Francisco Javier SANCHO MÁS
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Acabo de subir corriendo las escaleras. Miren, creo que esto tiene que ver con el amor. Había un señor mayor inmóvil, de pie, muy erguido hasta la cintura, como en una parada militar, y la espalda también muy recta, pero algo inclinada, no encorvada, con ese empujoncito que dan los años en la espalda a la gente mayor y así se quedan siempre.

Pero no. No me había dado cuenta aún de que el hombre estaba ahí. Les digo que subí corriendo las escaleras y además, iba con unos audífonos escuchando las noticias a todo volumen.

Me di cuenta más tarde, cuando me detuve a respirar profundo y a estirar las piernas. Fue entonces cuando el cerebro procesó la imagen que los ojos habían captado antes. Y volví a contemplarlo como les dije: así, ligeramente inclinado, como el que está a punto de lanzarse al vacío, o quizá va a saludar a una dama, o a un rey. Un hombre quieto, inclinado ligeramente en lo alto de una escalera.

Las cosas pasan así. Ese día salí a correr para despejarme. Uno de esos días en que hasta el aire se vuelve pesado, ya me entienden. Y entonces surgió ella. Ganó los últimos escalones con la dificultad de una montañista, y también con la misma decisión. Primero vi su cabello blanco, con el volumen que se consigue en peluquería. Y luego el gesto de dolor, seguramente por un intensísimo esfuerzo.

¿Cuántos segundos, minutos pasaron? El hombre al fin le acercó el brazo. Seguro, como en una danza ensayada mil veces antes, y ella se aferró a él tras un pequeño saltito. Yo estaba lejos, y tenía prisa. Pero pude verlo. Y miren, yo no sé si son los años o las cosas absurdas que empiezan a enquistarse sin sentido, pero sentí que debía contemplarlos, para combatir mis prisas, para rechazar mi angustia en ese instante. Sentí que nunca más se iba a repetir aquella gracia. Y entonces avanzaron. Él sosteniéndola del brazo; ella caminando con mucha dificultad. La calle era larguísima. Yo creo, no recuerdo que hablaran entre ellos, ni siquiera que respirasen agitadamente desahogando el dolor. No. Era una concentración absoluta en lo que hacían: una caminata que en otro tiempo apenas habrían recordado o prestado atención; ahora era un desafío olímpico en cada paso. Y avanzaron.

Entonces observé que él trataba de adaptarse a su… Esperen un momento. De eso se trataba: estaban bailando. Una danza de años, de enfermedades y artrosis, y de otras cosas para las que las palabras no alcanzan, ni sirven ni bastan. Y esa lentitud con la que avanzaban yo creo que es lo que tiene que ver con el amor. Esa forma de no perder y adaptar el ritmo propio.

También puede ser que aquel día era tan malo que uno buscaba o necesitaba ver el amor en cualquier cosa por mínima que fuese, como aquella de un anciano esperando a una mujer, inclinado ante ella como ante un rey, o en ese baile pausado de ritmo antiguo que yo ya he olvidado. No sé qué quería decir todo aquello, o si quería decir algo. A mí al menos me pareció una cosa simple y enorme hasta que doblaron la esquina, y los perdí de vista.

sanchomas@gmail.com