Jorge Eduardo Arellano
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No sé qué tan preocupada está la ciudadanía ante lo que últimamente ha estado haciendo el Presidente de la República con una de las instituciones más sensitivas y de mayor impacto en la sociedad nicaragüense, como lo es la Policía Nacional.

Quienes hemos sido testigos de la paulatina profesionalización de la otrora Policía Sandinista, vemos con asombro cómo de manera sistemática se ha querido chantajear y manosear a la actual Jefatura, pervirtiendo el más noble sentido de superación institucional de la Policía al improvisarse nombramientos que claramente no provienen desde dentro de sus propias filas.

Una verdad incuestionable es que muchos nicaragüenses pueden simpatizar con la gesta del General Sandino, pero es igualmente innegable que dos de cada tres nicas no queremos nada con el frentismo, por lo que Daniel Ortega está cavando su propia tumba histórica al querer someter a garrotazos y fajazos --o sea “con el acero de la guerra”, como lo ofreció el Comandante--, a un pueblo que jamás simpatizará con su ideología, pretendiendo dejar como herencia instituciones frentistas que tendrían el firme propósito de subyugar a una mayoría ciudadana democrática que incluso ha dado muestras de una peligrosa indiferencia. Y es precisamente debido a esta indiferencia que don Daniel se ha envalentonado, proponiéndose confiscar la democracia nicaragüense a través de jugarretas maquiavélicas como las que ha decretado en la Policía.

Esta última afirmación la hacemos tomando en cuenta la opinión de Edgar BODENHEIMER, eminente filósofo del derecho, quien creía que el poder de un líder o “caudillo” puede ser considerablemente realzado si consigue ganar para la obtención de sus fines la cooperación devota de un grupo que simpatiza con él (como por ejemplo un partido político, la jefatura policial, o incluso la Fiscalía). Así, citando un extracto de su famosa obra Jurisprudence (“Teoría del Derecho”): “Si las relaciones entre el líder y los miembros del grupo se basan en el principio de sumisión y obediencia estricta al mandato del primero, puede denominarse a tal grupo una estructura de poder. (…) Si una estructura de poder consigue apoderarse de todo un Estado y moldearlo de conformidad con los principios de su propia organización, nos encontramos con el fenómeno del Estado totalitario”.

Debo confesar que produce escalofríos reconocer cómo el mencionado autor pronosticó situaciones como la que actualmente vivimos en Nicaragua, por lo que no puedo menos que preguntarme: ¿qué esperan los diputados democráticos para reformar la ley de la Policía para impedir este manoseo ejecutivo? Si es que don Daniel va a entregar el poder --tal como en su momento le fue entregado a él--, ¿quién controlará después una Policía claramente sesgada que desde ya ha ido perdiendo la confianza de la ciudadanía?
Para explicar este fenómeno podemos concluir este artículo con otra cita de BODENHEIMER, quien agrega que: “En un Estado totalitario moderno, el déspota trata de relacionar su poder con alguna aspiración o ideal más elevado, al que afirma servir. Puede ser totalmente sincero en su creencia de que el ejercicio de su poder ilimitado está desprovisto de todo elemento personal y de que busca sólo un objetivo impersonal”.


Vale decir que dicho autor publicó esta obra en 1940 a propósito del surgimiento de la Alemania nazi, por lo que nos podemos imaginar a qué déspota megalómano se refería cuando escribió esas líneas. Hoy, es preciso preguntarnos cuánto más vamos a esperar los ciudadanos para exigir la acción de nuestros diputados para evitar que se consolide un nuevo Estado totalitario en Nicaragua.