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Diciembre, siendo el último mes del año, es esperado por gran mayoría de personas con entusiasta alegría; también por quienes guardan recuerdos que les entristecen, pero que si con fe se viviera el amor cristiano, Dios en su infinita misericordia, sus tristezas disolvería tornándolas alegrías. Viviendo dicho amor y sabiéndolo compartir, celebrarían jubilosos la Natividad de Jesús, que disipa las tristezas.

Como poco a poco se van yendo las que en distintas ocasiones han venido a nuestra patria, como la del llamado año del polvo por la erupción del Volcán Cosigüina, en el norte; del tremendo deslave hace dos décadas del Volcán Casitas, o en Managua por los dos desastrosos terremotos: 31 de marzo 1931 y 23 de diciembre 1972, que en ambos casos la destruyeron, como antes fue destruido León Viejo; y muchos sangrientos más, a causa de guerras intestinas, negativas y dañinas revoluciones.

Todo lo anterior, más la pérdida de seres queridos y casos catastróficos como el reciente Tifón de Filipinas y otros menores en Norteamérica. Sería preciso estar demasiado concentrado en sí mismo para no determinar también las nubes que opacan gran parte de la alegría decembrina del ambiente patrio, y que con profusión de luces, juguetes y regalitos se cubre en apariencia lo que sufre mucha gente, que le falta lo indispensable para la subsistencia.

Si de noche se recorre la Avenida Bolívar o las rotondas de la capital, los árboles metálicos iluminados por millares de bujías, más decenas de altares a la Inmaculada Virgen María, impresionan no solo a turistas, sino a cualquiera que pase por primera vez, y van imaginándose que aquí todo se hace en cristiana claridad, ignorándose que hay excesiva falsedad. Lo que sí es verdad es la tradicional alegría de nuestro pueblo, parte de su idiosincrasia.

Sobre todo en la celebración de Las Purísimas, alegrísimo homenaje a María madre amantísima de nuestro Señor, que inició antes de emitirse el Dogma Pontificio proclamándola Inmaculada. Los primeros misioneros españoles, en 1562 dejaron en un poblado pequeño, actual ciudad del Viejo, la devoción a la Virgen María con una imagen suya, que es la Virgen del Trono, Reina de Nicaragua. Dicha devoción al proliferarse e invadir León, cogió impulso con la celebración de Las Purísimas para tomarse todo el país, y han trascendido a todo el orbe, celebrándose en todo lugar donde se ubica alguna familia católica nica.

Es el último mes del año, que si no fuera por ciertas conceptuales nubes negras amenazantes podría ser el más esplendente de todos, por la alegría desbordante de la religiosidad popular; viniendo a continuación lo que el pueblo llama las Navidades, que para los cristianos es la ultrasolemne conmemoración de la Natividad de Jesús, Nuestro Redentor y Salvador.

En este mes, la Arquidiócesis de Managua y otras Diócesis celebran el centenario de haber sido elevada Nicaragua a Provincia Eclesiástica. Dicho centenario, que sólo Dios sabe a quiénes ha permitido llegar, todos los católicos con la Iglesia lo celebramos. Pero la mejor celebración que a todos beneficiaría, sería acatar sus mandatos como el Señor quiere, y así, bajo el alero de su protección estaríamos a salvo de la nebulosa amenaza, pudiendo disfrutar a cabalidad la alegría plena que Él sabe dar. Este es mi sincero deseo para todos, esta Navidad y siempre.

 

* Miembro de Ciudad de DIOS y Redemptor Hominis.

migdonioblandon@msn.com