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A veces los premios literarios te descubren una maravilla. Por poner un ejemplo: Saramago. Si no hubiera sido por el Nobel, difícilmente me hubiera acercado al viaje interior de Ensayo sobre la ceguera, o Todos los nombres, del escritor portugués.

En líneas generales, los premios que se otorgan a la literatura en español, como el Cervantes, o la universal como el Nobel, se dan a un autor por el conjunto de su obra. La mejor consecuencia es que amplían su ámbito de lectores, y a veces hacen que mucha gente se acerque a la literatura. Pero….

Al fin y al cabo, los grandes premios se suelen dar a una obra ya consagrada más o menos. Muchísimos autores y autoras de gran calidad se quedan fuera. Ahí están ejemplos recurrentes como el de Borges o Cortázar, a quienes nunca les dieron el Nobel. Y otras veces, los premios responden a subjetividades o intereses creados. El premio Planeta, que se otorga en Barcelona, y que conlleva un “pijazo” de reales, como diría un vulgar y querido amigo mío, no solo está en entredicho por, incluso, algún autor que ha formado parte del jurado (como Juan Marsé), sino que casi todo el mundo piensa que es un premio previamente pactado u otorgado. No hay que fiarse. Eso no quiere decir que todos los premios tienen mal olor, claro. Pero las editoriales presionan, a veces hasta el límite de la manipulación, a los responsables de medios e instituciones culturales.

Otros, como el Cervantes, siguen la costumbre de otorgarse un año a un autor de España y, otro año, a un autor de América Latina, como si se tratase de dos países distintos. Algo anacrónico y absurdo que es injustificable que se siga produciendo.

Pero para decirlo más claramente: dejarse guiar siempre por los premios literarios o por los escritores que salen en las portadas de revistas o periódicos implica pereza o poco gusto por la literatura. Porque la literatura, parafraseando el título de un relato de Clarice Lispector, es una felicidad clandestina, y como todo lo clandestino, requiere curiosidad, esfuerzo y ganas de buscar en lo escondido. Y lo escondido está en las bibliotecas y en las librerías. También en las recomendaciones por internet y en los foros de lectores, pero reivindiquemos a los que aún trabajan en un viejo oficio.

En conclusión, quien de verdad quiera deslumbrarse por la literatura, no acuda a las páginas de revistas ni a las reseñas de libros. Hágase amigo de un librero o librera. Acuda a ciegas, como Borges, y déjese guiar. Luego compre o llévese prestado lo que le dé la gana, en un ejercicio de intuición y libertad que solo se tiene cuando los ojos se enfrentan a cientos de libros esperando.

Por tanto, ante la pregunta de si hay que leer o no hay que leer a Elena Poniatowska, sugiero no consultar los diarios, sino a su librero o librera. Escúchenle, y luego si quieren, pueden llevarle la contraria y dejar a Poniatowska olvidada en los estantes, así con un gesto airado, y cambiarla por otra autora ya muerta, o viva para siempre, como Lispector. Así, en voz baja, les confieso que no he leído a Poniatowska… Lo he intentado, de verdad, alguna vez, pero siempre hubo algo que me distrajo. Y el premio Cervantes no me moverá del sillón, a no ser que un librero o librera me diga lo contrario. Entonces, solo entonces, quizá me lo piense. Clase de soberbia, hermano… ahora que lo pienso.

 

sanchomas@gmail.com