Jorge Eduardo Arellano
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El 16 de septiembre asumí la Presidencia de la Asamblea General. Me sorprendió que los 192 Estados Miembros me eligieran a mí, un hombre de edad, un sacerdote y una persona que no buscaba ocupar este cargo. Llego a la Asamblea plenamente consciente del lamentable estado en que se encuentra el mundo y del hecho innegable de que las Naciones Unidas no han cumplido los mandatos definidos claramente en su Carta hace 63 años. Con esta preocupación concreta en mente, he dedicado mi presidencia a los pobres y oprimidos del mundo.

Son muchos los motivos de nuestros espectaculares fracasos, pero es evidente que nuestro “egoísmo demencial”, como lo describió Tolstoy, sigue muy vigente. Creo que éste es el núcleo del problema, y cada vez somos más conscientes de que no podemos seguir como hasta ahora.

El debate general de la Asamblea terminó el 29 de septiembre, después de que 111 jefes de Estado y de Gobierno se dirigieran a lo que podría denominarse el foro de ciudadanos de la aldea mundial. La Asamblea General es, después de todo, el órgano más representativo de todas las organizaciones internacionales de la historia.

En el discurso que dirigí a los líderes mundiales fui franco: la Asamblea no ha estado cumpliendo el mandato que le confirió la Carta, y, por este motivo, las Naciones Unidas en su conjunto han sido incapaces de desempeñar las obligaciones que le confiaron los pueblos del mundo.

Durante décadas, se ha ido debilitando la función central de la Asamblea General en el sistema de las Naciones Unidas, su autoridad se ha desviado a otros órganos y sus resoluciones han perdido fuerza y originalidad. Algunas de sus funciones importantes han caído en desuso.

Pregunté a nuestros líderes: ¿de qué sirve la magnífica estructura democrática de la Asamblea si nuestras votaciones, que con frecuencia reflejan el parecer de la amplia mayoría de las naciones, son ignoradas? ¿Cómo podemos seguir tolerando el comportamiento de algunos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tan a menudo contrario al espíritu y la letra de la Carta que están obligados a sostener y defender? ¿Podemos seguir aceptando que los Estados Unidos y Europa dominen las instituciones de Bretton Woods, cuando sus políticas económicas y sociales contribuyen con tanta frecuencia a la pobreza que nos esforzamos por superar?

En resumen, creo que la Asamblea debe resistirse enérgicamente a la marginación en las esferas económica y social y adoptar medidas inmediatas para restablecer su credibilidad y autoridad. Para ello, necesitamos realizar cambios importantes.

Por este motivo he hecho de la democratización de las Naciones Unidas una prioridad del sexagésimo tercer período de sesiones.

Nuestra inercia ha llevado al mundo a un estado de desorden vergonzoso. Después de 63 años, aún no hemos logrado convertir los conflictos violentos, la guerra, el genocidio y la destrucción mutua asegurada en lejanas pesadillas de otro siglo. El billón de dólares que gastamos en armamento cada año es sólo un chocante ejemplo de lo desatinado de nuestras prioridades. Las guerras de agresión, que son la peor forma de terrorismo, son otro.

No hay nadie en el mundo que no diga que quiera poner fin a la pobreza. Sin embargo, los líderes del mundo se mantienen impasibles mientras la mitad de la población mundial sigue sufriendo privaciones sin fin. Con el mundo al borde de la catástrofe financiera a causa de la codicia y la corrupción, el aumento de los precios de los alimentos y de la energía y la paulatina disminución de la asistencia para el desarrollo, están sumiendo cada día a muchos millones de personas en la pobreza. Debemos actuar inmediatamente para evitar que cientos de millones de personas continúen sufriendo la catástrofe de la crisis alimentaria.

Hemos creado un extraordinario corpus de legislación internacional, pero la justicia sigue siendo un bien poco común en gran parte del mundo. Después de 60 años, la Declaración Universal de Derechos Humanos, que sigue siendo tan inspiradora como siempre, es desafiada con cinismo principalmente por Estados, tanto grandes como pequeños.

Y mientras de forma voluntaria llevamos nuestro medio ambiente hacia la destrucción tóxica, nuestros líderes no logran aunar voluntades para poner freno al incomprensible consumismo que exacerba el cambio climático, por miedo a perder el apoyo del público y de dejar de percibir importantes ganancias. Volvamos a ser administradores de este mundo y del preciado bien que es la vida.

Las Naciones Unidas son un experimento continuo de colaboración. Inspiremos estas asociaciones de colaboración con solidaridad y compasión. El motor de esta solidaridad no son los líderes mundiales, ni las burocracias gubernamentales, ni las empresas; es la gente, la sociedad civil, los ciudadanos comunes que hacen cosas extraordinarias.


Insto a todos ustedes, como representantes activistas de la sociedad civil, a reconocer una verdad evidente: que todos somos hermanos y hermanas. Con esto en mente, nuestra labor puede inspirarse y apoyarse en un nuevo sentido de la solidaridad entre nosotros y con los miles de millones de personas que esperan que aseguremos su bienestar.

En mi calidad de presidente de esta Asamblea, estoy trabajando como agente del cambio para que, juntos, podamos restablecer la vitalidad y la pertinencia de esta Asamblea e impulsar como nunca antes la democratización de nuestras instituciones internacionales.

Ya está en marcha parte de esta labor. En septiembre, los líderes mundiales se reunieron para promover las necesidades especiales de África y mantuvieron un diálogo interactivo de un día de duración para reafirmar nuestra adhesión a los objetivos de desarrollo del Milenio. Estas dos reuniones de alto nivel preceden a la reunión de Doha sobre el incremento de la financiación para el desarrollo que se celebrará a fines de noviembre. Son las bases de una sólida campaña contra la pobreza.

Espero contar con el apoyo de las organizaciones de la sociedad civil a nivel mundial para que nos brinden la energía, pasión y voluntad política necesarias para devolver las Naciones Unidas a los pueblos en todo el mundo. Cuento con ustedes.


*Presidente del sexagésimo tercer período de sesiones de la Asamblea General.