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Los jerarcas responsables de la política económica, el Cosep y los Amcham, y los “demócratas” colonizados, coinciden en ser fieles creyentes del fundamentalismo neoliberal. Y, todos, silencian el exorbitante crecimiento de nuestro déficit comercial, merced a la insaciable pasión orgiástica del Mific por los TLC y ADA.

En el 2004, cuando se firmaba el Cafta, nuestro déficit comercial rondaba los 1,500 millones de dólares. En el 2012, el saldo comercial desfavorable de Nicaragua con el mundo había alcanzado los 3,339.3 millones de dólares (Sieca, 2013). En el lapso de 8 años, el déficit comercial se ha más que duplicado y adquiere un carácter crónico. Los neoliberales hablan del crecimiento de las exportaciones, pero no dicen que el ritmo de crecimiento de las importaciones ha sido dos o tres veces superior al de las exportaciones.

El alza sin freno del déficit comercial es el motor de un circuito perverso. Este déficit, presiona la tendencia al auge de los desequilibrios fiscales que el Gobierno ha administrado sometiéndose al tutelaje del FMI mediante la firma de acuerdos programáticos y, últimamente, asignándole el estatus de “Asesor de Confianza”. El FMI ha aplicado sus recetas clásicas. La primera, una contracción paralizante del gasto público que estrangula o excluye el presupuesto para educación, salud, cultura, salarios, funciones estratégicas e inversión productiva. Impide cualquier atisbo de política fiscal progresiva y elevación de los salarios; y amenaza con hacer desaparecer lo poco que existe de seguridad social (el 25 % de la población laboral que todavía puede aspirar a una pensión por su trabajo). Se establece el Estado paralítico, incapaz de asumir las tareas de un desarrollo endógeno. Un Estado que no puede pensar y diseñar para el largo plazo, que no puede regular e intervenir el mercado en busca de la equidad, que no puede promover la investigación científica, que no puede brindar un servicio público eficiente a sus ciudadanos.

La otra receta. Como el Estado paralítico no es suficiente para cerrar el gigantesco hueco del déficit fiscal, se recurre al acelerado endeudamiento público con las IFIS; a la emisión de títulos bancarios que acrecientan la deuda interna; y a la cada vez más miserable caridad condicionada de unos pocos países del Norte. En el 2012, nuestra deuda pública externa sumaba el monto de US$ 4,289.4 millones. A este monto hay que agregar la deuda pública interna que es de US$ 1,122.6 millones. Total, deuda pública externa e interna: US$ 5,412.0 millones (Banco Central, febrero 2013). El pago de amortizaciones e intereses de la deuda pública se traga el 46.3 % de impuestos recaudados por el Gobierno central.

Por eso dice el FMI que vamos bien. Vamos bien, porque nos está llevando hacia donde los gringos quieren: a la asfixia financiera y entonces ponernos de rodillas para que desaparezca el incómodo gobierno populista.

“Nicaragua ya se graduó ante el FMI”, palabras de Alberto Guevara. Un abuso en el lenguaje y un irrespeto a la sociedad. Debió decir: “yo, fulanito de tal, cadena de transmisión de las directrices, me siento un graduado por mis servicios al FMI; institución especializada en la producción de la pobreza y responsable de todas las grandes crisis financieras en el mundo desde los años 70 hasta hoy”.

 

* Planificador económico, historiador y sociólogo