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El otro día hablaba con un amigo sobre las relaciones y sus tropiezos, y salió a colación el tema del divorcio. Mi amigo me decía que a él lo atormentaba la idea de elegir a la mujer equivocada, casarse y caer en el fracaso de la disolución de su matrimonio.

La sociedad nos ha enseñado que el divorcio es una derrota que demuestra que hemos fracasado en el amor. Como si cuando damos el “sí” ante el juez, el cura o el pastor, estuviéramos firmando una sentencia de muerte.

Cuando escucho a los que se oponen al divorcio a troche y moche, y se llenan la boca diciendo que el matrimonio es una empresa difícil en la que tenemos que aguantar, tolerar o soportar lo que venga, no dejo de acordarme de esa teoría del amor sacrifical que entrega todo sin esperar nada a cambio, así sea su dignidad, su vida o su integridad moral.

Pero esas teorías son dañinas, porque si un matrimonio genera infelicidad y dolor, lo mejor es hacer un alto, valorar lo bueno que hubo y aprender a decir adiós. Todo lo que empieza llega a su fin y eso no es malo, es el ciclo normal de la vida. Así como nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos; el amor también nace, crece, madura y muere.

Pero esa muerte no es mala. Nos permite tener nuevas experiencias, conocer a otras personas, madurar, tener amores más integrales y aprender de nuestros errores. Es más, puede que hoy mi esposo o mi esposa sea la persona indicada para mí, pero también puede ser que mañana eso cambie. ¿Qué es lo terrible de eso? ¿Qué es lo terrible de unir nuestras vidas hoy porque somos compatibles, pero separarnos mañana porque hemos dejado de serlo? En vez de decir “hasta que la muerte nos separe”, el juez o el cura debería decir: “hasta que la infelicidad los separe”.

Los seres humanos somos seres cambiantes, eso es lo que nos hace únicos y maravillosos. Lo que somos hoy no es lo que seremos mañana, y eso se llama evolución. A veces, nuestra pareja evoluciona o involuciona en un sentido opuesto al nuestro, y deja de ser un compañero para convertirse en un verdugo. Y para corregir ese problema ha nacido una palabra: divorcio. La separación no es un fracaso, es la solución a un problema real que nos hace daño y nos destruye.

Hoy en día mucha gente dice que las parejas ya no duran como antes, que pocos matrimonios celebran sus bodas de plata y que el amor se ha banalizado. Yo diría que es más bien todo lo contrario. Creo que ahora el amor se ha liberado porque ya no está sujeto a la atadura del “para siempre”. Y eso no es malo, al contrario, eso permite que salgamos de relaciones patológicas, dañinas y peligrosas.

Esa teoría de que antes las parejas no se divorciaban porque se amaban más y vivían felices para siempre, es un cuento de hadas que le calza bien a Cenicienta, pero muy mal a los seres de carne y hueso. Hace cincuenta años existían menos divorcios porque la mujer separada y carente de castidad, era vista como un ser de segunda categoría. Hoy, gracias a que las mujeres somos más independientes, estudiamos, nos preparamos, tenemos mejores trabajos y fuentes de ingreso, ya no tenemos que temerle a la depreciación virginal, porque hemos pasado de ser objeto a ser personas.

Una mujer puede mantenerse en un matrimonio infernal porque no tiene trabajo, es ama de casa o tiene hijos pequeños que mantener, pero si a esa mujer le damos independencia económica, no necesariamente aseguramos que ella se divorcie. ¿Por qué? Porque le falta la independencia mental.

La independencia mental nace de la educación. Nace de ese derecho a la felicidad que debería ser inherente al ser humano. He conocido mujeres profesionales que ganan incluso más que sus esposos, pero que se mantienen en matrimonios tormentosos porque perciben el divorcio como una cruz y no como una liberación.

¿De dónde viene esa idea de que el divorcio es un pecado, un error, una mancha en el récord de nuestras vidas? De la codependencia emocional. Muchas mujeres se sienten incapaces de emprender una nueva vida solas, sin una pareja. Aun cuando en muchos casos son mujeres con una vida laboral exitosa, tienen baja autoestima y han creado lazos enfermizos que las subyugan a sus maridos.

El divorcio (del latín divortium) se define como la disolución del matrimonio o el término de una unión conyugal. Fue establecido como una figura jurídica en el Código Civil francés de 1804. Nació de los postulados que consideraban al matrimonio como una unión libre en contraposición a la permanencia forzada por la iglesia. Surgió del derecho a estar unido en albedrío a otro y de romper esa unión cuando cualquiera de los contrayentes lo decidiera.

Siempre es mejor una separación dolorosa que una vida de infelicidad y tortura. Quedarse unida o unido a otra persona por la presión de un papel y por una creencia religiosa no es amor. Amar es estar al lado del otro por elección propia, sin presiones ni chantajes. Lo otro es cuento de caminos.

 

* Comunicadora Social.

Posgrado en Género y Desarrollo Humano