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La vida exige y no siempre hay buena recompensa. Pero a la vida no la escogimos, surgió por azar, con sus venas muertas y otras más vivas. ¿Con qué olor nacemos? Todo se dispone en la cuesta inclinada o fallida de un pensamiento, del amor al prójimo o del desamor de la mujer que después de amarnos ahora displicentemente nos odia. Y como un afán del inconsecuente delirio aparece el don dinero para asegurar los frijoles, el calor de la casa y opacar el frío del sentimentalismo.

Nos convenga o no, salimos, casi en desbandada por los dispersos encuentros de la vida y por la vida... Y en la marcha preguntamos: ¿se puede soñar sin el sustento de los frijoles? En el arado de las estrellas de porcelana, y con la singular voz del otro lado de la noche, nos vemos a la cara con el fulgor de la prisa desconcertante.

¿Se cierra el círculo de la osadía? ¿Qué hacer para crecer con el agua que llevamos dentro? El agua que nos toca, el agua que nos escucha. Protesto: no se empacha el disimulo (que no suda), la ausencia, la arrogancia partida sobre las tablas de la espera. Y en la lengua, las restricciones de la fuga, del relámpago nervioso, estremecido.

Te leo los ojos y creo que existe mi ciudad. La ciudad que se me ha perdido entre palabras, que son defensa y puente de un mismo edificio; a veces, sometido a la víspera o remotamente desparramado sobre el silencio que busca la libertad de andar. En otro puerto o en otra caricia.

Y mi deseo anclado como en un reloj de inocencia. Y mis preguntas: ¿Está seca mi ciudad que arde en insomnios? Y la otra pregunta: ¿Dónde se ama el asombro que no padece de tristeza? Cuando te veo dormir en el cielo que yo cuido, las amapolas quieren decirme lluvia. Calienta el sol que te conoce los labios. Todo está escrito para ti. Tus huellas me buscan, me hablan, y yo respondo: Me embriaga tu rocío. Y la puerta sabe lo que te escribo. Y el aire sabe llevarme a tus pasos.

Alguien podría decirme: ¿dónde se esconde o al menos dónde secretea el blanco fondo del futuro? Qué difícil inversión, ¿Con qué se compran los frijoles? La calle no resuelve el grito de la paz. Sobre el oído cargo los días difíciles del desparpajo, de la nostalgia que no supo volar, de la noche que se quedó vacía, del vaso de vino o ron que no regresó esa noche a su cuarto.

También quiero contar de todos los recuerdos que no saben su nombre. Me obstino en despertar. En pasar por los escombros de un aguacero y pedir un milagro. En sembrar un adiós sin arrepentimientos. Y muchas veces la página en blanco es como una casa abandonada con los muebles callados de vacío. Y los Beatles estaban cantando sin el acostumbrado amasijo de ternura.

 

* Poeta y periodista.