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Al ilustre amigo, doctor Sergio Argüello Valdivia

 

El lenguaje, como lo afirma el teórico ruso Alexander Luria, “duplica el mundo”. Y no solo eso: lo recrea. Porque el signo lingüístico, como instrumento de pensamiento y de creación de realidades, se prolonga en connotaciones que enriquecen y amplían las posibilidades comunicativas. Por eso, nuestros hablantes disfrazan las palabras y les asignan a menudo otros significados. De tempranear, por ejemplo, un verbo que significa adelantarse a la ejecución de algo, ha ampliado el significado con otra acepción: “Antes de que el enemigo se defendiera, lo tempraneó”. Y parece que no quiebra un plato, pero aun entre amigos hace chacota de todo, le asignan una responsabilidad y hace chanchadales, todo lo que toca lo hace cuita, aparenta ser amigo y hace la cuca mona, consume todo lo que le viene en gana y a la hora de pagar hace la leonesa, y antes de hacerse humo, se hace el chancho, el dundo, el sueco o el loco.

Dice el lingüista alemán Guillermo de Humboldt que “la lengua es el órgano creador del pensamiento”. Pensamos con palabras y a su vez nuestro pensamiento se refleja en las palabras. Expresiones como “me paso el día centaveando en el Mercado Oriental”, “estoy acabado y lleno de jaranas”, “ya no se aguanta esta palmazón”, “no he podido encontrar pegue”, “cada día está más cara la jama”, “no he podido ganarme unos cuantos chambulines”, “no es fácil estar hambreado y en la perra calle”, “he vivido una vida en la pura lipidia”, etc., reflejan no solamente un elemento subjetivo, un estado de ánimo, sino un elemento objetivo, una determinada situación socioeconómica.

La palabra va íntimamente vinculada con nuestros juicios, valores, intereses. Dice Mario Urtecho en “Mitos” (END/02/08/07) que a Tacho hijo “varios cepillos --del montón que proliferan en todos los gobiernos-- lo llamaron Huracán de la Paz, título que más bien nos pareció un apodo propicio para la burla, la risa y la jodedera que nos agarra para ponerle al mal tiempo buena cara”.

El nica a veces agacha la cabeza obligado por la necesidad, pero es capaz de levantarse de la tumba de los más fieros ataques o de los más tristes fracasos. A veces le agarra feo, solo porque le agarra la safacoca; pero suelta los billetes en el mismo instante en que suelta la perra. O simplemente manifiesta la simpatía o el desagrado. Así, pegoste, mazate y garrapata son palabras que aluden a una persona cuya compañía resulta impertinente: “Es un pegoste insoportable”, “Ya me tiene de un bate este mazate”, “Una garrapata que no hallo cómo quitármela de encima”. En cambio, yunta y mancuerna son designaciones benévolas que nos recuerdan un compañerismo y una solidaridad, porque se refieren a esa misma compañía, con la diferencia de que puede contar con nuestra complacencia o nuestra complicidad: “Es mi yunta y no puedo dejarlo solo”, “Los dos son mancuerna y hasta estuvieron juntos en la cárcel”.

Y es que designamos una misma realidad, pero con otras palabras y con matices diferentes, porque esa realidad la determinamos o condicionamos según nuestros juicios y sobre todo prejuicios: “Es una resbalosa”, decimos alegremente, porque agarramos carreta con ella, pero no paró bola a las empeñosas carreteadas.

Y así, con la fuerza de la palabra y el criterio de valor de nuestro juicio, podemos encarecer las virtudes o condenar los hechos. Una persona puede salir muy de mañana a peguear honradamente o a vinagrear con productos de dudoso origen. Puede ser que se faje mayoreando en el mercado para mantener a su familia o se arrecueste como un vivián acostumbrado a vivir sin brete. Puede madrugar para recoger los mejores frutos del trabajo de la mañana o mañanear para madrugar a otro y arrebatarle el producto de su esfuerzo matutino. Una misma persona puede ser, según nuestro juicio, moridora, responsable y disciplinada en el trabajo, o arriada, que sólo vive de salón en salón y no trabaja. Una acción puede ser tan limpia y transparente como el agua de un crique sobre la montaña, o arrastrar la suciedad de un brujul que esconde el fraude y el engaño.

 

* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com