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Los dos acontecimientos extraordinarios que más han impactado durante los dos milenios y medio de cultura occidental son la filosofía griega y la revelación cristiana. En los hechos de los apóstoles (Hechos. 17, 18-34) se narra el primer encuentro entre San Pablo y los filósofos estoicos y epicúreos. San Pablo venía a predicarles al “dios desconocido”. Su nueva doctrina era que este dios se había hecho hombre en Cristo Jesús, que había sido crucificado por los judíos y que al tercer día había resucitado. Lamentablemente, al oír esto último no quisieron seguir escuchándole.

Se cuenta que en una colina, frente al templo del Partenón, un filósofo griego, Dionisio Areopagita, se convirtió a la nueva fe. Es que las fuentes del conocimiento de la filosofía son muy diferentes a las fuentes del conocimiento que proceden de la fe. La primera depende de la “razón natural”, la segunda de una revelación de Dios que nos manda a creer por medio de la fe.

Hoy en día podríamos sostener que ambas son opuestas y hasta contradictorias. Pero en el mundo griego no les parecía de esta manera. Vieron en los contenidos de la fe respuestas que la “razón” aún cuestionaba. Hasta la fecha, la nueva creencia venía a llenar con creces todas las dudas que se habían suscitado en el mundo filosófico, como el origen y la naturaleza del alma, la resurrección de los cuerpos, la creación del mundo de la nada, la providencia divina, etc.

Pero el verdadero encuentro entre la filosofía y la Biblia se hizo en dos grandes escuelas: una en Alejandría y la otra en Antioquia en los siglos II y III de nuestra era. Fue allí donde, por primera vez, las interpretaciones de la Biblia fueron auspiciadas por la filosofía platónica y aristotélica respectivamente.

Aunque los judíos pedían “milagros” y los griegos “razones”, los primeros cristianos de Antioquia y de Alejandría no rechazaron los aportes de la filosofía a la revelación cristiana. Se vio en la revelación la respuesta definitiva a la indagación filosófica.

El fundador de la Escuela de Alejandría fue Panteno (S.II) pero es a Clemente de Alejandría que se debió su crecimiento y expansión. Influenciado por la filosofía estoica, vio también en el cristianismo tres etapas para llegar a la “gnosis” o sabiduría: purificación, iniciación y visión.

La Escuela de Alejandría influenciada por el neoplatonismo interpretaba la Biblia de una forma “alegórica” o “anagógica”. El gran Origenes utilizó este método en todos sus escritos. Consistía en interpretar la Biblia de una forma “espiritual”, más allá de su interpretación histórica y literal.

Estos cristianos promovían la iluminación o gnosis, que es un “estado de contemplación”, un conocimiento, a la vez intuitivo y afectivo, de los secretos de Dios y del Logos y de la causa suprema de todas las cosas que produce una certeza absoluta”. Por otro lado, la escuela de Antioquia (S. IV), interpretó la Biblia de una manera más literal e histórica. Su fundador fue Luciano de Samosata.

Lo más notable de esta escuela es su orientación exegética: interpretar la Biblia utilizando procedimientos críticos, rigurosos y realistas, excluyendo las arbitrariedades del método alegórico de los alejandrinos. Se sirvieron mucho de la gramática y la lógica aristotélica.

Esto demuestra una vez más que la filosofía no está en contra de la fe. La razón es bautizada por la fe y la fe es mejor ilustrada por la razón.


* Ph.D. Catedrático de Filosofía de Keiser University.