Augusto Zamora R.*
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Durante miles de años, la obesidad simbolizó riqueza y estatus social. El modelo más remoto, hallado en 1908, es la Venus de Willendorf, estatuilla femenina, de 22,000 años de antigüedad, de silueta oronda, senos enormes y gruesas y grasas piernas.

La Venus de Willendorf habría podido modelar para Rubens, pintor flamenco que inmortalizó, como pocos, la voluminosidad femenina como manifestación de belleza.

Buda es representado de forma obesa, cachetona y sonriente. Es usual, en muchos sitios, tener una estatuilla suya, sentado y mostrando una magnífica barriga. El “Buda feliz”.

Largos milenios de hambre llevaron a identificar gordura y riqueza. Solo los pudientes podían comer hasta hartarse. Solo las damas de linaje lucir eróticos grosores.

Hasta los 60, el modelo envidiado eran mujeres rellenitas. Marilyn Monroe, icono de belleza del siglo XX, no subiría hoy a ninguna pasarela. Pesaría ‘demasiado’.

En 2004, en EE.UU., hicieron un estudio sobre obesidad y niveles de ingreso. Se halló que las personas obesas eran, de media, la mitad de ricas que las delgadas. Otro estudio mostró que las mujeres casadas de ingresos altos eran más delgadas que las pobres.

Superada la escasez histórica de grasa, el nivel de riqueza sigue marcando diferencias. Avisados de que la gordura es perjudicial y poco estética, los ricos cuidan sus figuras.

Los pobres deben ingerir lo que pueden, sin tiempo para dietas ni gimnasios. Solo desde el Estado hay medios para corregir tal desigualdad. Con deporte y educación. Sin atajos.

 

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