Jorge Eduardo Arellano
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Es un muy mal síntoma, un pésimo indicio, un presagio nefasto, que un periodista líder de opinión, por su lúcida capacidad de análisis de la realidad nacional y su facilidad para expresar con firmeza sus esclarecedores puntos de vista, muchas veces críticos, se haya visto obligado a renunciar a continuar opinando sobre política por la tranquilidad de su familia, como anunció Edgard Tijerino el miércoles en la mañana en su programa Doble Play. Cuando alguien que ha pasado emitiendo sus críticas durante más de 30 años y dice “hasta aquí no más”, algo sombrío y tremendamente preocupante está ocurriendo.

En efecto, estamos en medio de una gran ola avasalladora de los derechos humanos fundamentales, como participar en lo que queramos, elegir y ser electos, organizarse y manifestarse públicamente, opinar y criticar al gobierno en los medios de comunicación. Se utiliza la poderosa maquinaria del Estado para premiar o castigar, para estimular o asustar y para enaltecer o denigrar. Las herramientas publicitarias y fiscales han sido convertidas en políticas de acoso, persecución e intimidación y terror. Cuando lo deciden quienes detentan el poder, el sistema judicial no busca hacer justicia, sino impulsar juicios políticos para condenar de previo a los desafectos al régimen. Se criminaliza la actividad política opositora.

Velozmente la cúpula de gobierno ha envenenado la atmósfera de Nicaragua, qué rápido que volvió a fracturar a la sociedad. Con una eficiencia digna de mejor causa, el grupo que se apoderó del FSLN ha perdido una gran oportunidad. Todavía resuena el eco de las palabras del entonces candidato Daniel Ortega, pidiendo una oportunidad para gobernar en paz, lo cual no pudo hacer en la década del 80, caracterizada por una guerra terrible con saldo de cincuenta mil muertos. El 38% de los votantes le dio la oportunidad, y con ellos, toda la sociedad que aceptó los resultados. Y él la desperdició.

Vivimos en zozobra. No hay agentes de la Seguridad del Estado que saquen de sus casas a los ciudadanos en las noches más oscuras y que los lleven a destinos inciertos, los torturen y los desaparezcan. Pero se persigue, acosa e intimida con otras acciones. Todo comenzó con la diarias diatribas e invectivas contra periodistas y medios de comunicación; luego, campañas denigratorias en los medios oficiales; ataques a embajadoras europeas; acoso a los mandos del Ejército y la Policía Nacional; descalificación de diversos organismos sociales; cancelación de la personalidad jurídica de dos partidos opositores; represión paramilitar a una manifestación pública autorizada en León; golpiza a los jóvenes que protestaban frente al oficial Canal 4 de televisión; interrogatorios prolongados e intimidatorios a periodistas, feministas y dirigentes sociales; allanamiento de oficinas de organismos críticos al gobierno y requisa de información contable y de computadoras; apertura del sigilo bancario a varios organismos; uso de grupos de choque y un largo etcétera.

La nefasta cadena de hechos arriba señalados --a los que habría que agregar los abusos en contra de Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy y de Ernesto Cardenal--, se puede cometer con total impunidad, como ha sucedido, pero no puede pasar desapercibida, y deja un saldo negativo, una huella ancha y profunda, y cobra un alto y doloroso precio social. Esos hechos son asociados, relacionados y juntos suscitan o provocan una impresión, una imagen, una sensación, que puede ser de miedo, susto, incertidumbre, nerviosismo, intranquilidad y turbación. El gobierno puede justificar su proceder de la manera que crea más conveniente, pero no puede evitar que sus actos causen un estado de ánimo, un clima de opinión. Tienen al país en una encrucijada.

Contrario a la lucha ideológica que supuestamente demanda Orlando Núñez Soto, los voceros del FSLN y sus medios de comunicación, generalmente carecen de argumentos, y predomina en sus expresiones el insulto, la descalificación, la mentira, el doblez, la manipulación, el engaño, el retorcimiento de la realidad y el irrespeto. El fin justifica los medios, alegan con tal de conseguir los objetivos deseados, es decir, no hay principios, sino oportunismo, y por ello, desprovistos de límites éticos y morales, se desbordan malsanamente y corrompen la atmósfera de Nicaragua.

Qué doloroso es ver cómo lanzan contra sus hermanos a grupos fanatizados que repiten consignas y estribillos ofensivos y sin asideros reales; y qué triste es escucharlos decir cualquier cosa, observarlos acomodando los hechos, tergiversándolos y colocándolos como mejor les convenga con tal de desacreditar a alguien, como antiguos compañeros de lucha contra el somocismo, a quienes ahora pretenden presentar como “somocistas”, “vendepatrias”, “oligarcas”, “agentes de la CIA”, por el hecho de no compartir sus ideas y de expresarlo públicamente, por criticarlos, por hacer oposición política.

Es una paradoja que en la democracia que repudia la cúpula dirigente del FSLN, los líderes de este partido tuvieron toda la libertad para manifestarse, hasta el extremo de realizar hasta asonadas y de embarcar a sectores sociales que luego quedaban colgados de la brocha cuando los dirigentes partidarios lograban convenientes conquistas políticas y de otro orden, y se olvidaban de las demandas específicas de sus aliados. En esa democracia que aborrecen pudieron actuar y expresarse, y ampliar sustancialmente sus espacios y patrimonios, y ahora, en nombre de un “poder ciudadano” solo para sus subordinados, pretenden arrebatar las libertades a la inmensa mayoría de la población que no comparte sus criterios. La indolencia e insensibilidad social neoliberal de las últimas décadas, no justifica ningún atropello actual a la libertad.

Por más que la cúpula que gobierna trate de lavarse las manos, no puede evitar que Nicaragua esté proyectando una pésima imagen internacional, porque lo que está haciendo sencillamente no es “manejable” desde una perspectiva lógica, no es “entendible” desde la razón, desde un enfoque de respeto a las libertades elementales individuales y de grupo que debe tener una sociedad. Miles de intelectuales de todo el mundo, ven azorados y estupefactos la oleada represiva “revolucionaria”. La mayoría de éstos son antiguos aliados del Frente, gente de izquierda, como Eduardo Galeano, quien calificó de “infame” al gobierno del presidente Ortega.

No comprendo la irracionalidad de la represión gubernamental, y menos el hecho insensato de incrementarla en vísperas de las elecciones de noviembre. No entiendo cómo los gobernantes se exponen a ser vistos como bárbaros atropelladores de las libertades, porque lo que están provocando ellos mismos es que la población la piense dos veces antes de darle su voto a un candidato del Frente. Todos los síntomas señalan que el paciente está en vísperas de ser atrapado totalmente por una muy conocida y terrible enfermedad llamada dictadura Y si una mayoría los comienza a percibir como dictadores, ayudarán a lo que los mismos partidos opositores no habían podido lograr: la unidad en contra del adversario principal inmediato. Después se resuelven las otras contradicciones. (*) Editor de la Revisa Medios y Mensajes.


(CE: gocd56@hotmail.com).