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Para entender a un gran poeta, hay que leer sus libros; pero también la crítica que lo actualiza. Así, por su esencialidad americana y su potencia original, César Abraham Vallejo Mendoza es considerado uno de los mayores poetas en lengua española. Nacido en Santiago de Chuco, Perú, el 11 de marzo de 1892, falleció en París el 5 de abril de 1938, víctima de unas fiebres de origen palúdico. Se conmemoró este año, pues, el 75 Aniversario de su desaparición física.

Sus principales temas fueron la preocupación casi obsesiva por el dolor humano y la relación entre la desdicha y la muerte. He aquí la cumbre más alta de la literatura peruana, que supo apropiarse del impulso innovador del arte contemporáneo, viviendo a plenitud la problemática social, política y cultural del siglo veinte, labrando una de las obras literarias más geniales y universales de las letras hispanoamericanas.

Pero hay más, mucho más en su existencia: no solo la soledad solidaria del poeta, sino el hombre comprometido y el artista militante. En su libro César Vallejo, héroe y mártir indohispano (1973), Juan Larrea afirma que experimentó el antagonismo entre el poeta telúrico y el hombre político, la contradicción carnal del mestizo en la que pelean y se abrazan el indio y el hispano. No en vano sus dos abuelas eran indias quechuas y sus dos abuelos curas españoles.

En Los heraldos negros, editado en junio de 1919, pero con el año 1918 en la portada, se impregna del Modernismo dos años después del fallecimiento de su epígono insuperable: Rubén Darío. El padre y maestro mágico es alabado por Vallejo en el poema “Retablo”: Altas sombras acuden, / y Darío que pasa con su lira enlutada. De hecho, el insigne peruano deriva directamente de los “Nocturnos” del nicaragüense universal. Hasta el título de su primer libro evoca a Darío, autor de “Heraldos”, un breve poema alegórico de Prosas profanas.

Sin embargo, Vallejo es ya Vallejo: una voz genuina, de tono amargo y colores sombríos que concibe al hombre en la desolación, la injusticia y el atropello. Esto lo lleva a reprochar incluso a Dios su falta de experiencia del dolor humano, ya que, si lo hubiera tenido, habría actuado de otro modo tendiéndole a la humanidad una mano misericordiosa.

En su segundo poemario Trilce (1922), Vallejo es plenamente vanguardista; y en los otros dos póstumos —Poemas humanos (1939) y España, aparta de mí este cáliz (también de 1939) — continúa revelándose profundo e intenso, consciente del empleo de expresiones arrancadas del lenguaje diario, de una entera asimilación del ritmo conversacional: Y si después de tantas palabras, / no sobrevive la palabra! / Si después de las alas de los pájaros / No sobrevive el pájaro parado!

España aparta de mí este cáliz fue la más importante creación poemática suscitada por la guerra civil española y el poema conocido como el de Pedro Rojas —protagonista del mismo— emerge del inagotable sustrato popular. Vallejo individualiza a la masa con ese nombre. No endiosa a dirigentes: prefiere al analfabeto, símbolo del pueblo; aún más: al que ostenta la “representación de todo el mundo”. Sobre todo porque: Lo han matado, obligándolo a morir, / a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel / que nació muy niñín, mirando al cielo, / y luego creció, se puso rojo / y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hombres, sus pedazos.

Vallejo salió casi huyendo del Perú para residir en Europa desde 1923 hasta el fin de sus días. Vivió modestamente y se ganó la vida mediante colaboraciones en periódicos y revistas de Lima, París y Madrid. Viajó por Alemania, Rusia, Inglaterra, Italia, Austria y España. En su viaje a la URSS stalinista dejó dos testimonios: Rusia en 1931 / Reflexiones al pie del Kremlin (1932) y el póstumo Rusia ante el segundo plan quinquenal (1965).

Como se ve, Vallejo no solo fue un poeta y un cronista. También dejó un ensayo crítico: su tesis de bachillerato universitario El romanticismo en la poesía castellana (1916), el conjunto de prosas Escalas melografiadas (1923), la narración Fabla salvaje (1923), las piezas dramáticas Moscú contra Moscú (1930) y Lock out (1931), además de la novela El Tungsteno (1931) —ubicada dentro del realismo social— y del cuento “Paco Yunque”.

Pedro Shimose afirma que Vallejo tuvo el mérito de haber sido uno de los primeros novelistas de lengua española en reflexionar acerca de una posible “literatura proletaria”. Pero su gloria póstuma se sustenta en la creación poética, atormentada, profunda y humanísima que desplegó con autenticidad y lucidez.

 

* Escritor e historiador.