin asomo de mercantilismo, insertándose en la comunidad, se ganaron el cariño y el aprecio de la gente.

 

* Periodista y docente universitario