Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Lo que debió ser desde un principio una cuestión natural vinculada con el uso del idioma: aceptar las nuevas invenciones y sus diversas variantes, según las diferentes regiones geográficas donde un idioma se habla, esta premisa tardó demasiado tiempo en ser aceptada. Las metrópolis en la medida en que expandían sus conquistas por el mundo, imponían a sangre y fuego su religión y su lengua, como símbolo de su poderío. El dominio de un sólo idioma en todo el orbe, ha sido la pretensión de todo imperio. Lenguas para que los conquistados aprendan las nuevas liturgias políticas y religiosas. El griego y el latín han comenzado a ser barridos y desplazados ante el empuje incontenible del inglés. Lengua primera sobre las demás lenguas. El inglés auténtica lengua franca, esa nueva koiné convertida en un verdadero idioma universal.

El poeta T. S. Eliot, Premio Nobel de Literatura (1948), estableció las diferencias entre el inglés de su patria de origen, los Estados Unidos, y el de su patria de siempre, Inglaterra. Lengua de negocios y para negociantes. Aunque en el orden de jerarquía los business ocupen la primacía, tampoco debemos olvidar que el inglés también es el idioma de William Shakespeare y Walt Whitman, de James Joyce y Ezra Pound. El insuperable Shakespeare, cuyas obras completas han acompañado todo el trayecto de mi vida; crecí viendo el enorme cuadro pintado al óleo de Whitman, presidiendo la sala de la casa de mis padres en Palo Solo; José Valverde me condujo de la mano y me brindó las claves para adentrarme en el lenguaje hermético de Joyce y nadie como Pound, con su recriminatoria desacralizadora contra la usura, me persuadió a no convertirme en un agente del mercado.

El balance realizado por Pablo Neruda en Confieso que he vivido, acerca del saqueo inmisericordioso de nuestras riquezas por la España colonial, inclina la balanza a favor la América nuestra. Se marcharon con el oro, pero nos dejaron sus palabras, sentencia Neruda. En su lengua hablamos, combatimos y ganamos. Darío se encargaría después de enriquecer la poesía española, americana y mundial. Situaría el centro de gravedad de la lengua española en América, como prueba irrebatible de la necesidad de apertura del español de España ante la marejada incontenible de las palabras llegadas de América. En cada momento y en distintas épocas, los creadores de esta parte del mundo han enriquecido el español, acuñando palabras con mayor valor con que acuñan sus monedas los banqueros. 1492, año del descubrimiento de América y en que apareció la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija, siendo la palabra canoa la primera palabra caribe incorporada en su texto.

En el siglo pasado, Neruda relevó a Darío y García Márquez dio continuidad al Quijote de Cervantes, la novela primigenia que todavía rebosa frescura. Cien años de soledad, será incluida en el catálogo universal de Mario Vargas Llosa, como una de las cuatro novelas más grandes de la literatura mundial, junto con Rayuela de Julio Cortázar y Ulises de James Joyce. Prueba suficiente para demandar, como lo hace el mexicano Gutierre Tibón, de que el español de América también fije normas y brinde pautas en el uso de este idioma. Somos cuatrocientos millones de latinoamericanos hablando español, frente a los cuarenta millones que lo hacen en la península ibérica y los ricos yacimientos del idioma español radican en estas tierras de Dios. Secundo a Gutierre Tibón. El Santo Tribunal de la Lengua Española debe incorporar en su Diccionario de la Real Academia Española, por el derecho de autoría que nos asiste, las palabras y acepciones nacidas en el vientre de América.

Nunca como ahora, cuando el español es asediado por los cuatro costados, se volvía tan apremiante la tarea de rescatar, ordenar, catalogar, y definir las palabras que nacen, crecen y se desarrollan en el entorno nicaragüense. Académico de puertas abiertas y corazón sensible, Francisco Arellano Oviedo ha dedicado buena parte de su vida, a recopilar con esmero el español de Nicaragua. Despojado del acartonamiento fosilizado que levantan como una muralla insalvable algunos custodios del idioma, Arellano Oviedo ha salido en la búsqueda del lenguaje cotidiano que hablan nuestras gentes en mercados, cantinas, cuarterías, montañas y caseríos. Ese lenguaje que atraviesa de punta a punta las mejores creaciones de nuestros más grandes cultivadores del verso y la prosa.

