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Llegás al Congo, a Mozambique o a Kenia, y mirás a los chavalos jóvenes y a los no tan jóvenes con camisetas deportivas o camisas de colores llamativos. Les preguntás sus nombres, y muchos aseguran llamarse “Samuel Eto”, o “Leonel Messi”… y el apellido materno. Solo un nombre sigue rivalizando con el de futbolistas. Es Nelson, de Nelson Mandela. Así se presentan muchos niños, y su rostro serigrafiado se porta en camisetas por toda África.

Remontémonos un poco. Quizá de un poco de escalofrío. Pero los dos acontecimientos sucedieron en el mismo período de aquel año. Ambos fueron cruciales para la historia de nuestro tiempo. Cada uno con un signo diametralmente opuesto: lo más alto y lo más bajo que puede alcanzar un ser humano.

Estamos en el día 10 de mayo de 1994. En Sudáfrica, Mandela se convierte en el primer presidente negro de su país, y acaba con un régimen racista, renunciando a la violencia y apelando a la reconciliación. Supo ablandar el corazón de sus opositores porque les hablaba necesariamente ahí, al corazón. Entró en la cárcel defendiendo la lucha armada y salió, 27 años después, como un símbolo de la paz. El propio Mandela siempre quiso reconocer que cuando un hombre o una mujer buena hacen algo grande, es solamente porque otros muchos hombres y mujeres lo consiguieron, así que uno solo es el elegido para expresar todo ese esfuerzo de miles.

Solo unos días antes, el 6 de abril de 1994. No muy lejos, en Ruanda, el país de las mil colinas, dos grupos étnicos negros se enzarzaban en la más horrorosa carnicería que se ha vivido en las últimas décadas. Un contrapunto macabro al símbolo de Mandela. 800,000 hutus y tusis murieron a machetazos en pocas semanas entre abril y junio, ante la pasividad y el pasmo de la comunidad internacional y la culpa vergonzosa de los antiguos colonizadores.

He podido visitar los memoriales del genocidio ruandés y he podido pasar por la Sudáfrica post-Mandela. Y en ambos aún persisten muchos de los viejos problemas.

El genocidio ruandés solo pudo detenerse con otro genocidio (el segundo) donde sucumbieron muchos otros genocidas (los primeros), pero también muchos inocentes. Y por otro lado, la más que probable guerra civil sudafricana, para la que el país de Mandela se estaba predestinado, solo pudo evitarse gracias a la voluntad de algunos seres humanos que optaron por la alegría de esa sonrisa inolvidable de Mandela que guardaba un arsenal de inteligencia emocional.

El periodista John Carlin, autor de Invictus, que sirvió de texto para la película de Clint Eastwood y Morgan Freeman, explica que la gran aportación de Mandela fue que supo convencer a todo un país enfrentado de que a veces, cambiar de opinión no es solo inteligente, sino valiente. La última vez que lo vio con vida, le dijo: “Mira, hubo muchos que cuando opté por la reconciliación, me tildaron de cobarde. Pero mira, ahora tenemos la paz. Yo tenía razón, y ellos no”.

Por eso muchos niños que nacieron hace poco, aún se presentan así: “Me llamo Nelson, como Nelson Mandela”. Fue el hombre que supo cambiar de opinión. Y tenía razón.

 

sanchomas@gmail.com