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Parece mentira… pero, ¡después de Chávez… ¡el diluvio! Desde abril pasado, el chavismo está aturdido: retado por su propia capacidad inventiva para atraer a tantos que ya no creen en la revolución mundial, y a los pocos que le siguen en América Latina.

Igualmente la revolución chavista hoy vive enfrentada, con suspicacia, a sus propios descendientes (¡como Saturno con sus hijos!): desafiando a una oposición intimidante –la otra mitad de Venezuela inhibida para convencer y prevalecer; entumecida y dolida por su acongojada orfandad para liderar–. ¿Podrá lidiar con tantos herederos morales, genéticos o ideológicos del Comandante Chávez?

¡Mal que bien, todos estaban mejor con él! ¡Ironía: el más desamparado es el que heredó su poder! ¿Mantendrá un socialismo mal hilvanado de frágiles costuras democráticas? Solo se puede especular acerca del futuro. En Latinoamérica los eventos, a veces, se mueven por absurdo-tropismo.

Lo peor es que el ungido por los hermanos Castro para relevar al lanzador retirado, parece ignorar el protocolo del estadista… y más bien juega a ser Esopo. Y cuando repuntan la inflación, el desempleo, el desabastecimiento (¡males predecibles y bien remediados por los economistas sensatos!), el Presidente Maduro cree resolverlo todo por decreto. Lo peor: se olvida que hay una maquinaria colosal pero connatural a la humanidad que se llama mercado, a la cual le competen estos asuntos.

Por mucho tiempo los marxistas creyeron que el mercado era un Leviatán injustificable y fácilmente desechable. No es tan así. Tampoco saben —ni parecen comprender— nada acerca de precios, demanda, competencia, y oferta. Sin dudas, solo ese cíclope genera riquezas. Y no se le puede sustituir; tampoco matar. (¡Aunque los poskeynesianos recomienden frenos gubernamentales para el monstruo!).

El noble escritor chileno Jorge Edwards, embajador del gobierno de Salvador Allende en La Habana, nos dice que una vez Fidel Castro le confesó: “Nosotros somos buenos para luchar, pero no para crear riquezas”.

Consecuentemente, Fidel Castro lo confirmaría mucho después cuando alabara la prosperidad económica de Viet Nam, y se diera cuenta que un régimen político solo debería distribuir el poder con limitaciones: frenos y contrapesos. Y que la carga de la economía debería recaer mayoritariamente en el mercado. Porque ese mecanismo independiente sí genera riquezas, y por ende: comercio libre, impuestos, ahorros, salarios, ganancias, inversiones, capitales.

Ya tarde, Fidel Castro aprendió que la ideología solo es café fuerte para las luchas, pero no remedia ni sana cualquier mal económico. La ideología es la poesía de la política. Nada más.

¿Entonces, qué van a repartir o de qué van a vivir aquellos que ciegamente creen estar en el umbral del paraíso socialista? El Banco Mundial refiere que la producción de petróleo de Venezuela cuando Chávez llegó al poder, era de 3.1 millones de barriles diario; hoy producen 2.4. Preguntarse por qué, está de más.

Y ciertamente hay estadísticas que justifican al chavismo: construyeron 133,000 viviendas; redujeron la pobreza del 48.6 al 23.9%; la desnutrición del 7.7 al 3.7%. ¡Muy bien! Lo aplaudo. Su inversión social absorbe $468 mil millones de dólares –el 60% del presupuesto–. Sin embargo, ¿se abandona el aparato productivo?

Brasil, Costa Rica, Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, Perú, no necesitaron hacer revoluciones para obtener esos logros. Y están mejor que Venezuela. Tampoco una sociedad moderna –plural, de economía abierta, instituciones respetadas, políticos reemplazables y Estado de Derecho– puede sobrevivir con el cuento de Robin Hood.

Pero, en otras cifras, Venezuela no anda bien. A nivel hemisférico: confianza para la inversión 32/33; alta inflación 1/33; violencia 3/33. Puntaje global: transparencia 37/100; riesgo país 53/100; libertad económica 42/100; país para vivir mejor: 102 de 190 del mundo. ¿Por qué sigue dentro del ranking de los países subdesarrollados, si desde hace catorce años su riqueza está en manos de revolucionarios justos, patrióticos, y sabios?

¿Sobrevivirá el pos chavismo? Sí. Porque todavía tiene fusiles y cuenta los votos ciudadanos. Pero cuando pase el tiempo, al igual que los fanáticos, lo reverenciaban porque veían todo con pasión desbordada, estos se irán apartando, porque aprenderán que no hay paraíso con escasez, y que países vecinos –de abundantes libres empresas– se convertirán en naciones desarrolladas, estables, ricas.

¿Cuál es la excusa de una revolución que prometió crecer y multiplicarse en Latinoamérica, pero cuya membresía es de solo países pobres y pequeños? Si es tan sabia esa receta, ¿por qué no se le unen países que edifican Estados respetables y naciones prósperas como Brasil, Chile, México o Argentina? ¿O es solo otra máscara de un baile de disfraces dictatoriales?

elsufigalileo@yahoo.com