Jorge Eduardo Arellano
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El sandinismo fue un movimiento popular que acabó con la tiranía de Somoza, que había hecho de Nicaragua su finca privada; y su triunfo, aunque no sin algún forcejeo autoritario, permitió el advenimiento de la democracia, consagrada por su propia derrota en las elecciones de 1990. Hoy, un movimiento que se sigue llamando sandinista y dirige uno de sus fundadores, el presidente Daniel Ortega, está conduciendo al país hacia un neosomocismo, hecho de arbitrariedad, abuso de poder y corrupción; y en la línea del chavismo con el que se alinea, proyecta enmendar la Constitución para hacer posible la reelección presidencial.

Cualquier crítico del poder sufre todo el peso de una ley sin control superior, que administra una fiscalía instrumento totalitario al servicio de Ortega. El pasado día 10 fueron allanadas las instalaciones de Cinco, una fundación que dirige Carlos Fernando Chamorro, hijo de Pedro Joaquín, el director de La Prensa , asesinado por los esbirros de Somoza en 1978, que desencadenó la última fase de la lucha contra la dictadura.

Chamorro, ex sandinista, expulsado del partido por oponerse a la deriva antidemocrática del mismo, y acusado de lavado de dinero, había lanzado en un programa de televisión que dirige gravísimas y convincentes acusaciones de corrupción económica contra la presidencia y su entorno. La operación del poder forma parte de una redada de motivación exclusivamente política contra 17 ONG y organizaciones de defensa de los derechos humanos, entre las que está el Movimiento Autónomo de Mujeres, especialmente combativo contra la ilegalización del aborto terapéutico, con la que Ortega se granjeó el apoyo de la Iglesia Católica, por la que no había mostrado, sin embargo, especial apego en su primera encarnación como sandinista revolucionario en los años ochenta.

Algunos medios de comunicación son hoy el único bastión de defensa de las libertades contra un régimen que ante las elecciones municipales del 9 de noviembre ha ilegalizado al partido Conservador y al Movimiento de Renovación Sandinista, escisión del partido oficial, en el que figura el antiguo vicepresidente y fundador del sandinismo, Sergio Ramírez. Y sólo un rearme electoral con la formación de un movimiento que agrupe a toda la oposición democrática, para frenar, si ello es posible, al poder, puede salvar hoy la democracia en Nicaragua.


Editorial ‘EL PAÍS’, España