Ernesto Aburto
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Para quienes conocimos y amamos al amigo periodista, editor, empresario de medios y casi hermano, Luis Hernández Bustamante, es difícil acometer la tarea de escribir una semblanza en el marco de su reciente deceso, porque es reconocer que ya no está entre nosotros y nunca más podremos aprender y reír de sus genialidades.

Pero hay que rendirnos ante la fuerza de los designios divinos y los principios inexorables de la naturaleza, que nos hace nacer con el gen de una muerte futura en lo más recóndito de nuestros cromosomas. Y entonces, solamente buscar consuelo en los momentos vividos, y en todo lo que una existencia como la de Luis ha dejado para la posteridad en lecciones de vida y ejemplares muestras de coraje para vencer dificultades y desafíos con optimismo y entusiasmo iluminado.

Su esposa, la doctora Azucena Saballos, con la que vivió una especie de noviazgo ininterrumpido en los últimos 22 años -un pequeño Camelot tropical que llenaba de ternura a sus amigos y amigas- además de brindarle apoyo necesario para salir por siempre de los viñedos del dios Baco y mantenerse afuera de los mismos, también acompañó a Luis en su último tramo de vida hacia el éxito profesional, empresarial y humano, que hereda a sus hijos, colegas y amigos.

Sobre la educación básica de Luis, de lo único que estuve seguro es que, como a todos sus numerosos hermanos y hermanas, don Benito Hernández Morales, el padre protector, obrero portuario, leñador y recolector de moluscos y crustáceos en los manglares de El Realejo, lo puso en la escuelita donde aprendió a leer y escribir. Luego lo metió a una escuela corinteña de comercio y mecanografía.

Lo que sigue fue obra de su coraje, inteligencia y memoria extraordinaria. Su mejor escuela de inglés, que lo hizo entender y darse a entender en ese idioma, fue casi de seguro su vida juvenil de estibador en el muelle de Corinto, departiendo con la marinería de los barcos extranjeros.

El me habló una vez del entusiasmo con que devoraba las noticias y las crónicas deportivas de la radiodifusión, y de la disciplina con que cada domingo acudía a la barbería del puerto para empaparse con los grandes reportajes de las revistas cubanas Bohemia y Carteles, y con las magistrales fotografías y textos de la revista Life en Español.

Ya escribiendo a máquina a lo Víctor de la Traba, y sin ver el teclado, dio el primer gran salto de su vida al emigrar hacia la cabecera departamental, Chinandega, donde una vez empezó como secretario y amanuense del jurista ya fallecido Noel Pereira Majano, quien trasmitió a Luis algunas de sus astucias, y lo puso a cargo del reporteo y redacción del radioperiódico que poseía allá. De esa época data su corresponsalía con el diario La Prensa, al que suministraba abundantes notas informativas llenas de interés, de redacción clara y precisa, y de una excelente ortografía.

También incursionó en la narración deportiva. Chinandega era subsede de un campeonato beisbolero de Centroamérica y El Caribe, y en la improvisada cabina se apareció bastante retrasado un narrador colombiano que la víspera había reñido en Costa Rica con el locutor comercial que traía. “Yo te ayudo hermano”, le ofreció Luis ante el apuro del hombre que no podía narrar ni comentar bien las jugadas colombianas por estar leyendo también los comerciales. Y desde entonces nuestro amigo se quedó repitiendo para siempre en sus anécdotas: “Agüitas a mí, que va, yo uso Menticol, un producto de laboratorios Lecompte de Bogotá, Colombia”.

Con el doctor Danilo Aguirre comentábamos hace pocos años la forma en que Luis, con alma de pirata, tomó por asalto el barco de la vida, combatió fieramente en la cubierta, y terminó ocupando el puente y la cabina del capitán.

Nunca olvidaré aquella tarde de mayo de 1983 en el Instituto Internacional de Periodismo Werner Lamberz de Berlín (RDA), donde estudiamos seis meses junto a otros ocho colegas nicaragüenses y varios latinoamericanos. La universidad Wilhem von Humbolt solicitó a un estudiante nicaragüense que disertaran sobre la realidad socioeconómica y política de su país y de Centroamérica, ante un simposio nacional de doctores de Historia.

Nadie quiso exhibir su ignorancia ante semejante público, pero Luis levantó la mano y veinte minutos después estaba de saco y afinando el entalcado de su cara en el espejo del lobby del instituto, mientras afuera, el vehículo de la universidad aguardaba con el motor encendido. Por la noche, entre cervezas y vino, celebramos con el traductor de nuestro grupo, Alexander Fischer, el éxito de la exposición de Luis ante los académicos, quienes lo interrumpieron varias veces con preguntas y aplausos.

Así era este amigo que vivió entre nosotros durante largas décadas en Managua. El hermano que amamos y el periodista del que tanto aprendimos en materia de audacia, entusiasmo y calidad. Ya se acabó el espacio para seguir con la evocación de las ruidosas incursiones etílicas del pasado superado, los grandes amigos entre los pobres y ricos de Nicaragua, anécdotas de los estibadores corinteños y de personalidades chinandeganas, así como las historias no contadas sobre su trabajo en La Prensa, la fundación y desarrollo de El Nuevo Diario, y las últimas creaturas periodísticas de Luis: la revista El País y el semanario 7 Días. Pero prometemos buscar datos correctos y apuntes para la aventura de un libro, que Luis Hernández bien se lo merece. Hasta siempre, hermano.

 

* El autor fue editor y cofundador de El Nuevo Diario.