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En el terreno léxico, nuestro idioma –y supongo que toda lengua hace lo mismo- establece una clara distinción entre lo animal y lo humano en diferentes dominios, particularmente en las actividades características como emisión de sonidos, modos de subsistencia, etc. Se trata de un “elemento” omnipresente en la vida de los humanos. La literatura, reflejo de cualquier época de la vida del hombre, registra siempre la presencia faunística de formas muy variadas: los animales hablan, alimentan, sufren, consuelan, acompañan, viven y mueren junto a los seres humanos, para mostrar sus “sentimientos” nobles o ruines. Porque en el fondo, vemos al animal comportándose como humano y, sin perder su esencia, el humano haciendo cosas propias de los animales.

Kafka, por ejemplo, el gran escritor checo de origen judío, ubica muchos de sus relatos desde la perspectiva animal para conocer mejor al hombre y por eso recurre al “zoomorfismo” (sea por caso “La metamorfosis”, su novela más famosa) como la vía propicia para interrogar sus conflictos existenciales y mostrar también el comportamiento, las actitudes, la condición humana en toda su plenitud: la mirada animal desenmascara al hombre, lo desnuda y pone en evidencia sus virtudes y sus defectos.

Pero el zoomorfismo –usual en todos los niveles socioculturales, aunque siempre en un registro coloquial– tiene su origen en la creatividad popular. Es la psicología del pueblo, con su ojo avizor y oído alerta, la que está aprehendiendo permanentemente la realidad humana y acudiendo –casi siempre con sentido humorístico como rasgo de mayor relieve– a la asociación y a la comparación con la apariencia física de los animales o la característica de su comportamiento: “Ser chanchos del mismo chiquero”, “Estar como zopilote apaleado”, “Parecer loras en guanacaste”, “Tener cara de sapo-punche”, “Ser cabra loca”, “Tener ojos de chivo ahorcado”.

Por eso, muchas reacciones o estados fisiológicos nuestros se expresan con vocablos asociados a determinados tipos de animales, como “arañar” (de araña), “gatear” (de gato), “roer” (de roedor) y “agarrar” (como las aves de rapiña con sus garras). O el verbo “hormiguear” que no es otra cosa que ‘experimentar (alguna parte del cuerpo) una sensación más o menos molesta, semejante a la que resultaría si por ella corrieran hormigas’. En Nicaragua, el verbo “camellar” significa ‘caminar un largo trecho’, “coyotear” comer y beber a costillas de otro y “cangrejear” manosear las partes de una mujer; y llamamos “lagarto” al acaparador, “tábano” al cobrador fastidioso, “sapo” al delator y “perrada” a la reacción autoritaria y bayunca.

A veces los sentimientos, estados de ánimo, pensamientos y facultades mentales se expresan con palabras relacionadas con el zoomorfismo como cuando decimos “Le picó el gusanillo de la vanidad”, “A todo chancho se le llega su sábado” o “El zorro bota el pelo pero no las mañas”. El verso de Darío “potro sin freno se lanzó mi instinto...” (“Cantos de vida y esperanza”) no deja de revelar la “bestia” que llevamos dentro y que debemos mantener oculta y controlada, para no hablar de “perder los estribos”, “pasión desenfrenada”, “conducta indomable”, “juventud desbocada”. Los fraseologismos son muy expresivos en reflejar esta condición humana: “Ser un perro con rabia”, “Parecer mosquita muerta”, “Ser gallo de muchos alzos”, “Coger el camino de las yeguas”, “Ser más mañoso que un macho viejo”.

Resulta particularmente curioso que el nicaragüense ha rebautizado con nombres de animales una gran cantidad de objetos de su vida diaria: “gata” (artefacto mecánico para levantar máquinas pesadas, como el vehículo), “lagarto” (terminal de un cable para sujetarse ilegalmente a los alambres de energía eléctrica), “perra” (llave para aflojar tornillos y tuercas), “burro” (mueble para planchar), “burros” (zapatones), “pato” y “piche” (recipientes utilizados en los hospitales para las necesidades fisiológicas de los enfermos), etc.

La baticola es una correa que pasando por el tronco de la cola de un caballo se sujeta de la parte trasera de la albarda para evitar que se corra hacia adelante. Pues en Chontales, los ganaderos llaman a la mujer de cascos más o menos ligeros “floja de la baticola”. Y si una persona tiene metido el pantalón en las junturas de las nalgas se dice que está “mordiendo la perra”.

 

* Escritor y lingüista