Jorge Eduardo Arellano
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En los sesentas, la década más prospera del siglo XX, fui secretario de don Julio Vivas Benard, uno de los caballeros más conspicuos; de los últimos gentleman que estuvieron en el mundo nicaragüense, social, político y del periodismo nacional.

Descendiente de Presidentes, Ministros de Estado y conectado directamente con las familias granadinas conservadoras del periodo de los Treinta Años, don Julio Vivas Benard ascendía a los estratos de su encanto: poseía y trataba de vivir como un señor, en pleno proceso de un prematuro retiro de la vida pública. Tenía 50 años.

No manejo fechas de su vida, pero estimo que su regreso a Nicaragua procedente de Estados Unidos fue a fines de los cincuentas. En suelos granadinos había sido algodonero, por cierto, desafortunadamente, y en los Estados Unidos había trabajado como traductor de idiomas en las Naciones Unidas. Su formación y espíritu eran occidentales, su cultura también, y era un convencido amigo del Tío Sam.

Su personalidad era la del típico bussiness man public relations, y encontró en el periodismo una ubicación para desarrollar sus facultades de hombre culto y excelentemente bien relacionado: porque en las profesiones son necesarios tres elementos: relaciones, manejo de la profesión y trabajo.

Coincidí con él en un encuentro de publicistas. Conversando conmigo, lo que hacía era preguntarme lo que quería sin que me enterara. En poder de mis generales me ofreció ser no solamente su secretario. Ello representaba conocer su mundo de aristocracia, oligarquía, relaciones públicas y negocios.

Contrario a lo que pudiera creerse de un aristócrata, don Julio era un disciplinado ejecutivo. La televisión en Nicaragua inició como en 1959 y después de 1962 don Julio era un connotado comentarista de radio y televisión. Impactaba a su audiencia y sus programas paralizaban el país.

Uno, en Radio Centauro, y otro en Canal 6.

En esos medios no había figurado ninguna persona que reuniera como don Julio la capacidad del análisis, su cultura ni los conocimientos de la explosión tecnológica de esa década, como el viaje a la luna de una nave estadounidense.

El común no sabe que el periodismo es instrumento de difusión y arma; su capacidad de saber transmitir con simpatía y cultura los temas que él comentaba lo hacían sui géneris.

Culto también en la gastronomía. Un mediodía de trabajo en su casa me invitó a almorzar y me pregunto qué quería. Le respondí que lo que había para su familia. Tras reiterarme la pregunta fuimos a su cocina y me puso frente a un refrigerador de tres puertas. A la izquierda aves, al centro carnes y a la derecha mariscos, incluyendo carnes de tortugas y garrobos. “Por eso te pregunto qué quieres comer”, me dijo. Elegí mariscos.

Orgulloso de su linaje, en el Club Social de Granada fuimos a un salón de expresidentes de los Treinta Años. Fue indicándome quiénes eran. “Mi bisabuelo, mi tío abuelo, mi tío.” Él decía que en un tiempo su apellido había “mandado” y que se le conocía como “el vivato”; anticomunista vertical, sabía que esa ideología representa el mal. Ahora es cosa del pasado.

Un comentarista de radio y TV sin cultura es solo un lector de textos porque sus limitaciones no le permiten la expansión de sus expresiones. Ahora no hay comentaristas cultos y los que hay son esquemáticos. En Nicaragua no hay escuelas de profesionales de la difusión. Basta ser servil, oportunista y obedecer la agenda indicada. Ojalá tengamos un día otro Julio Vivas Benard.

 

* Abogado y notario.

Juan3722@yahoo.com