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La educación continúa siendo un tema de prioridad, más cuando el debate y los hechos nos confrontan con cierto pragmatismo que domina el clima educativo desde hace tiempo. Este ha ido poco a poco invadiendo y contaminando las producciones y decisiones educativas.

La gran producción de propuestas “técnicas” florece con supuestas soluciones a las acuciantes necesidades de la educación en todos sus niveles. Todos, de buena fe, y especialmente los docentes, creen que se requieren urgentes innovaciones en los métodos, suponiendo que son las técnicas pedagógicas y didácticas las causantes de esta problemática educativa.

A ello se agrega la fuerte presión que se ejerce sobre el sistema educativo para mejorar los resultados de los estudiantes, con muchas presiones y propuestas del sector empresarial que, en los últimos años, ha logrado descubrir que la educación tiene enorme peso en el desarrollo económico y productivo.

Desde luego que estas visiones y presiones no responden a una visión sistémica, compleja y multifactorial de la educación y el aprendizaje, pretendiéndose por otra parte, a todos los niveles, mediciones limitadas, reduccionistas y sesgadas del aprendizaje.

Hemos llegado a un momento en el que docentes, estudiantes y padres de familia se encuentran profundamente insatisfechos, pero, en la práctica, no se observan voluntad ni compromisos de cambio. Esta crisis profunda que vive la educación, guarda estrecha relación con una ideología del pragmatismo productora de la distorsión y pérdida de sentido a la que es sometida la educación. Por un lado, tenemos la presión por mejorar los resultados, y por otro, búsqueda de respuestas rápidas con metodologías innovadoras y “recetas” que ayuden a superar esta crisis.

De esta manera, la educación ha sido empequeñecida en su orientación y visión de la persona que se educa. Ha quedado reducida a preparar a los estudiantes para el mundo del trabajo, con un sesgo inaceptable que reproduce mecánicamente la estratificación social ya existente.

Hoy sabemos que la crisis educacional tiene una raíz más profunda, que no se reduce a “simples problemas metodológicos ni pedagógicos”. La educación ha quedado vaciada de su auténtico sentido, al ser asimilada a objetivos meramente económicos del desarrollo social. Es así que, una realidad profundamente humana y social, queda restringida a un mero hecho económico; tampoco se puede aceptar que la educación termine siendo un mero instrumento de intereses políticos, ni que se adhiera a una supuesta “neutralidad” conceptual. En suma, la educación pareciera haber agotado sus bases epistemológicas y paradigmáticas, mostrándose incapaz de responder a los requerimientos del momento actual. Pareciera estar basándose en un paradigma agotado.

Es necesario romper los estrechos moldes de la educación economicista, con claras miras de un desarrollo humano auténtico. Necesitamos, cada día más, ver la educación desde un humanismo universal, reencontrando sus bases y fundamentos originarios. Idear y concretar una educación del gozo y alegría, donde niños, niñas, jóvenes y adultos compartan la aventura del aprendizaje y nuevas vivencias, disfrutando este proceso, no como una tensión, imposición o mera urgencia para sobrevivir al salvaje mercado laboral. Una educación que ayude al ser humano a dar pasos evolutivos y descubrir su sentido y destino superior.

Lo anterior demanda esclarece la idea de Ser Humano y de Sociedad que queremos. Dos puntos cruciales que, por lo general, las reformas educativas no clarifican. Y, en el mejor de los casos en que son integrados, la superficialidad con que son tratados y la facilidad con que tales basamentos filosóficos se diluyen, hace que estas declaraciones, ejes transversales y conceptos sustantivos se desvanezcan, sin ni siquiera anidar en los programas de las disciplinas ni en las competencias que enuncian. Por lo general, estas reformas educativas y transformaciones curriculares, quedan amordazadas y empacadas en documentos que nunca llegan a conocer y comprender los docentes, no desprendiéndose concreción alguna en las prácticas del aula.

Esta visión del Ser Humano y de Sociedad, que no logra basamentar las concepciones y prácticas docentes, se concreta en prácticas educativas vacías de sentido y significado. La búsqueda de innovaciones y nuevos métodos pedagógicos, que se debieran desprender de esta perspectiva profundamente humanista, acaba quedando reducida a “recetas” huecas de humanidad. La educación necesita de humanismo que permee todo el quehacer de la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación.

 

* Ph. D. IDEUCA.