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Recientemente falleció el ingeniero Pedro Cuadra, colaborador de El Nuevo Diario, con quien sostuve una polémica de altura sobre temas religiosos. Yo, creyente cristiano, católico. Él, agnóstico y ateo. Fue una persona inteligente, culta, ilustrada, de pensamiento lógico, bien hilvanado, y me dio gusto tener aquellas discusiones con él. También el distinguido filósofo y catedrático, primo del ingeniero Pedro Cuadra y colaborador de este periódico, Juan Bosco Cuadra, de fina pluma y claro razonamiento, cristiano como yo, participó en aquella polémica. Él recientemente publicó un tributo a la memoria del ingeniero Pedro Cuadra, al cual me sumo.

En temas de religión, de filosofía, de historia, de derecho y de política –principalmente- siempre surge la polémica, la discusión, que cuando es respetuosa, de altura y bien intencionada se convierte en un interesante diálogo enriquecedor. Pero cuando las personas discuten sobre cualquiera de estos temas motivados por la ignorancia, el odio, la intolerancia, el fanatismo, movidos por cualquier pasión malsana, lo que se produce es un desahogo de malos sentimientos con descalificaciones y ofensas. Frecuentemente el que critica con esa motivación más bien ataca destructivamente y casi siempre termina desviando su discusión del tema debatido al campo personal. Ya no se ataca la idea sino a la persona. Hoy quiero reconocer en el ingeniero Pedro Cuadra a un interlocutor que sostuvo polémicas respetuosas, de altura y bien intencionadas.

Claro que si alguien no está de acuerdo con creencias y prácticas determinadas es inevitable, en una discusión, mencionarlas y expresar francamente cómo las ve desde su perspectiva. Así lo entendí cuando el ingeniero Cuadra llamaba mitos a los textos bíblicos o decía que la religión surgía de la ignorancia de los pueblos primitivos. Nunca interpreté que su intención fuera ofender, sino expresar su convicción. Y con ese mismo espíritu le contradije expresándole la mía, como lo hizo su primo Juan Bosco. Todos escribiendo con argumentos razonables y respetuosos.

En el desarrollo de nuestras discusiones –a veces incluso fuera del periódico vía correos electrónicos- el ingeniero Cuadra y yo llegamos a coincidir en un punto muy importante: Toda religión, en sentido estricto, es un medio para relacionarse los hombres con Dios (bajo cualquier nombre que se le dé), por lo tanto, si Dios no existiera la religión no tendría sentido; por eso lo primero que se debe analizar es si Dios existe o no existe. Sabemos que científicamente no se puede probar la existencia de Dios (mediante una experiencia material, en un laboratorio de física, de química o mediante cualquier forma perceptible que lo compruebe bajo las normas de la ciencia). Pero, por otra parte, también sabemos que científicamente no se puede probar lo contrario, o sea que Dios no existe. Por consiguiente la existencia o no de Dios es un tema que está más allá de las limitaciones de la ciencia y pertenece al área del razonamiento y en última instancia de la fe.

No es lo mismo agnóstico que ateo o que arreligioso. El agnóstico cree lo que puede comprobar y como no puede comprobar que Dios exista o no exista, expresa que no lo sabe. El ateo niega que Dios exista. El arreligioso cree en Dios pero no en la religión (Dios creó, estableció sus leyes y después no interviene). Como creyente cristiano y católico reconozco que muchos agnósticos, ateos y arreligiosos sinceros son o fueron buenas personas amando al prójimo, como el ingeniero Pedro Cuadra, que hoy está gozando en la presencia de Dios, a quien aquí no pudo llegar a conocer.

 

* Abogado, periodista y escritor.

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