•  |
  •  |
  • END

En sus Tres conferencias a la empresa privada (1974), José Coronel Urtecho (1906–1994) sostuvo que en la próxima década --la de los años 80-- la cultura nicaragüense tendría de motor la comunicación fecunda entre los intelectuales y los empresarios privados. La Historia no le dio la razón al ingenial poeta. Pero atinó al afirmar que, entre una docena de jóvenes profesionales de las finanzas, era preciso destacar a dos que estaban detrás de las actividades de extensión cultural que promovían el Banco de América e Indesa. Se refería al doctor Ernesto Fernández Holmann y al licenciado Jaime Morales Carazo.

Hoy Vicepresidente de la República, tras una notable trayectoria empresarial, política y literaria (es autor de un libro de cuentos, de una novela corta y de dos libros testimoniales), Morales Carazo impulsaba las artes plásticas apoyando a numerosos pintores --algunos militantes del FSLN, como Leonel Vanegas-- y el proyecto comunitario de Ernesto Cardenal en Solentiname. Al mismo tiempo, publicaba una columna semanal, “Correo Económico de Indesa”, que por la virtud de sintetizar de forma sencilla aspectos económicos financieros internacionales y difundir las actividades en el país tanto del sector público como del privado, se reprodujo varios años en la Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano.

Por su parte, Fernández Holmann ya había establecido el Fondo de Promoción Cultural del Banco de América que editó 54 títulos fundamentales para nuestro país hasta la nacionalización de la banca en 1979. Diez años después --reinstalada la economía de mercado y a la cabeza del Grupo Financiero Uno-- proseguiría esa labor sin precedentes, adquiriendo una proyección más centroamericana. Con ello, el empresario y el economista (de sus obras en la materia, basta citar su tesis doctoral de 1968 en Harvard: Central America, monetary policy, financial stability and economic development) demostró su convicción de fortalecer nuestra identidad. Más aún: que, sin el conocimiento de nuestras raíces, geografía y valores culturales, no puede existir verdadero desarrollo humano.

El Fondo tuvo un Consejo Asesor, al que pertenecieron Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) y Alejandro Bolaños Geyer (1924-2005), y desde entonces una dinámica administradora, Marcela Sevilla Sacasa, actual Secretaria de la Fundación Vida que retomó la actividad editorial (llegando sus títulos a superar fácilmente el centenar) y emprendió otros proyectos en beneficio de la educación y de la conservación del medio ambiente en Nicaragua. El volumen del doctor Jaime Incer Barquero, Ciencias Naturales (2008) destinado a profesores de primaria (de tercer a sexto grado), con información útil para el ciclo básico, es una de esas grandes obras que concilian el conocimiento científico más actualizado y la pedagogía más amena; ilustrada al máximo, se ha distribuido entre unos cuatro mil maestros de casi todos los departamentos del país, entrenados por su autor durante 22 cursillos. Y el proyecto de crear un túnel forestal en el departamento de Rivas no puede ser más encomiable. Aludo a la siembra de árboles a ambos lados de la Carretera Panamericana de Peñas Blancas a La Virgen, tramo ya concluido; y luego de La Virgen a San Juan del Sur, que se ejecutará hasta que esa carretera sea reparada.

Otra figura imprescindible del Fondo fue Orlando Cuadra Downing (1910-1982), su Secretario y ejecutor de las decisiones del Consejo Asesor. A Cuadra Downing se debió la traducción del primer título: Archaelogical researches in Nicaragua (1881) / Investigaciones arqueológicas en Nicaragua, del norteamericano J.F. Brandsford (1846-1911), centradas en las Isla de Ometepe. Con esta obra se inauguraba la Serie Estudios arqueológicos, a la que se integró Nicaragun antiquities (1886) / Antigüedades nicaragüenses, del sueco Carl Bovallius (1844-1907), edición en inglés y español aparecida en 1970, cuando aún no se concebía la colección cultural. Luciano Cuadra (1903-2001) fue el traductor de este aporte que redescubría, describía y dibujaba las estatuas y los petroglifos de la Isla Zapatera.

Al final de los 70, la serie ofreció --con el mayor esmero tipográfico y sus múltiples láminas a color e ilustraciones en blanco y negro-- el estudio más completo sobre la materia: Pottery of Costa Rica and Nicaragua (1926) / Cerámica de Costa Rica y Nicaragua, del también norteamericano Samuel Kirtland Lotrhop (1892-1965), en versión española de Gonzalo Meneses Ocón. El segundo vería la luz veinte años más tarde con Quetzalcoatl: una prospección antropológica del nicaragüense formado en México, César A. Sáenz.

