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Históricamente la Curia Romana se ha sostenido en dos ejes fundamentales: carisma y el poder; cuando hay peligro de perderlos, toma medidas extremas para de recuperarlos. Las riquezas materiales atesoradas desde el siglo IV d.C, las pretensiones y excesos del pleno poder del papado, rivalidades e intrigas perjudicaron profundamente a la Iglesia, al punto de producir una decadencia que carcomía sus cimientos.

Los siglos IX-XI d.C. durante el papado de Nicolás hasta Gregorio VII, calificados por historiadores católicos como “los siglos oscuros del papado”, por la corrupción, sobornos, inmoralidades y derramamiento de sangre, tuvo como efecto un desencanto y decepción de los creyentes. El clamor por una reforma desafiaba la práctica pontificia. La inquisición del siglo XII, para eliminar la disidencia cátara, se inscribió dentro de esas medidas extremas que la Curia dispuso para recuperar su poder y carisma en la sociedad.

El cisma papal con Benedicto IX, a mediados del siglo XI, los conflictos por la sede pontificia entre Francia e Italia en el siglo XIV d.C y la presión que ejerció la reforma protestante del siglo XVI, llevaron a la Curia a idear con urgencia un plan de revitalización y recuperación de la catolicidad en el mundo.

En ese contexto de crisis eclesiástica nace la orden de los jesuitas aprobada por el Papa Pablo III en 1540. A Pablo III le preocupaba la pérdida del carisma y poder de la Iglesia en muchas partes de Europa; por lo cual, le urgía poner en marcha un proyecto de recuperación a corto plazo.

Los Jesuitas se pusieron al servicio del sumo pontífice. El voto de obediencia al Papa los constituyó en soldados defensores de la fe católica ante cualquier amenaza. Inscritos en el programa de recuperación del carisma y poder de la Curia, priorizaron entre sus actividades, frenar el avance protestante en Europa, así como restablecer las relaciones de confianza entre la Santa Sede y los Estados europeos.

En el pasado, los jesuitas fueron los defensores y salvadores de la catolicidad romana. En el presente, si por unanimidad el 13 de marzo de este año se eligió a Jorge Mario Bergoglio de tradición jesuita como Papa, no fue coincidencia; tal decisión obedeció a una intencionalidad de reconquista del carisma y poder de una Iglesia institucional que pierde su atractivo en el mundo. La elección rápida de un jesuita, representa una medida extrema frente a una crisis aguda de la Iglesia, similar a las crisis del siglo XVI.

En la actualidad, la Iglesia católica ha perdido su influencia por el giro fundamentalista de la Curia frente a problemas como el aborto, la planificación familiar, el divorcio. Solo en América Latina, bastión histórico del catolicismo, es muy notoria la pérdida de feligresía hacia confesiones evangélicas y otras expresiones no católicas.

Las crisis que padece la Curia Romana en la actualidad ha develado nuevamente el desencanto y decepción por la Iglesia católica; lo cual hizo necesario con extrema urgencia la renuncia de Joseph Ratzinger Papa Benedicto XVI, para dar lugar a un plan estratégico de recuperación y revitalización del carisma y poder de la Iglesia encabezado por el latinoamericano Papa Francisco.

Las nuevas formas que la Curia Romana usará como estrategia de recuperación del poder y carisma, será de la diplomacia, el diálogo, la sencillez, humildad y el acercamiento al pueblo, con una fuerte persuasión discursiva muy usual en la práctica de la compañía de Jesús.

 

* Miembro de la Sociedad Protestante Soli Deo Gloria

sociedadprotestante@gmail.com