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Hace algunos años, un joven norteamericano, miembro del Cuerpo de Paz, me expresó que con el triunfo del primer presidente afronorteamericano --de color, denominan los blancos racistas a los negros-- el mundo iba a cambiar. Las expectativas se enmarcaron en el contexto de las promesas de campaña: la ley de punto final a la inmigración, sobre todo latinoamericana; el cierre de Guantánamo, el Medicare, las buenas relaciones con todos los países del mundo.

La sociedad norteamericana, y la mayor parte del globo terráqueo, estaba cansada de invasiones, guerras crueles e interminables; crisis económicas, destrucción del planeta, exclusión, marginación, pobreza, narcotráfico, cultura de violencia. Campeaba la desesperanza, y la frustración. En este contexto se produce la victoria del presidente norteamericano.

La luna de miel comenzó. El Premio Nobel de la Paz, otorgado como mensaje para la finalización de las guerras y el advenimiento de la paz; el discurso en El Cairo, delineando las políticas para el Medio Oriente; el enfrentamiento de la crisis económica, aunque oxigenando a los banqueros; la retirada efectiva de las tropas invasoras de Irak, dejando un país devastado y envenenado por el uso de uranio empobrecido; el acercamiento con América Latina en la Cumbre de las Américas; la medición de fuerzas con el congreso por el Medicare, constituyeron las buenas señales.

No obstante, los aspectos positivos, con el trascurso del tiempo comenzaron a perfilarse malos augurios. El tratamiento a la inmigración se volvió agresivo, inmoral e inhumano. Guantánamo continúa siendo un centro ilegal de tortura y violación de los derechos humanos; se orquestaron golpes de Estado en Latinoamérica contra gobiernos progresistas como el de Mel Zelaya, Evo Morales, Rafael Correa; además de la desestabilización y provocación contra la Revolución Bolivariana.

Pero, la máscara cayó al suelo con el bombardeo constante y sistemático sobre Libia, asesinando al líder de este país; asesinato que quedó en los anales de la historia cuando la exsecretaria de Estado, Clinton, de forma cínica y mostrando su insensibilidad humana, se mofó de la muerte del otrora amigo y socio de EE.UU. y Europa. A partir de ahí, Obama ha mostrado su rostro imperial.

Su obcecada obsesión contra Al-Assad y los planes de invasión a Siria demuestran el pensamiento, la conducta y el comportamiento fascista de este mandatario. Ha sido la férrea defensa de Rusia junto a China, la que ha evitado, por el momento, el bombardeo implacable norteamericano.

Resulta bochornoso ver cómo, sin ningún rubor, tecnócratas y burócratas, junto a congresistas, proponen y discuten los métodos, el tiempo y el armamento a utilizar para masacrar a los sirios, erigiéndose en autoridades supremas del mundo. Ha sido Rusia, con la habilidad e inteligencia diplomática del presidente Putin y de su canciller Lavrov, así como la posición de China, los que han evitado el estallido completo del Medio Oriente.

La propuesta aceptada y votada unánimemente por el Consejo de Seguridad ha sido una victoria de la paz y del mundo civilizado, antibelicista, que se ha opuesto a la intervención militar directa de EE.UU, y de sus aliados europeos y árabes.

El pueblo norteamericano, los pueblos del mundo amantes de la paz, y la diplomacia rusa, produjeron un golpe contundente a las pretensiones guerristas, militaristas y agresivas del complejo militar industrial, ante el cual Obama rindió su rey. Su derrota política ha sido contundente. Se quedó solo en la ONU, con un discurso conciliador reflejando el ocaso de su caudal político por su prepotencia, altanería y arrogancia imperial.

El joven norteamericano tenía razón. El mundo cambió con Obama, pero no hacia el desarrollo y bienestar. Cambió hacia atrás, hacia las cavernas. El Premio Nobel de la Paz ha sido poseído por la locura guerrista. Su enfrascada lucha por culpar al presidente sirio de usar armas químicas contra su propio pueblo, constituyó el motivo fabricado --como lo han hecho antes-- para preparar la intervención directa y la masacre. Inaudito.

Matar y masacrar para salvar al pueblo que respalda a su gobernante es una forma curiosa de promover la paz, el desarrollo y fomento de los derechos humanos.

 

* Docente, UPF San Carlos

carlosmcorea@yahoo.es