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Colonial, desarrollada en el formativo siglo diecisiete —no en el anterior, el del choque de nuestras dos culturas madres—, la Purísima Concepción de María fue el tema de un sermón pronunciado en la Parroquia de Granada por el fraile franciscano oriundo de Guatemala José de Velasco, el 8 de diciembre de 1675. ¿Su motivo? La inauguración de la principal fortaleza de Nicaragua construida durante la época hispana, “en cumplimiento del voto que tiene hecho de celebrar su fiesta la muy noble ciudad de Granada”. Como lo prueba este documento, impreso en Guatemala al año siguiente, ya estaba arraigada la devoción mariana en nuestra provincia española, pues existía también en El Viejo y en León, la capital.

En efecto: si el origen de la devoción en Granada se vinculaba a la defensa militar frente a los ataques y saqueos de los piratas holandeses e ingleses, la de El Viejo tenía origen marinero. Fray Isidoro de la Asunción, en su “Itinerario de las Indias” (1673), revela que la imagen mariana de esa villa era invocada por todos los navegantes de aquel “mar del Sur” o Pacífico. “Tiene un alto de vara y es la misma que dio nuestra Santa Madre Teresa de Jesús a un hermano suyo pasado al Perú para que fuese guía y norte en su camino”. Pero, a causa de unas borrascas, el barco en que navegaba quedó varado en El Realejo y, por la insalubridad del puerto y villa, su dueño se retiró con la imagen al poblado de El Viejo. Los indios de aquel lugar, enamorándose de ella, la veneraban y se resistían a que el hermano de Santa Teresa se la llevase, lo que intentó; pero, al reembarcarse en El Realejo, otra tempestad lo devolvió a tierra y decidió entregarla a los indios de la villa interpretando que era “voluntad de Dios y gusto de la Virgen que aquella santa imagen se quedase en aquel pueblo”.

Al siglo siguiente, otro fraile guatemalteco, Rodrigo de Jesús Betancourt —fundador del Hospicio de Propaganda Fide junto a la ermita de Guadalupe en Granada—, escribió la novena “Candor de la luz eterna” (1720), que comenzaría a rezarse en León por iniciativa de los hijos de San Francisco de Asís. Luego, según documento de 1742, era costumbre en la misma ciudad arreglar las calles y poner luminarias en las puertas de las casas cada siete de diciembre. Entonces se debatía dentro de la Iglesia, entre dominicos y franciscanos, la concepción de la madre de Jesús sin mancha original, dogma que proclamó Pío IX en 1854, acontecimiento celebrado en el mismo León por el gobierno provisorio y liberal de Francisco Castellón.

Poco después, tras la negativa consecuencia que significó para la celebración de la Purísima la guerra nacional antifilibustera, el párroco de la iglesia de San Felipe, Gordiano Carranza, impulsó la construcción de altares y encabezó el recorrido por las calles el 7 de diciembre de 1857, por lo que se le atribuye el inicio de la Gritería. Pero databa de mucho tiempo atrás, como lo estableció el estudioso por antonomasia de la festividad, doctor Edgardo Buitrago, quien detalla los elementos básicos de nuestra fiesta popular por excelencia, “fiesta —decía Salomón de la Selva— abierta a todo el mundo”.

No hay otra fiesta popular, pues, más auténtica y entrañable. Auténtica por incidir tanto en nuestra identidad cultural y entrañable porque establece un código social (ese día no se dan diferencias de clases: somos iguales) y otro religioso (todos somos hijos de una misma madre y, por tanto, hermanos). Tal ha sido la experiencia de nuestro pueblo en su espontánea proclamación plebiscitaria, digna de la Inmaculada Concepción, cuyo primer centenario —conmemorado esplendorosamente— dejó una significativa antología compilada por María Teresa Sánchez: Poesía mariana nicaragüense (1954).

Mariano por tradición, el pueblo católico de Nicaragua venera otras adoraciones de la Virgen (Guadalupe, del Carmen, del Rosario, María Auxiliadora, del Perpetuo Socorro y de la Merced, entre otras). Pero el culto que se impuso, en otras palabras, fue la festividad de la Purísima generada en León. Mejor dicho: su forma esencial de celebración que se desarrolló a fondo en las zonas del Pacífico y Norte-Central, extendiéndose al Caribe —mayoritariamente protestante— y a las colonias “nicas” de Costa Rica, California (San Francisco, San José, Los Ángeles) y, durante los años 80, a Miami y hasta en Australia.

Por eso, en el frontis de la Catedral de León —inscrita en alto relieve a los pies de la estatua de la Inmaculada— se lee esta frase en latín: “Tu honorificentria populi nostri”: “Tú eres la honra de nuestro pueblo”.

 

 

* Escritor e historiador.