La serie Cronistas fue iniciada con dos volúmenes preparados por el suscrito: Nicaragua en los cronistas de Indias (1975). El primero abarcó nueve autores del siglo XVI y el segundo diez del XVII y XVIII. Cada texto, siguiendo un orden cronológico, lo precedía una introducción y lo complementaba notas aclaratorias al pie de página. El tercer, cuarto y quinto volumen correspondieron a las páginas de Gonzalo de Oviedo y Valdés (1478-1557) sobre Nicaragua y las restantes provincias del antiguo Reino de Guatemala, específicamente acerca de su población aborigen, riquezas naturales y conquista. Los tres tuvieron de editor a Eduardo Pérez Valle (1924-1998).

Un sexto volumen correspondió al primer impreso de un autor nacido en Nicaragua. Me refiero a la crónica del misionero franciscano --natural de Nueva Segovia--, fray Fernando Espino: relación verdadera de la reducción de los indios infieles de la provincia de la Tagvisgalpa llamados Xicaques (Guatemala, José de Pineda Ibarra, 1674), aparecido a tres siglos de su primera edición. Pero desde entonces --hace 34 años-- nos hemos privado de leerlo en una nueva.

A las crónicas de la época colonial, en su mayoría de autores españoles, la Colección Cultural organizó la serie Viajeros: obras famosas del siglo XIX, escritas por europeos y norteamericanos, sobre Centroamérica en general y Nicaragua en particular. Comenzó con Resa in Central-America (1887) / Viaje por Centroamérica del citado Bovallius, traducido por Camilo Vijil Tardón; Seven years travel in Central America (1859) del alemán Julius Froebel (1805-1893), vertida al inglés por Luciano Cuadra; y Piratas en Centroamérica, que tradujo el mismo Luciano. Aunque cabía mejor en la serie Cronistas, esta obra contiene fragmentos de los volúmenes de John Esquemeling y William Dampler: Americaensche zee-robers (1678) / Bucaneros de América y A new survey around the World (1697) / Un viaje alrededor del mundo.

Entre los títulos de la segunda época de la colección, adapté al español actual y prologué la obra Apuntamientos sobre Centroamérica/Honduras y El Salvador (1856) de E. G. Squier; compilé quince testimonios de funcionarios, diplomáticos y viajeros europeos y estadounidenses --precedido de igual número de introducciones-- en el volumen Nicaragua en el Siglo XIX (2004) y elaboré una semblanza de Squier como arqueólogo en su obra Nicaragua: de Océano a Océano (2005), en la cual colaboraron Francisco Xavier Aguirre Sacasa, Jimmy Avilés, Ligia Madrigal Mendieta y, desde luego, Jaime Incer Barquero, artífice y autor de las últimas publicaciones de la colección, comenzando con esa insuperable conjunto de estudios geográficos y antropológicos sobre Colón y la Costa Caribe en Centroamérica (2002).

Precisamente, la serie Costa Atlántica se inició con la Narración de los viajes y excursiones en la Costa Oriental y en el Interior de Centroamérica (1827) de Orlando W. Roberts, traducida por Orlando Cuadra Downing; y ha comprendido importantes estudios etnológicos sobre los Sumos o Mayangnas y Miskitos, piratas y aventureros del siglo XVII, entre ellos John Roach. Igualmente, se publicó una obra básica: la de Bernard Nietschmann (1941-2000): Memorias de Arrecife Tortuga, sin la cual no puede comprenderse la cultura culinaria de nuestros hermanos costeños. El geógrafo Nietschmann terminó como ideólogo de una soberana “nación miskita”.

Para terminar esta mínima lista de obras de la Colección Cultural de Centroamérica, dentro de la Serie literaria (que ha divulgado grandes aportes de Salomón de la Selva, Enrique Guzmán, Julio Valle-Castillo, Pedro Xavier Solís, Franco Cerutti), caben citarse el volumen Darío por Darío, la antología que el propio poeta hizo de su obra poco antes de morir --escrupulosamente revisada por Silvio Gurdián y el suscrito-- y las dos ediciones de las Cartas desconocidas de Rubén Darío, hasta ahora el más completo epistolario de su autor, anotado con rigor filológico también por el suscrito.