•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

El cielo que fue no admite que lo nombre con recelo el otro cielo que cargamos en el cielo hablador de nuestra boca. Por parte de la lengua todo está iluminado. La calle dando vértigos y el frío esquineado como un gato salvaje, retorna con una pata de alambre al desconsuelo y al bochorno. Son los doce días indóciles del hombre. Son los cuatro tiempos de la música que ha visto reír al payaso.

No me pidan que sea el mago que descubre en una moneda la caricia de un perro tímido. Dentro del rumor hay duelos de la memoria como pequeñas agujas, secretas y altivas, donde las mujeres infelices son atrapadas entre sus piernas, entre todos sus laberintos que exploran el amor y los deseos.

El odio se adueña de las mentiras, de las cosas impertinentes eructadas por el insomnio. Duele repetir. Más duele no escucharse. No poder alcanzar la puerta. Aquí no hallo qué hacer con tu cálida desesperanza. Con tu boca que baña la fuente de esta ciudad que perdió todos sus aleros y no fue recibida por la madrugada.

Importa la luna, que no se refleja en la mata del árbol, que ya no puede dormir sola. Este es el apunte del temor arrepentido. La brújula que cae despacio sobre el humor de las estrellas. Las ganas de amarte, aunque la noche está muy fría, en este aposento de lugares dispersos. De ojos y mucha nostalgia. De ti, que echas tus lágrimas en el barro que ya no respira. Tú, la señora tentación. La de la rosa blanca, colmada de sed en mi cuerpo. Agua de todas las voces como una caja que no duerme ni se contamina. Como la quietud que arrincona todas las fragancias de tus pechos.

Las luces de la casa te han llamado al refugio a contemplar los dones de la misericordia. Tengo días en los que la destrucción espera por mi cansancio. Por mi sal de distinta costumbre. Por el sudor que tiñe las banderas y sus destinos.

Pero es el oído el clamor de tu abismo. La canción de tus brazos con su eterno vaivén, y yo, apaciguado en una copa. Y mis recuerdos y los tuyos, y tu rostro y sus andanzas. Y esta calle que se encarga de mirarme solo, sin la compañía de un cigarrillo. Y estos prosemas míos a la orilla de todas las tardes que me han vencido tantas veces.

Tantas palabras enamoradas, buscadas y perseguidas entre el día sí y el día no, encima de los ríos con azul de mares. Con un lento descanso que domina mis manos y señala con bondad a la lluvia triste entre sus historias. Entre las pupilas que nunca creyeron en la partida del otoño.

Ahora no sé de qué color vendrá ese nuevo amor, porque cuando escucho su palpitar siento que se aleja.

 

* Poeta y periodista