Jorge Eduardo Arellano
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En los últimos días el Papa Benedicto XVI ha amenazado con el “castigo de Dios” a las naciones Europeas por no oír el mensaje de Jesucristo. Ha revivido al Yahvé del viejo Testamento para disuadir a esas sociedades que vuelvan a los templos católicos que se encuentran vacíos por el descreimiento europeo. Y es que las estadísticas registran que el cristianismo en Europa se encuentra en franco decrecimiento y especialmente el catolicismo. La acelerada secularización de las sociedades europeas, preocupa al Sumo Pontífice, y más aún cuando en sus propias narices, en tierras italianas la rebelión contra la Fe católica es una realidad. Recientemente el libro “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI fue desplazado del primer lugar en ventas en Italia, por el libro “Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos”, de un famoso matemático llamado Piergiogio Odifredi.

La crisis financiera desatada en los últimos meses, ha producido la quiebra de miles de empresas y muchos bancos. La crítica del Sumo Pontífice no se ha hecho esperar y ha arremetido contra el valor del dinero. Ha manifestado que el buen cristiano no debe cimentar su vida en el dinero, pues esto es como construir en bases de arena movediza.

Después de estas declaraciones del vicario de Cristo, sólo cabe hacer unas pocas reflexiones para comprender lo que en verdad puede estar atemorizando al Sumo Pontífice. Es bueno destacar que para muchos europeos las palabras de Benedicto XVI son huecas en vista que el Estado Vaticano es poseedor de grandes riquezas materiales que desafiaría al mejor economista el cuantificarlas. El Estado Vaticano recibe recursos económicos del Estado italiano, alemán y español. La cifra se estima en miles de millones de euros por año y son producto de las contribuciones de los ciudadanos de esos países, nacidas de concordatos firmados por Musolini, Hitler y Franco. Estos recursos del óbolo de San Pedro es sólo la punta de iceberg de lo que el Vaticano recibe anualmente. Para administrar estos recursos PIO XII creó la IOR (Instituto de Obras Religiosas) que como banco de segundo piso se encarga de las bastas finanzas Vaticanas. La IOR fue célebre en el famoso caso de la quiebra del Banco Ambrosiano, del cual el Vaticano era socio. El escándalo del banco Ambrosiano dejó al descubierto un fraude donde el Vaticano, junto con mafiosos de la logia P2 hicieron desaparecer más de un mil millones de dólares de la época. También dejó al descubierto crímenes como el de los banqueros Roberto Calvi y Michele Sindona, eslabones con información peligrosa. También el Vaticano encubrió a su “banquero de Dios”, el arzobispo Marcinkus, requerido por las autoridades italianas por el mencionado fraude.

El miedo del Papa a una secularización acelerada de Europa va ligado al aspecto del impacto en sus finanzas, el dinero que tan hipócritamente dice repudiar la Santa Sede. Tanto los alemanes como los españoles y los italianos, a la hora de declarar sus impuestos sobre la renta, llenan un formulario donde detallan a quién darán el impuesto destinado a sus creencias, el cual oscila de país en país entre un 7 a un 8 euros por millar. Para comprender la magnitud de estos recursos solo detallaremos los que el señor matemático Piergiorgio Odifredi establece en su libro antes mencionado. Sólo por efectos del impuesto de la renta recibe el Papado la suma de un mil millones de euros anuales, “una suma que no está en absoluto destinada a obras de caridad, como la publicidad clerical intenta hacer creer cada primavera, en el período de declaración de renta”. Odifredi destaca que sólo el 20 % va para obras benéficas, el resto para el clero. La cifra pica y se extiende: también el Estado italiano otorga al Papado otra cifra similar de un mil millones de euros para pago de maestro de religión, ayuda a escuelas y universidades católicas y todos los servicios públicos del Vaticano. El festín pecuniario no para allí: gran parte de los un mil 500 millones de euros destinado a financiación pública de sanidad es administrada por instituciones católicas. De forma directa, calcula el matemático Odifredi, el vaticano recibe anualmente aproximadamente 3 mil millones de euros.

Pero no sólo del dinero vive la Iglesia Romana, sino de propiedades también. Es bien sabido que es la institución que posee más bienes inmuebles en Europa. En Italia poseen unos noventa mil inmuebles cuyo valor alcanza los 30 mil millones de euros, los cuales están exentos de cualquier tipo de impuesto. Esto representaría para el fisco italiano unos 6 mil millones de euros anuales. El gran total del beneficio directo o indirecto que el Vaticano recibe de los contribuyentes italianos es de 9 mil millones de euros anuales, más de diez años de exportaciones de Nicaragua.

Esta cantidad de recursos que reciben las arcas de San Pedro de Italia, es solo una minucia o “caja chica” de los recursos que concentra anualmente. Este mismo ejercicio contable se podría hacer para los dineros que le ingresan de los alemanes, españoles y portugueses, y no menos despreciable lo que le ingresa de las parroquias de Estados Unidos, los “royalties papales” de productos promocionales por su visitas al extranjero, la ventas de reliquias, contribuciones privadas directas, las peregrinaciones a los santuarios, etc. Con semejante flujo de caja abultado por causas de su eficiente sistema de recaudación, el Papado ha desarrollado una destreza financiera digna de envidia del mejor banquero de Wall Street. El IOR, el “banco de Dios”, invierte en Bolsa en todos los continentes según nos informa David Yallop en su libro “El Poder y la Gloria”. Con la caída de las Bolsas a nivel mundial, no es descabellado sospechar un fuerte golpe a las finanzas Vaticanas. Grandes razones tiene Benedicto XVI para maldecir la burbuja especulativa del dinero fácil.

Comprendemos el miedo Papal a una Europa descreída y más aún, a su consecuente óbolo de San Pedro ilíquido. Es por ello que teme que los países recaudadores del “diezmo” vaticano cedan a las demandas de sus ciudadanos “alejados de la palabra de Dios”, según lo manifestado por el Papa, de terminar con estas recaudaciones estatales.

Estas demandas se ven acicatadas en vista que países nórdicos más descreídos aún, otorgan hasta el 6 % de sus presupuestos en ayuda directa, sin intermediarios, a los países en desarrollo. También estimula estas demandas de los secularizadores europeos, la falta de transparencia del manejo, por la monarquía Vaticana, de las contribuciones de los ciudadanos, pues la ejecución de los fondos entregados a la Santa Sede, adolece del control presupuestario propio de los países recolectores de los fondos. También muchos ciudadanos europeos cuestionan la función del Estado como recaudador de impuestos para creencias personales.

Parafraseando a Odifredi, resulta irónico que aquellos que dicen representar a alguien que predicaba “Dichosos los pobres” y “Al César lo que es del César”, sean los amasadores de tan monstruosa fortuna.


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