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El mes era octubre, el año 1962. Un joven figuraba como el trigésimo quinto inquilino de la Casa Blanca, su nombre era John Fitzgerald Kennedy. A solo 90 millas de la costa de Florida, otro joven ocupaba el alto mando de la isla caribeña de Cuba. Fidel Castro se había alzado al poder en 1959 luego de derrocar mediante las armas a Fulgencio Batista. En la era de Batista, Cuba era un destino predilecto para estadounidenses afluentes, en búsqueda de esparcimiento y ostentación en medio de cristalinas playas y lujosos casinos.

Fue en ese octubre cuando los dos grandes imperios de la época (Estados Unidos y la extinta Unión Soviética) estuvieron a horas de arrinconar al mundo en un holocausto nuclear, sometiendo al Comité Ejecutivo (EX–COMM) conformado por los “más brillantes del gabinete norteamericano”, a idear maneras de evitar un intercambio nuclear y la ineludible consecuencia de la Tercera Guerra Mundial.

Fue luego de un famoso discurso de Kennedy, donde anunció una línea de demarcación marítima conocida como Cuarentena, y un arreglo secreto “quid pro quo” entre las partes para que EE.UU. entregara su fuerza disuasiva nuclear en Turquía, que los rusos liderados por Nikkita Kruschev y los halcones de Kremlin accedieron a remover los misiles intercontinentales estacionados en plataformas de lanzamiento en la jungla cubana.

Hoy en día recordamos a aquel glamoroso y sofisticado joven, graduado de Harvard y héroe de guerra en el aniversario 50 de su asesinato, y vemos con asombro la longevidad del líder cubano. Justo esta semana el sucesor de Kennedy, Barack H. Obama, visitó Johannesburgo para rendir tributo al liberador de Sudáfrica, exterminador de la segregación racial impuesta por Apartheid y ganador del Premio Nobel de la Paz, Sr. Nelson Mandela.

Durante el acto solemne, el primer presidente afro-americano de Estados Unidos extendió la mano de su homólogo cubano, Raúl Castro, simbolizando quizás una nueva era en las relaciones bilaterales de estas naciones.

Por décadas, Estados Unidos ha impuesto un embargo económico y comercial en Cuba, opera aún la prisión militar en la Bahía Guantánamo conocida como Gitmo y ven con recelo cuando estadounidenses visitan la isla caribeña.

¿Será posible quizás que ese saludo de ribetes históricos simbolice algo más que un gesto diplomático? ¿Será posible que finalmente termine el embargo y se restauren relaciones económicas en su totalidad? ¿Será posible que ambas partes permitan el flujo migratorio y turístico de sus ciudadanos? ¿Será posible que las políticas retrógradas de Guerra Fría que varios líderes de gobiernos de izquierda en Latinoamérica (incluyendo Nicaragua) aún adoptan, finalmente permitan constituir reales estados de derecho e instituciones plenamente democráticas? ¿Será posible?

Como joven, espero que sí.

 

* Administrador de empresas.

Luis_sanchez44@hotmail.com