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La amistad es un valor moral. Una cualidad espiritual que honra y enaltece al ser humano. El diccionario de Real Academia Española, define la amistad como un “afecto personal, puro y desinteresado”, de modo que una relación cimentada en el egoísmo, la conveniencia, la simulación, la hipocresía, no es amistad.

No son amigos los que se aprovechan de nosotros, para escalar posiciones políticas, o lograr beneficios económicos, para después olvidarse de nuestra relación. Se quiere al amigo por lo que es, no por lo que tiene o nos puede dar. Es por eso que los verdaderos amigos se prueban en los momentos difíciles. “En la prosperidad, nuestros amigos nos conocen. En la adversidad nosotros conocemos a nuestros amigos” (Collins). Los falsos amigos, dice la Sagrada Biblia, comparten tu mesa, pero en el día de la necesidad, ya no se dejarán ver. (Eclesiástico 6:10).

El verdadero amigo se identifica con el amigo, siente como propio los éxitos y desventuras del amigo. Le ayuda a vencer el desaliento y la tristeza, le da fe, fortaleza y esperanza.

“El verdadero amigo -dice Shakespeare- te socorrerá en la necesidad, llorará si te entristeces, no podrá dormir si tú velas y compartirá contigo las penas del corazón”.

El verdadero amigo desea el bien del amigo, como si se tratara del bien de sí mismo. Aconseja, estimula a superarse y a ser mejor. No son amigos quienes buscan el mal del amigo, quienes los inducen al vicio, la vagancia, el delito, la corrupción.

El amigo se relaciona con el amigo en pie de igualdad y de respeto mutuo. Valora la dignidad humana del amigo. No trata de dominarlo para someterlo a su voluntad; ni se somete, como títere o esclavo, a la voluntad del otro. La relación servil, no es una relación de amistad, es una relación indigna de vasallaje. Ninguna forma de amor respeta tanto la libertad del otro, como la amistad.

El amigo es franco y honesto con el amigo. Le ayuda a ver la verdad. La mentira, la doblez, la hipocresía y la traición son antivalores enemigos de la amistad.

Un hermoso ejemplo de verdadera amistad, es Nelson Mandela, recientemente fallecido. Su grandeza mundial como héroe de la integración racial, marcha paralela con su grandeza de amistad. Siempre fue leal con sus amigos, al margen de convencionalismos políticos y de egoísmos individualistas. Siendo Presidente de la República Sudafricana, conservó y demostró su amistad por Fidel Castro, pese a las críticas de sus detractores, dentro y fuera de su país. “Soy hombre leal -decía- y jamás olvidaré que en los momentos más sombríos de nuestra patria, en la lucha contra el apartheid, Fidel Castro estuvo de nuestro lado”.

La verdadera amistad, como en el caso de Mandela, no es un sentimiento fugaz o pasajero. Dura toda la vida, en las buenas y en las malas. “La amistad que puede concluir, nunca fue amistad”, nos dice San Jerónimo.

El ejemplo de verdadera amistad que nos legó Mandela, es una luz de amor y esperanza, brillando en la oscuridad del mundo insensible y egoísta en que vivimos, que prioriza la riqueza, el placer, el poder y el prestigio o figuración social, sobre los valores espirituales de la amistad y la solidaridad humana.

 

* Psicólogo, Doctor Honoris Causa UNAN–Managua

Naserehabed@hotmail.com