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Las fiestas navideñas son propicias para muchas cosas. Una de ellas repensar sus orígenes. España trajo el cristianismo, y España, a su vez, era crisol de muchas culturas.

La misa cristiana fue configurada con elementos, alimentos y tradiciones de Oriente Medio, donde se originaron cristianismo, vino, pan, incienso y aceite de oliva.

La tradición de los nacimientos es napolitana, sur de Italia, que estuvo casi tres siglos bajo dominio de España. Llegó a América en el siglo XVIII, pasando a ser una de las expresiones más auténticas del catolicismo hispano.

Cuando niño, los regalos venían con los Reyes Magos. La tradición del Niño Dios, de desconocido origen, sustituyó para siempre a los magos de Oriente.

La dominación político-cultural estadounidense introdujo el Arbol de Navidad, tradición centroeuropea llevada a EE.UU. por emigrantes germanos.

El hoy omnipresente Santa Claus llegó también vía EE.UU, donde fue difundido por inmigrantes escandinavos. En Rovaniemi, Laponia, Finlandia, tiene su ‘casa’ Santa Claus, convertida en el mayor atractivo turístico de esa gélida región polar.

Antaño fiesta familiar y de recogimiento, la creciente secularización de las sociedades, promovida por liberalismo y marxismo, ha convertido la Navidad en fiesta pagana.

Dicen estudiosos que las religiones surgieron del consumo de hongos alucinógenos y brebajes espirituosos, que llevaban al éxtasis a chamanes, sacerdotes y brujos.

Mucho de cierto habrá en ello porque, cada diciembre, nuestras sociedades vuelven a sus orígenes paganos de consumo, fieles a ritos sincréticos nacidos miles de años atrás.

 

augusto.zamora@yahoo.es