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Hace un par de semanas participé en una actividad organizada por el Departamento de Consejerías Escolares del Mined, destinada a crear en los centros educativos un clima sostenido de buenas relaciones humanas tan importantes para el proceso enseñanza-aprendizaje.

Me solicitaron dar una charla a los estudiantes, profesores, padres y madres de familia, líderes de la comunidad seguida de un diálogo. El tema que me asignaron fue el de Cultura de Paz. El escenario, una escuela que reunió a estudiantes de otras escuelas cercanas, en el corazón mismo del barrio “Jorge Dimitrov”. Me parecía raro hablar de cultura de paz en ese famoso barrio por sus cuotas de robo y delincuencia. Pensé que precisamente era el lugar más propicio para hablar de Cultura de Paz. Me sentí animado con el salón repleto hasta con gente de pie.

Hablé de la paz como un bien personal y social generador de bienestar para toda la gente, de la paz como una aspiración y necesidad, reclamado por la naturaleza humana; de la paz como fuente de convivencia y cercanía de los habitantes del barrio, de la paz como la serenidad de los espíritus dominando nuestras pasiones y emociones, abriendo el espacio a la participación ciudadana; de la paz completa que conjuga la paz personal, la paz con los otros, la paz con el medio ambiente, la paz con Dios. Terminé la base teórica, conceptual con la frase eterna del jurista mexicano Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Amplié el sentido práctico de esta frase lapidaria con ejemplos concretos referidos a la organización y vida de la comunidad en un barrio estrella.

Expuestas algunas ideas sobre la paz centré mi charla en la Cultura de Paz relacionando el término cultura con su significado de Cultivar. Para ello me serví de la palabra agricultura o cultivo del campo, haciendo ver que su generosidad productiva dependía de la forma de cuidarlo, cultivarlo, ararlo, prepararlo para recibir la semilla y beneficiarse de la cosecha. Hice uso de algo que aprendí de un campesino en los cafetales de Matagalpa, cuando al verlo limpiar la maleza y dar su espacio propio al palo de café me dijo que estaba realizando labores culturales. Me agarré del sentido de esta labor para fundamentar todas mis razones en pro de la Cultura de Paz, que la paz se consigue con trabajo compartido, que la paz no se regala, que la paz igual que el cafetal necesita preparar el ambiente propicio para beneficiarnos del granito rojo, es decir, de sus beneficios sociales, que el campo necesita urea y en ocasiones insecticidas para producir, que el terreno humano donde vivimos está sometido a la peste de la violencia, de la envidia, del robo, de la deshonestidad, de la mentira, del egoísmo, etc. La paz por tanto no es un regalo, requiere de un proceso arduo, de trabajo, de limpiar la maleza que le amenaza y de valerse del insecticida para neutralizarla y de urea para fertilizarla.

Ése fue el itinerario de mi charla. Al finalizar pregunté a los presentes: ¿me hice entender? ¿Saben ya lo que significa la cultura de paz? ¿Es posible hacer algo a favor de ella? La respuesta fue unánimemente positiva a la par que veía en los rostros cierta satisfacción. Ahora hablen ustedes. ¿Tienen alguna pregunta, algo que necesite mayor aclaración? Dos fueron las preguntas con perfecta conexión interna entre sí.

La primera: ¿Ud. cree que nuestros políticos ayudan a construir una Cultura de Paz? Antes de responder a la muchacha pregunté al auditorio: ¿Y Uds. que piensan? Vi que las cabezas se movían horizontalmente expresando un unánime NO.

Aproveché el espacio para hacer algunas reflexiones y terminar diciendo que la construcción de la paz es en primer lugar una tarea personal, un compromiso personal que requiere de una gran cadena social construida por eslabones de paz. No pidamos a los demás lo que corresponde hacer a cada uno de nosotros. Respecto a los políticos les recordé las palabras de Jesús: “Haced lo que os dijeren (por ejemplo las leyes emanadas de la Asamblea Nacional), pero no los imiteis en sus obras”.

Segunda pregunta: ¿Ud. cree que lo que está sucediendo en el país: pleitos, violencia, lucha en las calles, la forma de intervención casi partidaria de los medios de comunicación, etc., ayuda a la cultura de paz? La respuesta es relativamente fácil y muy compleja a la vez, pero antes me atreví a preguntarles: ¿Uds. sienten que la situación descrita por el compañero ayuda a su formación ciudadana, a su educación? De nuevo el movimiento de cabezas respondieron que NO.

De regreso a la UCA iba rumiando la razón y el alcance de las preguntas que me hicieron estudiantes en una escuela del barrio “Jorge Dimitrov”.

No necesito dar explicación alguna, basta leer el relato de esta pequeña experiencia compartida con muchos testigos. Las preguntas de los estudiantes haciendo uso de la libertad de cátedra ciudadana lo dicen todo. En lo personal confirmé una vez más, que contrario a la afirmación de que vivimos en una sociedad educadora, en realidad vivimos en una sociedad por educar.

Muchos de los ciudadanos que la integramos conformamos un referente deseducador negativo para nuestra niñez, adolescencia y juventud. ¿Estaremos en una sociedad fracasada, enferma en cuanto a valores con los que resulta imposible construir una sociedad que eduque para la convivencia, el bienestar y el desarrollo de la población? La palabra de nuestros jóvenes nos advierte sobre una gran responsabilidad ciudadana. ¿Estamos construyendo o destruyendo el futuro? ¿Estamos educando o deseducando como sociedad? Recordemos que los niños de hoy serán los adultos del mañana.

En lo personal nunca voto por lo negativo, pero comprendo la advertencia franca y preocupante de estos estudiantes.

Esto no es nuevo, es un sentir generalizado. Para mí lo nuevo es que jóvenes estudiantes del barrio “Jorge Dimitrov” crecen con la convicción de que nuestros políticos y de que nuestra sociedad contradicen los valores y esperanzas que todavía cargan en sus espíritus donde aún habitan la ilusión, la generosidad, la solidaridad, la amistad, el amor. No es posible que se marchiten estos valores por negligencia de nosotros los mayores y que Nicaragua esté humana y políticamente rota.

Esto confirma la necesidad urgente de educar bien, hacer de la educación el espacio y tiempo más privilegiado del país, hacer de la educación el punto donde se encuentren los mejores recursos humanos de la nación, hacer de la educación el Banco de cobertura nacional donde se deposite la mayor inversión del país a fin de formar debidamente a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, porque ellos serán los adultos del mañana, con la esperanza de que conformen una sociedad educadora diferente a la que conformamos nosotros los adultos, la que para educar requiere ser radicalmente educada. Esta sociedad en la que se cultiva más la desunión que la unión, más la confrontación que la armonía, más el rechazo que la atracción, más la descalificación que el acercamiento; una sociedad que resta y divide para destruir, más que suma y multiplica; para construir una sociedad en la que parece privar más el odio que la solidaridad. Vivimos en una cultura deseducadora contraria a la Cultura de Paz.

Recordemos que la educación que se desarrolla en los centros educativos, la hacemos todos, porque en ellos entra diariamente la sociedad que conformamos. Si es buena o mala es nuestra responsabilidad. Recordemos que los niños de hoy serán los adultos del mañana.


*Ideuca.