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Pensaría Bartolomé de las Casas (1474-1566), fundador del derecho internacional moderno, procurador o protector de todos los indios de las Indias que en “la cintura de este continente”, iba a surgir siglos después un pequeño Estado de naturaleza multiétnica, con el nombre de sus defendidos, que enaltecería sus ideales indigenistas, producto de “una chispa rebelde” prendida en la segunda mitad del siglo XX llamada revolución popular sandinista, sintetizando 520 años de resistencia india, mestiza y afrodescendiente.

Nadie niega que las 22 comunidades sobrevivientes en el Pacífico Centro-Norte y las comunidades del Atlántico permanecen en demanda por una deuda histórica. Pero en este paisito rebelde, hijo de una “violenta floración”, producto del “choque de la espada invasora con la macana de piedra”, surgió una constitución en 1987 que evoca en su preámbulo “la lucha de nuestros antepasados indígenas”, quedando plasmados 15 artículos referidos a sus derechos.

Nicaragua fundó un régimen de autonomía reafirmando los derechos ancestrales sobre más de la mitad de su territorio a las comunidades autónomas; sus lenguas son idiomas oficiales del Estado y no se mueve nada sin que pase por la revisión de los gobiernos autónomos electos regionalmente.

La política pública da primer orden a los asuntos indígenas de los pueblos originarios y afro-descendientes, favoreciendo no solo a nuestro país sino que impulsa un proceso necesario en el continente americano, destacándose en el campo de la diplomacia indígena la creación de la Secretaría para Asuntos Indígenas con rango de vicecancillería, mediante Decreto Presidencial No. 21-2008, con el mandato de “coordinar todos los asuntos indígenas contemplados por las Organizaciones, Tratados y Acuerdos Internacionales para el beneficio de los Pueblos Indígenas”.

Somos signatarios de la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial desde 1977, y miembros del convenio No 169 de la Organización Inter­nacional del Trabajo (OIT).

¡Qué diferencia! En la realidad colombiana, donde una rancia oligarquía dice ser la cuna de la civilización hispana en América, jactándose de glorias pasadas que nada tienen que ver con la realidad que en la actualidad practican, cabe más bien la frase Cabralística: “de la cuna a la tumba hay un paso”. Bogotá, en su megalomanía, prefirió optar por enterrar una cultura ancestral para perpetrar sus pretensiones expansionistas.

Los Raizales guardan una estrecha relación con los indígenas caribeños nicaragüenses; no se necesita ser sabio para estar claro de ello. Su relación continental siempre fue con Nicaragua; basta escuchar el creole, música, bailes, colores y demás tradiciones; la memoria histórica no la borraron, y estamos claros que por lo dicho en los párrafos anteriores los Raizales saben dónde tienen que aprender y que Nicaragua es punto de referencia en su lucha legal por sus derechos.

“Pueden pescar en sus aguas que les pertenecen y jamás permitiremos que se den en concesión al capital trasnacional como se hace ahora”, se escuchó la voz presidencial del fundador de la autonomía nicaragüense después de la sentencia de la Haya.

Muy a pesar del daño imperdonable, producto de la innecesaria colombianización del archipiélago caribeño, surgirá desde lo más profundo de la pureza de sus raíces ancestrales el deseo de resistir. Lo demuestra la esencia del discurso raizal plasmado por Cano Schütz que nos dice:

“El discurso raizal proclama lo pasado como lo autóctono y lo nuevo o lo extranjero como lo nocivo y como lo que rompe con esa autenticidad y con esa esencia del ser raizal. Esto, por lo tanto, implica que haya que ir en contra de lo nuevo y de lo extranjero, ya que acaba con la identidad raizal. La llegada del extranjero, del paña, ha sido una invasión que ha ido destruyendo las costumbres raizales, puras y sanas. Esta es la base sobre la cual se inicia el discurso raizal: el otro representa lo nocivo, lo nuevo y lo que acaba con la autenticidad”.

Bartolomé De Las Casas dijo: “Más temprano que tarde surgen ideales que se convierten en realidad”. Esto fue demostrado siglos después en el cantar de un chaparrito llamado Sandino, que estamos seguros encanta a los raizales: “Soy nicaragüense y me siento orgulloso que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india americana que por atavismo encierra el misterio de ser patriota leal y sincero”.

 

* Autor del libro Derecho Internacional Ambiental.