Jorge Eduardo Arellano
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Dijo el de Managua: “Les voy a condensar el cuento que da título a estas pláticas, del escritor chileno Ariel Dorfman, quien sobre el mismo dice: «Siempre he tenido una relación muy especial con los niños y me he pasado con los dos míos horas enteras inventando cuentos y fantasías. Y en una de esas se me fijó la idea de un tirano que decidía no sólo apoderarse de un país entero sino que, además, negaba la existencia de los habitantes anteriores. Y se me ocurrió que los habitantes —los conejos, en este caso— no iban a dejarse borrar con tanta facilidad ni de la tierra ni de la memoria.» Pues bien, si al final del cuento usted no encuentra similitud alguna entre esta fantasía y nuestra realidad, probablemente sea porque es partidario de los lobos, y si la encuentra, es porque definitivamente es usted un conejo.”

«Cuando los lobos se apoderaron del país de los conejos, lo primero que hizo el jefe de la manada fue proclamarse rey. Lo segundo fue anunciar que los conejos ya no existían. Quedaba terminantemente prohibido mencionar su nombre por los siglos de los siglos. Y para asegurarse de que lo obedecerían, el nuevo rey de los lobos se puso a revisar todos los libros del reino con un grueso lápiz negro hasta que, rayando palabras y arrancando dibujos, se dio por satisfecho, convencido de que sus enemigos habían desaparecido para siempre. Pero su consejero, un zorro de gris pelaje, trajo malas noticias. —Los pájaros, Majestad. Ellos insisten en que desde la altura se divisan esos… esos seres. —¿Y cómo yo, que estoy tan arriba, no veo nada? –preguntó el lobo–. Tráigame a ese mono fotógrafo que vive aquí cerca. Cuando llegó el viejo mono, el rey de los lobos lo retó de entrada. —Has tardado demasiado en venir. Necesito que me saques fotos de cada gran acto de mi reinado… ¿A que no adivinas lo que vamos a hacer con esas maravillosas imágenes? Pues las vamos a colocar en cada calle, en cada arbusto, en cada casa. Ahí estaré yo, vigilando a los habitantes de este país con mis propios ojos. Los primeros retratos quedaron perfectos, pero el consejero y el mono fotógrafo descubrían que después de revelados, en esquinas y rincones, mágicamente aparecían bigotes, patitas y orejas de conejos, que por temor al rey con un líquido especial borraban.

Posando para más fotos, el rey de los lobos rompía molinos, echaba a las ardillas de los árboles y escondía sus nueces, les quitaba las plumas a los patos, despeñaba ovejas, abría hoyos en el camino para que los caballos se quebraran las patas, inauguraba nuevas jaulas y viejos sótanos. Y cuando más relampagueaban sus insondables ojos amarillos, más conejos de todos los colores surgían revoloteando en los márgenes de la foto, y crecía más esa muestra de pelos, narices y colas de algodón. Por temor el mono siempre obedecía las caprichosas órdenes del rey, pero estaba empezando a desesperarse. Aunque nadie los viera al tomar la foto, cuando la revelaba, los revoltosos aparecían lechuga en mano casi a los pies del lobuno. Por ello tuvo que recurrir a los últimos trucos que le quedaban para borrar y aún así no escapó de la ira del rey.

—Mono traidor –vociferó el rey–, por tu culpa han empezado a circular rumores infames. Dicen que extraños y malignos bichos, irreales y falsos como le consta a todo el mundo, estarían conspirando esta misma noche para derrocarme. Por ello vas a sacarme una foto panorámica, en colores, que cubra todas las paredes. Porque en este mismo momento me voy a coronar a mí mismo emperador de los lobos, el Gran Loberador. El mono escondió su cabeza dentro de la tela negra y enfocó el objetivo. Notó, espantado, que una bandada de conejos, sin aparente temor, cruzaba ante la cámara. Como el futuro Loberador desde su altísimo trono no miraba hacia abajo para que su perfil saliera perfecto, el mono acercó la cámara y apuntó hacia arriba, de modo que quedaran eliminadas las extremidades inferiores. Los soldados trataban de espantarlos en silencio, para no llamar la atención del rey, pero se enredaban entre sí en vez de golpear a los invasores, que devoraban la madera como si estuvieran hambrientos. Justo en el momento en que apretó la palanca de su máquina, escuchó un ruido ensordecedor. Al abrir los ojos, vio lo que se había supuesto: en efecto el trono se venía al suelo estruendosamente como un castillo de naipes, con el rey de los lobos, con guardias, con consejero y todo. Agarró el mono su cámara y el bolso, los apretó contra el pecho como si fueran un tesoro y se alejó huyendo del palacio. Su hija, quien jamás había dudado de la existencia de los conejos pues eran sus amigos, lo aguardaba en el umbral de la casa. La niña señaló la habitación y, más allá, la calle y, aún más lejos, los campos al amanecer.

El mundo estaba lleno de conejos.»
luisrochaurtecho@yahoo.com
Jueves, 23 de octubre de 2008.