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En abril de 2005 conocí en Madrid a Susana Zanetti. Ambos participamos en el congreso “Rubén Darío y España / Diálogos transatlánticos”, organizado por el departamento de filología española IV de la Universidad Complutense y la Universidad de Brown, con motivo del centenario de Cantos de vida y esperanza. Ella disertó sobre los “Nocturnos” darianos. A mí me correspondió impartir la conferencia de clausura en el Ateneo: “Rubén Darío, capitán del modernismo hispánico”.

Hablo de una crítica e investigadora argentina, especializada en cultura latinoamericana; de una infatigable docente de las universidades de Mar del Plata, Conahue, Córdoba, Rosario, La Plata y Buenos Aires; de una brillante editora que contribuyó a formar un público lector en su país durante las últimas décadas. De todo ello dieron cuenta sus colegas y discípulos más próximos a raíz de su fallecimiento el pasado 20 de agosto en Buenos Aires. Había nacido en Merlo, provincia de Buenos Aires, el 10 de noviembre de 1933.

Jorge Monteleone inscribe su obra en una dimensión universal, continuadora de la tradición de Pedro Henríquez Ureña y Ángel Rama, como lectora de un canon latinoamericano que construía y reconstruía. Así lo demostró ella en la compilación que se hizo de sus textos: Leer en América Latina (2004), cuya vastedad temática es asombrosa. Asimismo, en su libro más importante: La dorada garra de la lectura: lectores y lectoras de novela en América Latina (2002), donde figuran tres de las obsesiones que impulsaron su vocación crítica: el colombiano Jorge Isaacs (1837-1895), el cubano Alejo Carpentier (1904-1980) y el mexicano José Emilio Pacheco (1939).

Beatriz Sarlo, a quien Zanetti daría albergue en su departamento bonaerense de Corrientes y Uruguay, anotó: “Todas las noches me adoctrinaba en la literatura americana del siglo XIX, descubría mi ignorancia completa sobre la literatura colonial, me leía a sor Juana o al inca Garcilaso, me exhortaba a aceptar la superioridad del Modernismo… Susana Zanetti monologaba comparando a Onetti con Robbe-Grillet y encontraba al uruguayo más interesante; otras veces quería establecer la superioridad de Sarmiento sobre Balzac. Reíamos y discutíamos”.

Zanetti recitaba a Darío y a Vallejo de tal forma —puntualiza Sarlo— “que encerraba el pedido de que se reconociera que ellos eran tan grandes como los grandes europeos”. Para ella, ambos todavía reinaban: eran perfectos e incesantes y revolucionarios, a la vez que familiares inmediatos. De ahí que haya dedicado al nicaragüense universalista un análisis de la “Epístola a la señora de Lugones” (2001) y coordinado el volumen colectivo Rubén Darío en La Nación de Buenos Aires: 1892-1916, editado en 2005 por Eudeba. Precisamente un ejemplar de esa obra me autografió durante el citado congreso dariano de 2005. Se trata de una indispensable guía, de un inventario completo complementado por cinco ensayos: el inicial suyo y los de Beatriz Colombi, Graciela Mogillansky, Laura Malosetti Costa y Carlos Battilana. Sin duda, Zanetti era una consumada dariana y su último estudio me lo remitió Rodrigo Caresani: “España contemporánea: entre la crónica y el ensayo”; aparecerá en el Repertorio Dariano 2013.

“Generosa formadora de especialistas en literatura latinoamericana en nuestro país y en el extranjero”, la llamó Carolina Sancholuz, además de consignar sus principales responsabilidades académicas. Entre otras, la dirección de la revista Orbis del centro de estudios de teoría y crítica literaria de la Universidad de La Plata y la organización tanto del Primero Congreso de Estudios Latinoamericanos (1991) como del Coloquio Internacional José Martí (1998). Sancholuz evocó también sus clases, los seminarios impartidos, las apasionadas charlas de café sobre autores de Latinoamérica y de otras partes del mundo, su empecinada militancia para formar lectores de poesía, su auténtico amor a los libros, así como también sus momentos de ira y testarudez, su sensibilidad estética y su rectitud ética, su enorme capacidad de trabajo.

Yo no la conocí a fondo. Apenas conversamos cuando coincidimos en Madrid. A pesar de su lucidez creadora, me pareció desolada y amarga. El “corralito” financiero de su patria había afectado su vida laboriosa y fecunda. Y también su alma. Me hubiera gustado haber sido su alumno y su amigo. Dicen que cerró los ojos dentro de su vasta biblioteca, rodeada de sus seres queridos y de su gato fidelísimo, tendido a los pies de la cama. Repito: dentro de su biblioteca, que era su casa.

* Escritor e historiador.