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En su artículo de END (22-X-13), Rafael Casanova Fuertes acepta que Rigoberto López Pérez era homofílico, es decir: proclive a su mismo sexo. Pero esa identidad –alega– no tuvo mucho que ver con su decisión de ajusticiar al tirano. Así lo creímos hasta que el médico Ulises Huete Maltés reveló su identidad sexual: realidad que continúa siendo patrimonio oral de muchos testigos vivos de la época, pero que no se atreven a divulgarla por escrito. Eso sí: se dio la excepción de Joaquín Absalón Pastora en su artículo de LP del pasado 22 de octubre.

Según Joaquín Absalón, Róger Deshón Argüello –finado guerrillero– y un nieto del profesor Octavio Quintana González, cuyo nombre omite a petición del testimoniante, le refirieron que Rigoberto pidió a Quintana que le presentara a Rafael Corrales Rojas, el sodomita más notorio de León. Así lo hizo don Octavio, quien se sorprendió de “la concordancia más estrecha entre Corrales y Rigoberto, hasta el extremo de verlo entrar y salir del despacho del homosexual con sospechosa frecuencia”.

En un punto, sin embargo, no estoy de acuerdo con Pastora: Rigoberto no extirpó “el cáncer de la tiranía” –como asegura– sino que lo trasmitió y propagó en los hijos de su víctima: Luis y Anastasio. Sin desearlo él ni nadie de los conspiradores, propició la transformación del sistema dictatorial en hereditario. A Rigoberto, pues, le salió el tiro por la culata.

Otro testimonio suscitado por artículo de END (12-X-13) correspondió a la afirmación que hizo –años después de la ejecución de Somoza– el exteniente GN Guillermo Marenco Lacayo, nada menos que uno de los dos entrenadores de Rigoberto en el uso del revólver. Efectivamente, en el restaurante El Trébol de San Francisco, California, reveló a un grupo de nicas la identidad sexual de Rigoberto. Uno de esos nicas, Rafael Herrera Romero, la evocó el 12 de octubre especificando que el conocimiento de esa identidad “no era nada nuevo”. Más aún: relacionó a Rigoberto con Lee Harvey Oswald y John Wilkes Booth, “ambos de tendencias homosexuales”.

La homofilia de Rigoberto fue señalada asimismo por el informe del Embajador de Nicaragua en El Salvador durante 1956, doctor Leonte Herdocia, calificado como “somocista” por Casanova Fuertes. Pero al historiador imparcial debe estimarlo una fuente válida, además de reconocer la honestidad del doctor Herdocia, poco después luchador democrático y, a partir de 1979, diplomático del gobierno revolucionario de Nicaragua. Pues bien, Herdocia recoge el testimonio de la señora salvadoreña Eva Orellana de Osorio, quien conoció muy bien a Rigoberto, en el sentido que este era “una persona que no gustaba de las mujeres”.

Como afirmé en mi artículo del 12 de octubre, la identidad sexual de Rigoberto no anula su fibra heroica, ni disminuye su acción patriótica. Pero contribuye a explicar la complejidad de su psiquis y a plantear esta interrogante: con su acción, ¿no habría querido también Rigoberto expiar el oprobio que significaba ser homosexual en el León esos años? Yo me inclino por una respuesta positiva.

De hecho, recién acontecido el magnicidio, la gente que frecuentaba el “Popular René” o “Cucaracha”, con el fin de ingerir las famosas sopas de frijoles de esas comiderías leonesas, manifestaba su admiración por la valentía al llamar “rigobertos” a los huevos de gallina, identificados con los testículos:

–¿Cuántos rigobertos te pongo en la sopa? –le preguntaban al cliente.

–Dos. ¿Acaso el hombre era chiclán?

En resumen, no se ha pretendido ofender la memoria de López Pérez. Solo aportar una nueva lectura de su actuación histórica.

 

* Escritor e historiador