Jorge Eduardo Arellano
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Muchas de las secuelas que me ha dejado el abuso sexual que viví en mi niñez las he superado gracias a una terapia individual, al trabajo en mi grupo de apoyo mutuo y al trabajo corporal; a ese trabajo que se hace con el cuerpo y que yo he aprendido a hacer con mi cuerpo.

En 2004 sentí que mi proceso de recuperación estaba terminado y así “lo declaré” a todo el mundo. Desde entonces hablé sin dolor ni pena sobre la experiencia de mi niñez y también sobre mi doloroso camino de sanar. Por eso, fue para mí inesperada la crisis en la que caí hace un par de semanas. Hasta ese momento yo no conocía una crisis tan profunda. Desde que terminé mi proceso de sanar pensaba que nunca experimentaría algo así.

¿Qué había pasado? Pienso que es importante compartirlo con los lectores porque hay en ello una enseñanza: que el cuerpo no olvida.

Cuando este año se acercó la fecha de mi cumpleaños, volvió a mi memoria la muerte de una amiga que se había “permitido” morir exactamente la noche anterior a mi día de fiesta el año anterior.

El día en que ella murió --feriado en Managua por ser el día en que Minguito vuelve a Las Sierritas-- íbamos a celebrar muchas cosas: la vida, la inauguración de las oficinas de Aguas Bravas Nicaragua, las amistades “viejas” con las familias de la Cooperativa “Julia H. de Pomares” y las nuevas amistades que se habían desarrollado durante el trabajo que hemos realizado en nuestro equipo, tan entregado al trabajo con personas sobrevivientes de abuso sexual. También celebraría una despedida más de Nicaragua, antes de regresar, una vez más, a Alemania a acompañar a mi madre, ya con 85 años.

No es habitual sentir rabia hacia una persona que, no por su voluntad, muere en una fecha alegre y muriéndose “nos agua la fiesta”. Incluso es prohibido sentir esa rabia, está mal visto. Se siente uno mal sintiendo esa rabia. Lo prohíben las convenciones. Lo prohíbe la religión. Lo prohíbe la amistad. Y hasta lo prohíbe la misma tristeza de la pérdida de una muy buena amiga.

Pero, a pesar de tantas prohibiciones, la rabia estaba allí, alojada en algún rincón de mi cuerpo. Y siempre cuando quise buscar dar salida a esa rabia, me sentí muy mal y sentía algo más en mi cuerpo que, aunque no lograba identificar, era algo adicional a las prohibiciones convencionales que me hacía imposible permitirme la rabia, darle salida a aquella ira.

Esta lucha me agotó, me hizo sentir muy triste y lloré mucho sin saber por qué. Pensando en mi próximo viaje a Nicaragua, sentí también miedo: como si aquello fuera un presentimiento de que algo malo me iba a pasar en “mi segunda patria”, como llamo cariñosamente a esta Nicaragua donde centenares de personas me quieren y desean mi bien.

Estaba a punto de cancelar mi viaje, no sabiendo cómo mejorar mi situación emocional y también mi cuerpo, que reaccionó a todo aquello con cansancio, dolor en la espalda y dolor de cabeza. Pero, como el deseo de expresar rabia y la imposibilidad de lograrlo no cesaban, decidí hablar con mi psicóloga, a la que desde hacía ya varios años sólo había visitado para celebrar nuestra amistad. La llamé para contarle. Yo presentía también que sin trabajo corporal no iba a lograr quitarme aquella ira.

En la sesión con mi psicóloga hablamos sobre las causas y logré identificar una diferencia que podía ayudarme a sacar de adentro la rabia: ese sentimiento no estaba dirigido contra mi amiga muerta, sino contra su muerte. Tenía que entender eso para sentir que me podía permitir sentir la rabia. Aquella rabia no la ofendía a ella, más bien profundizaba nuestra amistad, ya que ella había preparado con las compañeras de la Cooperativa varias sorpresas para el día de mi cumpleaños y tenía muchísimas ganas de festejar ese día conmigo y con todas.

Pero, a pesar de haber entendido que no era malo permitirme sentir la rabia que llevaba dentro, que no era ni un pecado ni una falta, no logré sacarla. Algo adicional me frenaba. Al regresar a mi vida habitual me llegaron recuerdos de mi niñez, cuando me enojaba con mi mamá, que para castigarme me encerró muchas veces en un cobertizo chiquito sin luz. Me daba miedo y sentía que nunca volvería a salir de allí. Esos miedos lejanos llegaron a mi mente y a mi cuerpo, pero aún había algo más que no lograba identificar. Comencé a sentir dolor en mis muñecas y en las articulaciones de los pies, y ese dolor me hizo difícil andar en bicicleta, a pesar de que hacerlo es uno de los grandes placeres de mi vida cotidiana.

No podía más. Decidí entonces hacer una cita con la persona con la cual he hecho muchas horas de trabajo corporal. En la sesión con ella logré regresar a mi niñez y reviví una de las crueldades que conmigo hacían mis padres: me amarraban las manos y los pies a mi camita para que yo no pudiera chuparme el dedo. La persona con la que había realizado antes tantas sesiones de trabajo corporal fue testigo de cómo luché para romper los cordones con que me ataban, aquellos fuertes cordones de poder --y de abuso de poder-- que empleó mi madre.

Logré romperlos y cuando me levanté de la banca en la que se trabaja el cuerpo me sentí libre, y a la vez sentí que podía por fin abrir mis brazos y abrazar al mundo entero. El cansancio con el que terminé la sesión fue agotador. Días más tarde, hablamos con mi psicóloga sobre las expectativas que yo todavía tenía hacia mi madre: esperaba que ella --aunque fuera en el último momento de su vida-- me reconociera, reconociera a Brigitte, su hija, esperaba que me diera unas palabras de cariño y de amor de madre. Sin embargo, en esta sesión, entendí que todo eso era una fantasía y me liberé de ella, dejé ir esa esperanza.

Este “entierro de la esperanza” me ha hecho más capaz de ver a mi madre como es ella: una persona que probablemente sufrió abuso sexual, como lo sufrí yo, pero que no tuvo ni tiene la valentía de hablar sobre su historia como yo logré hacerlo, una mujer que no supo ni sabe qué hacer con su historia, que no tuvo un círculo de amistades que la acogieran y que no ha tenido la familia nicaragüense que yo he tenido y que siempre me ha expresado su cariño y su amor, gente querida que han sido para mí lo que la maestra Alice Miller llama “testigos empáticos”, que nos ayudan a salir adelante con sabiduría y cariño.

Después de las sesiones con la psicóloga y con la persona que hace trabajo corporal me permití sentimientos de rabia contra la muerte de mi amiga y contra el maltrato que recibí de mis padres en mi niñez. Esto me liberó. Estoy lista para celebrar mi cumpleaños en paz, en libertad y con alegría, cantando un “gracias a la vida” que me está dando tanto.


*Soy sobreviviente.

Aguas Bravas: Telf.: 251-0110.

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