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La sociedad se encuentra vulnerable frente a los medios de comunicación, especialmente los audiovisuales, pasando por todo lo que son las multimedias y ahora por la moda de las redes sociales. La imagen, la velocidad y la omnipresencia hacen que este tipo de representaciones se convierta en una práctica cotidiana, particularmente de carácter informativo, y que no abona en nada a la población para ir construyendo una forma de pensar y actuar diferente.

Los grandes medios de comunicación, la televisión especialmente, actúan simultáneamente como caja de resonancia y como constructores de realidades o proveedores de imágenes; todo lo expuesto desde las prácticas visuales se circunscribe a un tratamiento de estigma y estereotipo: buenos contra malos, poderosos contra débiles…

Dentro de estas representaciones visuales está la que configura un imaginario colectivo al que le faltan categorías para pensar la diferencia que existe, por ejemplo, entre la violencia que ejercen los poderes desde las instituciones con el afán de preservarse a sí mismos, y la que estalla desordenadamente en una guerra de todos contra todos.

Lo más preocupante de esta violencia desde las multimedias es que van ganando terreno los discursos duros, autoritarios y amenazantes que en nombre del sentido legítimo de la vida social y tomando como pretexto la familia, las buenas costumbres y algo tan difuso como los valores perdidos, lanzan consignas que encienden los ánimos, alimentan los odios y acrecientan la violencia en una espiral incesante.

El drama social eternamente representado por las multimedias se complejiza cada día y esto crea incertidumbre en la sociedad. Son problemas que generan más violencia y que están reflejados en cada momento desde las pantallas y redes sociales, tales como el narcotráfico, sida, violencia de Estado, violencia callejera; pasando por la pobreza, la exclusión y la intolerancia. Estas acciones violentas expuestas crudamente desde diferentes medios audiovisuales diversifican a la sociedad, alimentando el miedo, la incertidumbre, la desesperanza y especialmente la disolución social.

Esto va creando en el individuo una manera de pensar y actuar, de ver la violencia como algo natural y de pronto convertirla en una necesidad de ver este tipo de espectáculo. Todo esto es lo que está generando la industria cultural que se corresponde con la expansión del modelo neoliberal; de hecho nos encontramos en lo que, desde el final del siglo veinte, se denomina la industria cultural.

El medio audiovisual que mejor ha cabalgado sobre la economía moderna ha sido la televisión, basada en un lenguaje que no requiere para su comprensión ningún tipo de alfabetización, un acceso directo sin mediación al hogar y al entorno doméstico.

La característica de este tipo de cultura sigue siendo la propuesta de la escuela de Francfort: la fragmentación: la dispersión, el desorden, la imposibilidad de encontrar coherencia en los mensajes de la cultura de masas, aleja al individuo de disponer de un sentido crítico; la uniformidad de los mensajes, la necesidad de crear un mismo tipo de consumidor, la homogeneidad y repetición de lo mismo; todo eso conduce a uniformar al espectador.

Recibimos todos los días piezas audiovisuales desde cualquier medio, aunque un aspecto importante a destacar en estos momentos es que el niño o el joven mira menos televisión, pero está en contacto directo y dándole más tiempo a la computadora, al celular y al videojuego, que por lo general están llenos de violencia. Ojo con esto, porque es una realidad.

 

* Consultor y catedrático universitario