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El vocablo pueblo es reiteradamente utilizado por profesionales de la demagogia. Los políticos en sus arengas usurpan el nombre de ese gran conglomerado social integrado por toda la población. Mas, para el tema de participación en los asuntos de Estado, el pueblo se divide en grupos porcentuales.

En países altamente politizados, un 30%, se muestra apático a la política, no vota, no opina, no es un militante partidario. El 70 %, es el que participa, mas ese grupo se subdivide en un 40%, para el partido mayoritario y el 30% para la oposición, por ende, los que llegan al poder no son representativos del pueblo porcentualmente hablando.

Se ha dicho que los pueblos son como niños que precisan de algo o de alguien que los guie o conduzca, de aquí la necesidad de los liderazgos, a veces expresado en partidos políticos y en otras por líderes excepcionales.

Los pueblos son presas fáciles del engaño, de la mentira, de la demagogia política, en especial cuando hay atraso cultural. Muchas veces se emboba a la gente con los discursos políticos, la gente llega a creer con los ojos cerrados las promesas de paz, libertad y bienestar económico que vende el líder.

Las masas son materia amorfa, pues no tienen capacidad para distinguir entre la verdad y la mentira; esto es así porque cada parte que forma del todo no está indisolublemente unida en un solo ente, capaz de reflexionar y sacar conclusiones objetivas, como lo podría hacer ciertamente una persona concreta.

Bajo esas circunstancias, aun pueblos con un alto nivel cultural, y con frecuencia grandes segmentos sociales se equivocan de cabo a rabo en materia política. Tales yerros los llevan a pagar un alto costo social. Entonces es completamente falsa la premisa de que la voz del pueblo es la voz de Dios.

Un ejemplo clásico de un pueblo equivocado fue el de Alemania, cuando en 1932, en elecciones legislativas, dio el 33% de los votos al partido Nazi, dirigido por Adolf Hitler. En las subsiguientes elecciones el porcentaje subió hasta un 45%. El resto de la historia de lo que pasó al pueblo alemán, con la segunda guerra mundial, es de sobra conocido.

En nuestro país, en 1936, el pueblo votó a favor de Anastasio Somoza García, sin tener idea que con ello estaba llevando al poder a un dictador que estaría ahí por más de 20 años, con lo cual se sentaban las bases para forjar una dinastía familiar. En el 2006, Daniel Ortega se postuló por quinta ocasión candidato presidencial, pidió otra oportunidad, juró solemnemente, que respetaría la Carta Magna. Siete años después lo vemos atropellando el orden constitucional, usando la pala de las reformas.

Los políticos demagogos se llenan la boca aseverando defender al pueblo, pero tras esas palabras lo que defienden son sus intereses personales, familiares, y al círculo más allegado a sus intereses políticos.

 

* Abogado y notario.