•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

El mundo no nos conoce”, dice San Juan (I Juan 3,1). La vida del cristiano es un sacrificio continuo que solo puede culminar en la muerte. No es fácil decir “hágase tu voluntad” cuando el cuerpo está dolorido, los huesos maltrechos de cansancio; el corazón, las manos, la cabeza; y las súplicas se unen en un solo deseo y grito de clamor: ¡que cese el dolor!

Todos los días los medios de comunicación nos traen noticias de muerte. Perseguidos, torturados, masacrados, acosados o muertos por la guerra, desaparecidos. En definitiva, evocamos la cruel realidad de este mundo. Los intereses de los poderosos frustran todos los días la posibilidad de una vida comunitaria y en paz.

El hombre con la muerte pierde su dimensión material y en un instante se abisma en la eternidad, sin tiempo, ni espacio. Es la muerte para el hombre el acto más fuerte, porque es ruptura con nuestra propia naturaleza. Cada hombre tiene su propia existencia con Dios, única e irrepetible. Esto es esperanzador y consolador. Dios nos espera uno a uno, y donde menos imaginamos.

Dice Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá para siempre. Venid todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”.

Nosotros seguimos siendo caminantes, seguimos moviéndonos entre el bien y el mal, entre el egoísmo y el amor. “¿Qué va a ser, pues, de mí? ¿Moriré de dolor al verme tan impotente? Ni siquiera me afligiré. Con audaz confianza allí me quedaré contemplando fijamente mi divino sol, hasta la muerte. Nada podrá arredrarme, ni el viento ni la lluvia”.

Nada se destruye, todo se transforma. La materia está en perpetuo cambio. No se pierde la materia del espíritu. Nuestras ideas no se pierden, van a fructificar. Dejamos los efectos de nuestra labor. ¡Triste consuelo! Y mi yo, mi conciencia propia ¿Qué es de ella? ¿Qué es de mí? Si yo desaparezco del todo, si desaparece mi conciencia personal, con ella desaparece para mí el mundo.

¡Señor, Señor, la muerte! Se me cuaja la boca al pronunciarla, se me amarga la lengua, se me nublan los ojos… Nadie la puede ver de frente cuando llega a buscarnos.

Dios no hizo la muerte (Sab. 1,13). Esta entró como secuencia del pecado y al aniquilar Jesús al pecado, aniquiló también la muerte (2 Tim. 1, 10)

La muerte física no hace sino consumar la muerte sacramental de nuestro bautismo. En el último momento de la vida mortal será sacrificada totalmente nuestra carne de pecado, recibida de nuestros padres y en último término de Adán. Nacimos hijos de Adán, por eso mortales. En el bautismo nos incorporamos a la iglesia, Cuerpo Místico de Jesús. En la Eucaristía comemos su cuerpo glorioso y en él recibimos su vida eterna.

Escribe San Gregorio de Nisa: “no es posible que nuestro cuerpo obtenga la mortalidad, si no participamos de la incorrupción por medio de la comunión con el inmortal”. Nuestra muerte cristiana no es una consunción, sino consumación de la vida. Morimos, no como Adán, esclavo del pecado, sino como Jesús, vencedor de él. La muerte se ha convertido en enemiga, en aliada y en cómplice para el gran abrazo con el Padre. La losa de la tumba cierra la historia, pero abre la eternidad.

¿Muere el grano de trigo cuando revienta en espiga? ¿Muere el gusano al transformarse en mariposa? La enfermedad nos enseña mucho de nuestra propia miseria. Dios no es de muertos sino de vivos. Dios permite la muerte para interrumpir la tiranía del pecado que se ceba en nuestra concupiscencia y en nuestra carnalidad. La carne del pecado volverá a la tierra. A partir de entonces seremos capaces de vivir eternamente para Dios.

 

* Licenciado en Comunicación Social (UCA).

alvaroruiz25@yahoo.es