Con taimada paciencia, Arellano Oviedo puso oído a las palabras que nuestro pueblo machaca, sin aspavientos ni mojigaterías. Disponiendo de múltiples abrevaderos, fue directamente a empaparse en sus aguas. El alemán Berendt, los nicaragüenses Alfonso Valle, Alejandro Dávila Bolaños, Ernesto Miranda Garay, Carlos Mántica Abaunza, Jorge Eduardo Arellano, Enrique Peña Hernández, Róger Matus Lazo, Fernando Silva, la alemana Cristina María Van der Gulden y el baño refrescante que le prodigaron sus mayores Juan Eligio de la Rocha, Carlos Cuadra Pasos, Emilio Álvarez Lejarza, Pablo Antonio Cuadra, Alejandro Serrano Caldera, Emilio Álvarez Montalván, Julio Ycaza-Tijerino y Mario Cajina Vega, acrecentaron su amor por lo nicaragüense. Deudor agradecido, Arellano Oviedo reconoce las líneas de afiliación sanguínea que lo ligan con sus pares. Su libro se apoya en el diseño arquitectónico utilizado en la elaboración de los Diccionario de la Lengua Española y Diccionario Académico de Americanismos.

El Diccionario del Español de Nicaragua, (Segunda Edición. Nov, 2007), parte de sus antecesores sobrepasando sus aportes. Adonde los otros llegaron Arellano Oviedo lo toma como punto de partida. Se desprende de sus brazos y reemprende el camino por su propia cuenta. Valida las contribuciones brindadas al conocimiento de nuestra propia lengua, para que en este diccionario monumental ratificase la hibridez de nuestras culturas. Esas mezclas maravillosas de náhuatl, mangue, anglicismos, galicismos, africanismos, portugués y español de España. Se echó a la mar y atravesó el océano. Durante cinco años se entregó a la tarea de convertir en realidad una de sus más grandes iniciativas: completar el primer ciclo de esta tarea vital y estimulante.

La elaboración del Diccionario de uso del español llevó dieciséis años a María Moliner. Comenzó a escribirlo en 1951 y sólo lo terminó en 1967, apremiada por la Editorial Gredos para que entregara a su criatura: dos tomos de casi tres mil páginas, entonces dos veces más largo que el de la Real Academia Española y para el anti-academicista Gabriel García Márquez, también dos veces mejor, como ratifica en su crónica La mujer que escribió un diccionario, en la que rinde tributo a María Moliner, quien sin saberlo se pasó la vida escribiendo para él. A diferencia de la española, Francisco Arellano Oviedo no tuvo reparos para incluir en su obra más perdurable, las malas palabras omitidas deliberadamente por esa mujer espléndida. En lo que tuvo cuidado Arellano Oviedo, fue en ceñirse al acierto de María Moliner, que incluyó las palabras de uso corriente, “sobre todo las que encuentro en los periódicos. Porque allí viene el idioma vivo, --dice Moliner-- el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad”. Entre la vasta bibliografía consultada, Arellano Oviedo incluye a EL NUEVO DIARIO, La Prensa y Bolsa de Noticias.

El director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Jorge Eduardo Arellano, subyugado por los poderes mágicos de las malas palabras, elaboró y publicó su Léxico sexual y anglicismos de Nicaragua, bajo el sello de la Editorial Distribuidora Cultural, (1998). Es una lástima que Arellano Oviedo no haya incluido este texto entre la amplia bibliografía consultada. Sobre todo por la cálida acogida con que son recepcionadas las malas palabras en su diccionario. Arellano Oviedo sabe que mientras un recopilador se niegue a develar el significado de las palabras malditas, todo esfuerzo de recopilación del habla de un país será inconcluso. Las discusiones bizantinas de los preceptistas y ensayistas literarios, acerca del uso o no de las malas palabras, carecen de sentido. Los creadores siempre terminarán acogiéndolas o inventándolas. No existe para mí una exclamación cargada de tanta dignidad, como la respuesta brindada por el Coronel Aureliano Buendía. Ante los requerimientos de su mujer, quien le pregunta qué comerán si no vende el gallo, éste le responde: Mierda.

Arellano Oviedo ofrece todas las variantes con que los nicaragüenses nombran al bicho, a la verga y al culo. Sobre la palabra mamar, incorpora diferentes acepciones menos la sexual. Mamar: aprovechar un cargo público para obtener ventajas económicas ilícitas. Aprovechar los bienes del Estado para lucrarse. También aparece la “Magnífica: carné de identificación del Partido Liberal Constitucionalista en tiempos de Somoza. Obs.: llamada así porque quienes la tenían podían obtener fácilmente un trabajo o simplificar los requisitos de un trámite ante sus correligionarios en el poder” p. 257.

Como Arellano Oviedo se encuentra preparando la tercera edición del Diccionario Español de Nicaragua, creo oportuno aclararle que el partido en realidad era el Liberal Nacionalista y que la magnífica se proyecta en el presente. Su uso no se restringe al somocismo. Todo lo contrario, ¡pica y se extiende! Es el aval que otorgan los Consejos del Poder Ciudadano a las personas que aspiran a un cargo dentro del Gobierno de Unidad y Reconciliación Nacional. ¡Veremos qué sorpresas nos depara la nueva edición!